Arte sin motosierra

Arte sin motosierra

Los comerciantes de violencia prefieren la efectividad del terror, sus motosierras y armas aceitadas

24 de mayo 2019 , 07:59 p.m.

A los que se regodean en el rentable negocio de la violencia, cómo decirlo de otra forma, siempre los ha cagado de miedo la disertación social, la educación o el arte.

Lo que tenga que ver con profesores, narración de la historia o el álbum de fotografías de la memoria, los crispa. Y los crispa porque los desnuda. Ya que no tienen un chorro de argumento, los comerciantes de violencia prefieren la efectividad del terror, sus motosierras y armas aceitadas. Quien no coincida con ellos encarna peligro; peligro por ser activista social, sindicalista, periodista, gestor de paz (un monstruo), madre de fulanito o ya tan solo un transeúnte no uniformado en algún bando.

Las razones de los asesinatos sistemáticos contra civiles en este país son tal o cual. Motivaciones políticas o de limpieza. Para evitar trabajos, muchos expedientes dicen que habría móviles personales. Tal vez sea porque cada muerte, aunque arrastre un universo, es personal.

Habrá de saberse si fue o no por su oficio el reciente asesinato de ambos: en Arauquita, Mauricio Lezama, cineasta que trabajaba en un cortometraje sobre las víctimas.

En cuanto a los que aprietan los gatillos, estos generalmente son asalariados que trabajan para alguien escondido tras una cara de yo no fui; alguno en un grande escritorio que no quiere ver declinar las utilidades del comercio de la sangre. También responden a órdenes de tipos mal empacados que, sin escalofrío, dicen querer hacerle bien al país, matando a otros que le hacen mucho mal al país.

Habrá de saberse si fue o no por su oficio el reciente asesinato de ambos: en Arauquita, Mauricio Lezama, cineasta que trabajaba en un cortometraje sobre las víctimas. En San Agustín, Luis Manuel Salamanca, gestor cultural y antropólogo dedicado a vestigios precolombinos, eso de ver la vieja historia para entender laberintos de la nueva.

Ojalá no signifique esto que entre objetivos de los vendedores de machetes para el fratricidio vuelvan a estar artistas, trabajadores y promotores culturales. No sería difícil descifrar su miedo, pues el arte y las historias siempre los ponen al descubierto
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Algunos intelectuales, quién creyera, se molestan con tanta gente por la Feria del Libro de Bogotá y piden un encuentro “más especializado”. Pero si se trata de eso, de que más personas anden entre libros. De las presentaciones allí, Una paz sin dolientes, de Lucho Celis, es un buen relato del cicatero diálogo entre el Eln y los gobiernos, claro está, con el país dolido, en mitad de la balacera.

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