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Lo que los cristianos no entienden sobre la crucifixión… y la política

Lo que los cristianos no entienden sobre la crucifixión… y la política

Quiero hacer una distinción entre palabras en el aire y acciones encarnadas.

Los cristianos a menudo no ven ninguna contradicción entre lo que creen y el tipo de políticos que apoyan. De hecho, son sus creencias, dicen, las que los obligan a apoyar a esos mismos políticos. Mientras tanto, los que están fuera del rebaño a veces se sorprenden de las decisiones políticas tomadas por los cristianos, porque los políticos a los que apoyan no parecen ser muy cristianos en sus acciones. Difícilmente parecen ser seguidores fieles de Jesucristo, especialmente si por fieles queremos decir que toman a Jesús como su modelo más que como su salvador.

Al decirlo de esta manera quiero hacer una distinción entre creencias y creyentes, entre palabras en el aire y acciones encarnadas. Para algunos cristianos parece ser suficiente que los políticos expresen la creencia de que Jesucristo es su salvador y que el sacrificio de Jesús en la cruz fue necesario para salvar al mundo. Expresar esta creencia ha sido suficiente porque es lo que los mismos cristianos parecen creer. Parece que piensan que ser un buen cristiano —un buen creyente— se trata de creencias más que de acciones, que se trata de expresar en palabras la creencia de que Jesucristo es el salvador y que él salvó al mundo al morir en la cruz, y que poco tiene que ver con la forma en que uno realmente vive. Pero hay algo que los cristianos, al menos algunos de ellos, no entienden sobre Cristo y, por extensión, sobre sí mismos.

Imaginar que el sacrificio de Cristo en la cruz fue necesario para salvarnos, y que al reconocer en voz alta y con orgullo que murió para salvarnos, que es mi salvador personal, todo esto es imaginar que Cristo no era más que una especie de mago o brujo, cuya muerte en la cruz constituyó un hechizo mágico, una tarjeta sagrada para salir de la cárcel (el infierno) libre, un perdón eterno por los pecados y crímenes que aún no se han cometido, pero que seguramente pronto se cometerán.

Si los cristianos creen esto, que Cristo los ha salvado al morir por ellos, han entendido mal casi todo sobre su fe, su religión y, por esta razón, creo, se malinterpretan a sí mismos y, lo que es también importante, a sus elecciones políticas.

Porque la muerte de Cristo en la cruz, en sí misma, no salva a nadie. Nadie, ni siquiera el Hijo de Dios, puede expiar los pecados de otra persona, nuestros pecados; e imaginar lo contrario es simplemente reproducir a las creencias paganas que se suponía el cristianismo reemplazó.

En la medida en que la crucifixión de Cristo nos salva, no lo hace dándonos un acto único en el que creer; lo hace siendo para nosotros un ejemplo, un ejemplo que, de manera imposible, estamos llamados a seguir. Cristo no murió por nosotros. Más bien murió para mostrarnos que podríamos morir por nosotros mismos. O, más bien, al morir nos mostró cómo vivir, pero como Cristo.

Cualquier persona remotamente familiarizada con la vida de Cristo sabe cómo él se sintió acerca de las autoridades religiosas altamente expresivas de su tiempo, quienes eran tan moralistas, creyendo que tenían el privilegio de tener un conocimiento, un saber, que les garantizaba el visto bueno del Señor. La crítica de Cristo hacia ellos no tiene nada que ver con eso, con sus creencias, sino con su vida entre los demás: con sus acciones, sus celos y lo que él veía correctamente como su mezquindad.

Cristo salva no simplemente por su muerte, sino por su ejemplo continuo que culminaba en su muerte. Él guardó los diez mandamientos, que no dicen nada acerca de reconocer a Jesucristo como su salvador personal y, por el contrario, están muy enfocados, sí, en dar lo debido al Dios que nos sacó de la servidumbre.

¿Qué servidumbre? La servidumbre de la esclavitud, tanto literal como metafórica: la servidumbre de la idolatría, el resentimiento, los celos y la envidia, la mentira, el trabajo sin fin, el orgullo y el asesinato. Y la servidumbre del odio. Porque la ley y los mandamientos, finalmente, se reducían a uno, que Jesús predicó —y practicó— desde siempre: ama a tu prójimo y, en verdad, a tus enemigos. Cristo no se dejó caer en la servidumbre de la existencia humana mundana, de las estupideces insignificantes y no tan insignificantes en las que nosotros nos enredamos. Y por eso lo matamos, inevitablemente. Esto se debía a que somos seres humanos y él, además de ser humano, era Dios. El Dios capaz de seguir dándonos ejemplo incluso mientras lo torturábamos y lo crucificamos.

Las expresiones verbosas de fe no nos salvarán. Solo nosotros podemos expiar nuestros pecados, lo que quiere decir que la forma en que podemos llegar a ser “uno” con Dios no es profesando en vano que Cristo es nuestro salvador, sino siguiendo el ejemplo de Cristo: a través de la práctica real de la renuncia, el perdón, la humildad y el amor. A medida que más cristianos se comprometan a seguir realmente el ejemplo de Cristo, quizás surjan políticos que realmente merezcan el apoyo cristiano.

GREGORY J. LOBO

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