Pasos de animal grande...

Pasos de animal grande...

Avanza hacia nosotros secretamente el intento de llevar al país hacia el acantilado.

24 de marzo 2019 , 11:42 p.m.

Nuestros parientes prehistóricos pegaban su oreja al suelo. Con la vibración y los ruidos que así captaban podían detectar las bestias que se encontraban a kilómetros de distancia. En algunas ocasiones percibían el siniestro trote de una manada de hienas gigantes o la ominosa cadencia de los tigres dientes de sable. Ese inteligente procedimiento les permitía anticiparse para enfrentar a las fieras que pretendían almorzárselos. También detectaban, con ese método, el ágil salto de un antílope o de un cervatillo, y en las buenas ocasiones –llenos de felicidad– identificaban el masivo andar de un mastodonte, lo que aseguraría la holgada supervivencia de la tribu.

Hoy los invito a poner el oído en el suelo; a pegar la oreja en la tierra de la política colombiana. Silenciar por un momento la absurda e irritante cacofonía del ligero debate político cotidiano, silenciar la violencia verbal de las redes, acallar así sea por un instante la ira y el apasionamiento. Solo concentrarse en escuchar las señales de lo que se nos aproxima. ¿Será amenaza o sustento colectivo?

Las vibraciones que se captan indican con bastante certeza que hay una batalla épica entre dos grandes animales, peleándose por dominar la sabana. Dos paquidermos que quieren ejercer a toda costa una hegemonía política, destruir al contrario, extinguiéndolo para siempre. Aquí no hay dentellada que sobre. Estas bestias –la extrema derecha y la extrema izquierda– no reparan en que otras especies fenecerán como resultado de su feroz batalla. La tolerancia, el pluralismo, la libertad, el equilibrio de poderes, el liberalismo... son algunas de las potenciales víctimas de este choque de fieras.

Son alarmantes los estremecimientos que se captan en materia de las intenciones constitucionales de estos dos contrincantes. Sí, señores, ambos tienen un feroz apetito. Sin duda, aspiran a devorarse la Constitución de 1991 de un solo tarascazo. La historia de Colombia demuestra que toda hegemonía viene con su propia constitución.

Hay más vibraciones explícitas del lado de la derecha en esta materia. Ideas como unificar las cortes, permitir la reelección presidencial nuevamente, regular y enjalmar la protesta social, acotar o desaparecer la tutela, instaurar la doble instancia retroactiva para aforados, reinterpretar unidimensionalmente la historia, ensamblar un Estado confesional, amojonar las libertades individuales, imponer la educación monoteísta, amordazar los nuevos medios... Estas no son ideas sueltas. Conforman una insurrección contra la Carta de 1991 que se viene divulgando a pedacitos, pero que en realidad es un único proyecto.

Valga la pena decir que lo que se oye de algunos voceros de la extrema izquierda sobre estos temas es igualmente aterrador y converge con la derecha en la intención de acabar con la democracia participativa. No en vano, como se revela en el libro de Humberto de la Calle, en lo único en que realmente parecían coincidir las Farc y el uribismo –durante el proceso de paz– era en la necesidad de convocar una constituyente.

El oído a tierra sugiere que avanza hacia nosotros secretamente el intento de llevar al país hacia el acantilado, al despeñadero de una constituyente. Siempre hay buenas excusas para convocarla: que la justicia no funciona, que la tutelitis, que la doble instancia... Ojalá el país no se equivoque en entender las malas intenciones que tienen las bestias que se aproximan. Ojalá el país no confunda el sigilo y la astucia risueña de las hienas con el quedo brincar de un inocente cervatillo. Ojalá Duque se dé cuenta de que ser cómplice de un proceso constituyente significa abdicar como jefe del Estado.

'Dictum'
. El Plan de Desarrollo tiene severas inconstitucionalidades de fondo. Con lo que ocurrió en el Congreso la semana pasada quedó evidente que también las tiene de trámite.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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