¿Cuántos géneros? Cero

¿Cuántos géneros? Cero

Los roles sociales (los géneros) no existen hoy día. Uno solo tiene que serse.

19 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Un video educacional recientemente producido por la British Broadcasting Company (la BBC) muestra a una educadora que afirma frescamente, sin evidenciar ninguna duda en absoluto, que “hay más de cien géneros” (el video no se puede ver fácilmente porque la BBC no autoriza su reproducción más allá de las fronteras británicas). Ha habido una reacción de rechazo de voces conservadoras que afirman dos cosas al respecto. Dicen, primero, que la afirmación es ridícula. Es ridícula porque “todo el mundo” sabe que solo hay dos géneros: masculino y femenino. Segundo, afirman que el mundo, básicamente, se está acabando. ¿Por qué? Porque, aunque la afirmación es ridícula, y evidentemente tal, se la repite, se la sintoniza, se la asevera e, incluso, aparentemente, se la cree –¡hasta la BBC la está pronunciando como verdad incuestionable!–. Esto porque hoy en día, negar semejante afirmación acarrea la ‘cancelación’ del negador, justifica su repudio y que se convierta en objeto de insultos desmesurados y hasta de amenazas de muerte; en algunos casos puede conducir a cargos legales en su contra; si alguien lo acusa, se habla de odio al negar la afirmación sobre los cien géneros. Los defensores de los cien géneros insisten, sin embargo, en que simplemente están reconociendo la realidad actual, en la cual cada vez más personas no se sienten satisfechas, ni reconocidas, con la terminología reducida de dos géneros: mujer y hombre.

Lo que se pierde de vista entre toda esta emoción es que nadie parece entender lo que es o lo que quiere decir ‘género’. En primer lugar, hablar de género es hablar de lenguas y lingüística. Básicamente, los nombres o sustantivos de la lengua se agruparon, o más bien, al estudiar la lengua latina fueron agrupadas en clases o tipos: tres. Las clases podían haberse llamado negra, blanca y gris. Pero, como son las cosas, se denominaron masculina, femenina y neutra.

Si la importación o el traslado desde la lingüística (el pensamiento sobre la lengua) hacia el pensamiento sobre la sociedad hubiera sido más exacto, es posible que no encaráramos los enfrentamientos que hoy día se dan a raíz de desacuerdos acerca del número de géneros. Si hubiéramos, al hablar del género y aplicarlo al ser humano, hablado de masculino, femenino y neutro, es por lo menos contemplable que todos se hubieran sentido reconocidos, tanto por sí mismo como por los demás, y así no habría hecho falta hablar de cien géneros.

Aun así, ¿cuál es el problema con cien o más géneros? Resulta que el problema no es el número sino la comprensión (la comprensión defectuosa) del término ‘género’. En la lingüística, el género marca una división entre los nombres o sustantivos, y la división entre los sustantivos obedece y concuerda con otras divisiones en la lengua, de modo tal que haya congruencia y concordancia entre las distintas partes de la lengua: sustantivos, artículos, pronombres, verbos y lo demás. Esto quiere decir que las palabras y sus formas corresponden a ‘roles’ en la lengua como un todo, háblese de latín, castellano, alemán o la lengua que sea.

Ahora bien, el traslado desde la lingüística al pensamiento social se deriva de una lógica analógica según la cual los seres humanos y ‘sus’ formas corresponden a ‘roles’ en la sociedad como un todo. La importación, en otras palabras, obedecía a una lógica y bastante anticuada (o no, dependiendo de su punto de vista) según la cual los seres humanos masculinos (los hombres) tenían un rol social, más o menos fijo, que tenía que ser congruente con el resto del contenido social, y los seres femeninos (las mujeres) tenían un rol social más o menos fijo, que tenía que ser congruente con lo demás también.

Por bien o mal, los géneros ya sociales correspondían a supuestos ‘roles’ sociales. Esto quiere subrayar que no correspondían a identidades ‘individuales’. No se trataba de identificarse como hombre/masculino o mujer/femenina. Se tenía que cumplir (o no) un rol. Los roles sociales (más o menos modernos) son una herencia de formaciones más antiguas, menos complejas, en las cuales la identidad individual no figuraba como fenómeno fundamental, y en que se daba una división de trabajo que se organizaba a partir de las diferentes morfologías humanas: cazadores y recolectores. O, en comunidades asentadas, despejadores de terrenos y cultivadores de cosechas. Se le deja al lector resolver cuál morfología humana le correspondía a cual rol.

Para culminar, solo falta aclarar lo obvio. Hasta hace muy poco (hasta hace más o menos 30 o 40 años), las sociedades modernas/complejas todavía se organizaban, por lo menos en el nivel teórico, a partir de roles sociales: masculinos y femeninos. Pero desde entonces en adelante hemos venido testimoniando y construyendo sociedades en las cuales los roles sociales no pueden, de ningún modo, reducirse de esta manera.

Así las cosas, la persona que habla de cien géneros no puede tener la razón, simplemente porque hoy día no existen roles sociales: en pocas palabras, no son necesarios. Lo que sí es evidente es que las personas quieren, y tienen, múltiples, tal vez infinitas, opciones de hablar de su ‘subjetividad’ –de cómo se siente ser uno. Pero el ser (identidad/subjetividad) es diferente del hacer (rol/género).

Sobra añadir que tampoco tiene la razón la persona que insiste en solo dos géneros, y por la misma razón. Los roles sociales (los géneros) no existen hoy día. Uno solo tiene que serse. Lo que una persona hace, cómo se ganará la vida, es una pregunta independiente de cualquiera consideración de rol social, término cuya utilidad se venció en los años setenta con el eclipse del funcionalismo estructuralista.

La persona que, aun así, insiste en solo dos géneros, pues, lo que quiere decir realmente, sobre lo que pretende ser inamovible, firme, es que solo hay dos ‘sexos’. Pero, por su parte, tal afirmación solo tiene sentido –y certeza– al nivel de la especie. En cuanto a los individuos, tal persona tampoco tendría la razón –la ciencia es clara e incuestionable–, mas esta explicación es para otra columna.

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