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¿Se emborrachó la Policía?

¿Se emborrachó la Policía?

La Policía amerita ser reformada, pero debe estar a salvo de oportunistas que la exaltan y la hunden

En cuanto a la Policía y su percepción ciudadana, las apreciaciones antagónicas son inevitables: están quienes valoran en ese cuerpo armado una mano amiga con talento para anticiparse a los conflictos, aquella representación del gendarme de barrio a quien se le abría la puerta de casa; y, en la otra orilla, los que temen ser siempre presa de un uniforme acechante, de una fuerza represiva al servicio de élites.

Las experiencias personales e ideológicas se trasponen. Aunque recuerdo el terror que significaba en el cruce de los años setenta y ochenta encontrarse a boca de jarro con una camioneta del F2, lo que presagiaba terminar en tortuosos sótanos; también desde hace rato he visto edificar un cuerpo autocrítico, de noción abierta a preceptos de derechos humanos y con múltiples miembros de cualidad ejemplar.

Lamentables hechos frescos en la memoria vuelven a ponerla en la tempestad. Excesos de fuerza, violencia, sobreactuación en la aplicación de medidas de tránsito, actos de corrupción, participación en redes criminales, acciones del Esmad o la ejecución de varios jóvenes en las revueltas populares del año pasado (porque no puede denominarse de modo diferente disparar sistemáticamente contra una multitud) están entre lo que le abre inmensas grietas, más allá de que se use casi como formalismo decir que esto es obra de unos a quienes sigue denominándose eufemísticamente ‘manzanas podridas’.

Pero hay algo de lo que no puede sindicarse a la Policía: los políticos y los funcionarios oportunistas la están arrastrando, así que son ellos, y no la Policía, los que inventan la señal despótica de un límite de velocidad de 30 km en una carretera nacional; no es la Policía la que se enriquece con multas por caminar o por abrir una cafetería; tampoco, la que impone toques de queda o restricciones ciudadanas a golpe de decreto; no es la que se lucra políticamente inflando el monstruo del castrochavismo, ni la que se inventó un cúmulo de gansadas en esa maraña que son el Código de Policía, las normas de curadurías o de tránsito.

La Policía amerita ser sancionada y reformada con seriedad, que puede ser bastante; pero tiene que estar a salvo de políticos, jueces y gobernantes oportunistas que un día la exaltan y otro la hunden, aquellos acomodados que hoy la proveen de escopetas de calibre y mañana le quitan el bolillo.

Gonzalo Castellanos V.

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