¡Venas abiertas!

¡Venas abiertas!

Más que el saqueo o la impunidad, lo peor aquí es la inequidad. Hasta la pobreza es inequitativa.

29 de noviembre 2019 , 07:23 p.m.

Siguen abiertas las venas de América Latina. Por esos conductos cercenados se desangran países agónicos, desorientados, con soplos intermitentes de reanimación que día tras día se anuncian, ilusionan y casi nunca llegan a germinar.

Este es territorio de adjetivos y promesas. Promesas pinochetistas, chavistas, peronistas, liberales, coloradas, católicas, sandinistas; promesas dictatoriales, electorales, promesas sin recato tiradas al cenicero de borrachos en la misma noche de celebración del nuevo caudillo electo o puesto como muñeco de fachada.
Independencia, república, revolución, reconquista, todo se espolvorea en un eterno retorno que hace brumosa toda afirmación o cualquier convicción.

Lo que produce esta tierra, así como asentó Gandhi, da para atender la necesidad de todos, pero es insuficiente para saciar la avaricia de unos pocos. Esto, literalmente, se lo han robado. Y para disfrazar el robo se mata y por igual se acude al pasatiempo preferido: legislar. Por eso nacen, crecen y tristemente no parecen morir, más políticos que flores.

Tal vez haya llegado la hora de compartir nuestros privilegios, se oyó angustiada a la esposa del presidente chileno durante las protestas ardientes. Parecida, señora, a Susanita diciéndole a Mafalda que los pobres “ni siquiera tienen la culpa de serlo”.
Pero cómo no, si es que cerca de 221 millones de personas en América Latina (más de un tercio de su población) recibieron el siglo XXI mirando fuegos artificiales en estado de pobreza, una vergüenza que sería mayor de no obrar el eficiente maquillaje estadístico que se aplica en los escritorios de tecnócratas con cerebros programados en alguna calle de Wall Street.

Más que el saqueo o la impunidad, lo peor aquí es la inequidad. Hasta la pobreza es inequitativa: da más duro a negros, mujeres y a los indígenas, a quienes sigue considerándose incómodos habitantes de esta tierra. Pero no importa, mientras haya horrores en África podemos alardear de nuestro pasto más verde.

Y preguntamos desde el balcón: ¿por qué la gente que ha sido sumisa y ha acatado la fila de pagar impuestos desde la Patagonia hasta México ahora marcha y grita en las calles? Tampoco importa. Hollywood es brillante, de manera que en la última película de la saga de Terminator, la salvadora del universo es Daniela Ramos. Una auténtica latinoamericana.

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