La vaca que hay que ordeñar...

La vaca que hay que ordeñar...

El empresariado colombiano no solo saldrá engañado, sino gravado en su esfuerzo emprendedor.

02 de diciembre 2018 , 12:15 a.m.

Varias veces, a lo largo de toda la campaña, oí al presidente Duque mencionar que no podíamos seguir mirando el sector productivo como una vaca a la que hay que ordeñar. Cita atribuible a Churchill en su muy conocida descripción de los empresarios, como caballos que halan de la carreta, vacas que hay que ordeñar o lobos que hay que matar. En el postrado panorama de las empresas de nuestro país, el Gobierno no ve sino vacas gordas, saludables, generosas. Y lo más grave es que esa visión, además de equivocada, termina, naturalmente, generando un sentimiento negativo e injusto del conjunto de la sociedad hacia sus empresarios. 

Muy diferente al sentimiento de admiración que las sociedades más desarrolladas experimentan hacia sus emprendedores, hacia las personas que con su esfuerzo y asumiendo riesgos crean riqueza, empleo y bienestar colectivo.

Pero en la faena del ordeño hay que tener cuidado. No recuerdo una reforma que, en lo que refleja la ponencia del proyecto radicada, sea más improvisada, antitécnica y alejada de la propuesta original del Gobierno.

Para justificar más impuestos al sector financiero, se insinúa que la banca abusa de empresas y ciudadanos, que sus tasas y beneficios son exagerados, que nadie controla esos comportamientos. Con otras justificaciones como su impacto en el medioambiente y también en sus utilidades excesivas, algunos quieren imponer nuevos tributos al sector minero-energético y, de paso, contribuir a crear una imagen negativa de esta industria y sus empresas. Con el argumento de los daños a la salud, se imponen nuevos gravámenes a productos alimenticios de consumo masivo. Que las empresas extranjeras están ganando mucho, que abusan de su presencia en el país, y por ese camino pasa, con la complacencia de todos, el incremento al impuesto a los dividendos y a la remesa de utilidades.

Y, para gravar aún más la actividad empresarial, hay que afirmar sin sonrojarse que en Colombia, al contrario de lo que ocurre en los demás países, los empresarios no pagan impuestos por sus utilidades recibidas como dividendos. Con ese argumento se contribuye a crear, alrededor del empresario, un reclamo permanente a su poca solidaridad. Y resulta que el empresario colombiano, como lo anoté la semana pasada, al referirme al informe Doing Business, tributa en sus negocios a una tasa promedio del 71 por ciento, una de las más altas del mundo, y por esa tributación excesiva ha perdido toda competitividad, interna y externa.

Como muchos, yo también creí que había llegado el momento de recuperar la competitividad del país. Me causó enorme ilusión leer la intervención del Presidente de la república en la asamblea de la Andi, donde fue ovacionado por centenares de empresarios esperanzados por el tan anhelado y prometido cambio de rumbo. Pero, como nos han recordado amargamente los aduladores y defensores del Gobierno, una cosa es la campaña y otra muy diferente, el Gobierno.

De las discusiones que tienen lugar en el Congreso, el empresariado colombiano no solo saldrá engañado, porque creyó ingenuamente en las promesas de campaña, sino gravado en su esfuerzo emprendedor, ahora por la vía de los dividendos, presuntiva, retenciones, IVA e impuesto al patrimonio nuevamente. Y, lo peor, minada su legitimidad y enfrentado con una sociedad que no lo ve ni como vaca ni como caballo, sino, tristemente, como el lobo que hay que abatir.

P. S.: ante las manifestaciones de algunos miembros de las asociaciones defensoras de animales, protestando por haber incluido en la pasada columna una comparación de las orejas de los burros con las de algunos otros équidos que han participado en el manejo económico de este país, pido disculpas y me comprometo a no volver a utilizar símiles que puedan herir los sentimientos de los primeros.

GERMÁN VARGAS LLERAS

Columnistas

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