¿Y ahora qué?

¿Y ahora qué?

La pandemia ha causado la agudización de las fuerzas que ya venían horadando la globalización.

17 de mayo 2020 , 11:32 p.m.

‘The Economist’ es, quizás, el medio internacional con la mayor profundidad y objetividad analítica sobre la economía, la sociedad y la política; además de tener una inmensa reputación e influencia en todos los rincones de la Tierra. Desde su fundación, en 1843, nunca ha renunciado a su firme convicción de que la libertad individual, la democracia y el libre mercado son fuerzas finalmente incontenibles y esenciales para garantizar el bienestar y la prosperidad de la humanidad.

Por eso, cuando este ‘periódico’ expide una sentencia de muerte a la “globalización”, más vale escuchar con cuidado y preocuparse en serio. No es el primero que lo anuncia, ya muchos académicos y comentaristas han reiterado y analizado cómo las corrientes populistas, nacionalistas y autárquicas, enemigas de la globalización, venían mostrando un imparable ascenso con anterioridad a la actual crisis. Pero que el mismísimo campeón intelectual y periodístico de la globalización anuncie su fallecimiento, ya la cosa es a otro precio.

La carátula de la revista, que circula precisamente esta semana, lo dice todo: ‘Goodbye globalisation’. El epitafio contenido en su principal editorial es contundente: “Despídanse de la era más grandiosa de la globalización –y empiecen a preocuparse sobre qué es lo que va a ocupar su lugar–”. Los factores que llevaron al fin del periodo más largo de integración mundial son múltiples, y su estudio ocupará miles de volúmenes de libros y tesis doctorales; sin embargo, son tres los más protuberantes: las guerras comerciales y el proteccionismo en ascenso; la exacerbación del populismo, el nacionalismo y la xenofobia, y la profundización de las desigualdades sociales y la altísima concentración del ingreso, tanto a nivel social como internacional. Esos factores se han exacerbado al extremo con la llegada de la pandemia, que ha causado una agudización sin precedentes de las fuerzas que ya venían horadando el sistema internacional político y económico.

Hay que recoger la inquietud que se hace el editorialista del ‘The Economist’. ¿Qué va a reemplazar a la globalización? La tentación de algunos será tratar de rescatar lo que se pueda del naufragio de la globalización y aferrarse a los pedazos que queden flotando después de su hundimiento. La de otros será la negación y esperar que sean los demás, es decir, los de siempre, los intereses creados y los países más poderosos, quienes edifiquen una nueva arquitectura económica y política internacional. Finalmente estarán los que, en vez de llorar sobre la leche derramada y sucumbir a la nostalgia, se dedicarán a encontrar las formas de organizar la democracia, la política y la economía, para que de una manera deliberada se encuentre un rumbo que les permita a los principios esenciales sobrevivir y prosperar después del naufragio.

La improvisación no es el mejor camino para adaptarse cuando se vino encima la estantería. El desafío filosófico e ideológico más grande para quienes creen en los principios de la democracia, de la solidaridad social, de la cooperación internacional, de la libertad individual, de la iniciativa privada y de un Estado solidario es encontrar las fórmulas que impidan que el neooscurantismo, que arruinó la globalización, sea el que diseñe y comande la construcción del nuevo edificio.

La reflexión debe empezar ahora, sobre la base de que el orden del pasado no se puede restaurar. Así como nada será igual en las relaciones sociales y personales después del coronavirus, la estructura económica, las políticas públicas y la participación ciudadana no regresarán a esa ‘normalidad’ injusta e insostenible que se hizo evidente con la crisis que estamos viviendo. Hay que anticiparse, hay que empezar a pensar.

‘Dictum’. El autoritarismo es más que una ideología. Es una actitud aupada por el Gobierno que está penetrando sutilmente a la sociedad.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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