¿Que mi hija no es nada?

¿Que mi hija no es nada?

Eres ciudadano desde cuando naces, aun cuando solo a los 18 puedas votar.

19 de abril 2019 , 07:00 p.m.

A propósito de lo que comento en el desayuno acerca del Gran Debate de Francia, instalado por el presidente Macron para que las personas digan qué les inquieta o amarga más de su democracia (lo que no es una simple encuesta, sino un diálogo que podría terminar en la reescritura del contrato político de esa sociedad), mi hija de 10 años pone en el centro de la mesa un interrogante que abre vacilaciones: ¿Por qué en el colegio alguna vez dijeron que apenas seremos ciudadanos al cumplir los 18; acaso qué somos antes, el piso, pescados, una sombra?

Mientras hablo de la noción más clásica, en cuanto a que la ciudadanía es, antes que otra cosa, un acuerdo político que en lo evidente apunta a poder elegir y ser elegido, y al paso que le narro que hoy, esa potestad se concreta a una edad prefijada y que antes estuvo negada a los lisiados, analfabetos, pobres o a las mujeres, voy ahorcándome en los hilos de mi evidente vaguedad y queriendo arrojar al desagüe aquellas concepciones en las que no creo, ni creí, pero que en algún desayuno salen como sonámbulo.

Declarar, pisando la trampa del dogma, que solo a una edad dada se practica ciudadanía, como si esta fuera un partidor de caballos, es negar el sentido mismo de la democracia.

Desde luego, un asunto es votar a una pautada edad (algo en apariencia justificable), pero otro, tragarse el amasijo de alfileres de que, aun siendo persona con derechos, solo ‘ejerces ciudadanía’ pasado un montón de años. Mientras la ley no decida otra edad, la ciudadanía se ejercerá a partir de los 18 años, plantea rudamente la Constitución acá. Si se entiende que empieza a ‘ejercerse’ lo que antes del límite no se podía, ¿aceptamos que para esta democracia, los menores de 18 son pescados?

No es tan cuestionable el número como la idea. Declarar, pisando la trampa del dogma, que solo a una edad dada se practica ciudadanía, como si esta fuera un partidor de caballos, es negar el sentido mismo de la democracia (una forma de contradictio in adiecto). Más prudente parece defenderla como diálogo humano festejado desde la infancia, una semilla abriéndose, no un árbol que se trasplanta a campo ajeno llegado el día.

Eres ciudadano desde cuando naces. En la primera escuela penetras en cuestiones políticas, ejerces el llamado a transformar el mundo, aun cuando solo a los 18 puedas votar, elegir quizá un nombre entre una lista generalmente plagada de imbéciles políticos. O ser elegido porque algo bueno hiciste.

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