El satélite, un juguete caro

El satélite, un juguete caro

Terminaremos pagando millones por un satélite que ni siquiera tendrá capacidad de proveer servicios.

22 de febrero 2020 , 11:35 p.m.

Informa el Gobierno que se volverá a poner en marcha el negocio del satélite de observación de la Tierra con el cual se pretende, además, que Colombia entre con pie firme en la era espacial. Este proyecto, quiero recordar, nació en el gobierno pasado dentro del Programa Presidencial para el Desarrollo Espacial Colombiano y estuvo a cargo de mi antecesor, Angelino Garzón, que, entiendo, le otorgó un lugar privilegiado en su agenda vicepresidencial.

Esa función, por cierto, me fue transferida, pero me bastó una sola reunión para desistir de la compra del satélite, pues allí quedó claro que no podían invertirse 350 millones de dólares en un satélite cuya función exclusiva era proveernos de imágenes por las que anualmente pagábamos, en ese entonces –y seguimos pagando hoy–, un poco menos de 2 millones. Esa millonaria inversión, junto con los gastos de mantenimiento y una vida útil del satélite no superior a 12 años, no resistió el menor análisis económico, ni mucho menos la argumentación de que se trataba de un asunto de soberanía nacional.

Cuál sería mi sorpresa al ver en los medios de comunicación que Colombia le apostaría nuevamente a tener un satélite propio de última tecnología. En efecto, el Gobierno acaba de aprobar el documento Conpes 3983, de enero pasado, mediante el cual revivió el proyecto y lo asignó a la comisión a cargo de la Vicepresidenta y con participación prácticamente de todo el Gobierno, como en la anterior oportunidad. Todo aquel que necesite una imagen satelital, que se consigue en el mercado a precios muy competitivos, e incluso provistas gratuitamente por medio de la cooperación internacional, como en el caso de los cultivos ilícitos, tiene asiento en la comisión.

Afirma el doctor Ricardo Ariza, director de la Comisión Técnica, que Colombia gasta alrededor de 15 millones de dólares en compra de estas imágenes, pero basta con revisar los presupuestos de las distintas entidades para concluir que ese gasto no llega a los 2 millones –incluso, el propio documento Conpes los estima en 1,68 millones– y que, por supuesto, la idea de tener no solo uno, sino varios satélites propios, incluso para generar emprendimientos, no parecería corresponder con las prioridades nacionales en materia del gasto.

Lo que sí es seguro es que empezarán los viajes y las comisiones de ‘expertos’ al exterior para evaluar las propuestas de los distintos proponentes, que seguramente no ahorrarán en atenciones. Empezarán, también, los comisionistas e intermediarios interesados en el negocio a desplegar toda su artillería de ofrecimientos que, de tener éxito, nos dejarán engrampados en la compra de un satélite que para nada necesitamos ahora.

En su momento tomamos la decisión, compartida con el Presidente, de cancelar definitivamente esta locura a pesar de los esfuerzos de las empresas oferentes, de los comisionistas y de varios países interesados en cerrar el negocio. Pero sabíamos que el tema volvería a consideración del Gobierno, pues los intereses son enormes. Ahora nos lo han querido presentar arropado en el atractivo y necesario impulso de la ciencia y la tecnología, y también bajo esquemas de negociación gobierno a gobierno. Nada de eso impedirá que terminemos pagando una millonaria suma por un satélite que ni siquiera estará en capacidad de proveernos los servicios de telecomunicaciones y de navegación.

Afirma el doctor Ariza que “la aspiración nuestra es que cuando se termine este gobierno ya tengamos cerrado el negocio, siempre que se encuentre la conveniencia”. Yo estoy seguro de que esa conveniencia no se encontrará y espero que nunca llegue a cerrarse el ‘negocio’, como con toda claridad lo llama el doctor Ariza, director de Proyectos Especiales de la Presidencia de la República.

GERMÁN VARGAS LLERAS

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