Boxeador en caída

Boxeador en caída

El Estado de opinión no es más que un embeleco. 

28 de junio 2019 , 07:38 p.m.

En el acontecer diario de la política nacional se oyen cosas sin sentido. A eso corresponde el Estado de opinión, esa pieza de utilería, una carta de juego falsificada, promovida por el senador y expresidente Álvaro Uribe para sacarles el cuerpo a las reglas del acuerdo de paz, volver todo atrás y arrancar de nuevo con su propia convicción sobre el deber ser, esa opinión suya que él considera es el Estado (L’État c’est moi).

Al expresidente, según registran los titulares, le está sucediendo lo que a esos boxeadores que, desaparecida la gloria y llegado el sobrepeso, cambian de categoría para seguir liándose con todos. Ya no es ágil ni demoledor, no le queda un rasgo del movimiento felino (al boxeador me refiero), pero prefiere atornillarse hasta ese día de bruma en las tribunas cuando el público se hastía y le voltea la espada. Eso de quitarse los guantes y colgarlos antes del abucheo es cosa seria.

El Estado de opinión no existe, y en su característica intangibilidad nada tiene que ver con el derecho irreductible de los pueblos, ese sí legítimo y épico, a levantarse contra la injusticia, la arbitrariedad o la satrapía. Si el acuerdo de paz quedó mal (no lo discuto), si resulta insuficiente para juzgar a la que fue guerrilla de las Farc o, incluso, si no terminó siendo equitativo para abrirles la puerta a sectores de derecha y a tantos otros con las manos sucias de muerte en el terrible sancocho de la violencia en el país, hay que corregirlo concertando, no torciéndole el cuello a acomodo de la terquedad de una persona que dice llevar la voz de muchas otras. Caminos hay.

El Estado de opinión no existe, y en su característica intangibilidad nada tiene que ver con el derecho irreductible de los pueblos, ese sí legítimo y épico

Así es que el Estado de opinión (pasarse por encima las reglas porque a alguien o a un grupo no le satisfacen) no es más que un embeleco, como si el boxeador dijera que el round no es de tres minutos, sino de uno porque necesita aire, ya que le conviene a él y solo a él.

¿Por qué hablo de boxeo? En realidad, porque hace tiempo no veo una contienda leal, con reglas claras, con tipos de igual peso que no se pongan tachuelas en los guantes. Porque acabo de leer, y me aventuro a recomendarlo, Boxeando con mis sombras, de Alberto Salcedo Ramos. Es que el desafío continuo del expresidente y el eco que lo acompaña presagian una mala y larguísima pelea que estamos cansados de repetir.

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