¿Tabla de salvación?

¿Tabla de salvación?

Detención de Uribe crea al mártir indispensable; la justicia ha trasmutado en el enemigo necesario.

10 de agosto 2020 , 12:30 a. m.

Desde mucho antes de que la Corte Suprema promulgara el auto que ordena la detención domiciliaria del expresidente Álvaro Uribe, al Centro Democrático se lo veía cada vez más desesperado. No era para menos. La hegemonía que han presumido tener sobre la opinión pública, y de la que tanto se ufanan en privado y en público, venía en franca decadencia.

La victoria en las elecciones presidenciales no se tradujo en un gobierno capaz de incitar apego, lealtad o respeto entre los ciudadanos. El primer gobierno de Duque, es decir, el de antes de la pandemia, se caracterizó por una agenda difusa, sin norte, y por una muy impopular obsesión de demoler el proceso de paz. El país sintió un vació de liderazgo y una inacción que rápidamente se tradujeron en un deterioro acelerado de la favorabilidad del Presidente.

El partido de gobierno, que es el Centro Democrático –no vaya y se nos olvide ahora– se llenó de grietas en torno a la gestión de su propio mandatario, y muchos de sus miembros empezaron a perder los estribos, ante los costos políticos derivados de una administración bastante intrascendente en cuanto a iniciativas y resultados. El alto grado de división interna entre quienes apoyan a Duque y quienes quisieran ver a su Presidente en un activismo político más alineado con la ultraderecha, ha traído confusión y caos. Y ese desespero se les nota.

El segundo gobierno de Duque –el que se inicia con la llegada de la pandemia– le ha aportado más bien poco al futuro político-electoral del Centro Democrático. Aun cuando inicialmente el Gobierno incrementó su popularidad como consecuencia de que, por fin, tenía una misión concreta en la cual enfocar sus energías, ese reconocimiento se esfumó en medio de la cadena de errores y contradicciones en que se incurrió enfrentando el coronavirus. La pobreza de los resultados obtenidos en el control de la enfermedad, y las graves secuelas sociales y económicas de mediano plazo son un lastre, un pesado fardo que ancla de manera poderosa las expectativas políticas y el potencial electoral del Centro Democrático, con miras al 2022.

Al Centro Democrático le pasa lo de todo partido construido sobre la omnipotencia y omnipresencia de un caudillo: sus ideas se vuelven dogmas, y con ello viene la inflexibilidad programática e ideológica. La agenda de la seguridad democrática que nos convocó a los colombianos de manera generalizada hace veinte años es singularmente anacrónica para la Colombia de hoy. La decadencia y la pobreza programática del uribismo (su gran, gran logro es la cadena perpetua a violadores de niños) han minado aún más sus credenciales para ofrecerse como un verdadero protagonista del futuro. La paliza electoral que recibió el Centro Democrático en las recientes elecciones de alcaldes y gobernadores fue monumental, efecto precisamente de ese proceso de su ascendente irrelevancia, para la mayoría de los colombianos.

Así las cosas, parecería que la devoción de muchos uribistas a la Virgen de Chiquinquirá por fin les ha producido réditos. Es prácticamente un milagro que, en ese inexorable camino hacia su extinción, apareciera de pronto, de la nada, una causa, una razón de existir, un programa, que le diera justificación histórica al Centro Democrático. Una tabla de salvación. La detención de Uribe ha creado el mártir indispensable; la justicia ha trasmutado en el enemigo necesario; la destrucción de la Constitución, el objetivo... La pregunta ahora es si eso es suficiente para lograr su resurrección electoral. No parecería, el país no quiere más polarización ni causas mesiánicas. Quiere soluciones. Y ese no es precisamente el fuerte del partido de gobierno.

‘Dictum’. La prohibición a TikTok abre un nuevo y peligroso frente digital en la confrontación geopolítica global, que no nos debería pasar desapercibido.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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