No todo se puede

No todo se puede

Hay que entender que aun en la peor crisis no todo está permitido.

23 de marzo 2020 , 12:09 a.m.

Las grandes amenazas a la supervivencia de la humanidad no son nada nuevo. Sin duda, la pandemia que estamos viviendo es excepcional desde la perspectiva de lo que nos ha correspondido vivir, pero no es la primera ocasión que la especie enfrenta el desafío de sobrevivir en medio de tragedias tan duras que hacen pensar que ha llegado el fin del mundo.

Sin embargo, aun en medio de las peores circunstancias, la humanidad siempre tiene la necesidad ineludible de generar estructuras políticas, legales e institucionales capaces de regular las interacciones sociales y organizar una respuesta colectiva a la amenaza. Eso hace que el manejo de una catástrofe sea esencialmente un asunto político de la mayor trascendencia, ya que lo que está en juego es el éxito o el fracaso definitivos de una comunidad o de un país.

En esa medida, creer que la estrategia que siga el Gobierno Nacional o las autoridades locales y regionales no debe ser sujeta al escrutinio público, a la crítica y al debate democrático es una gran equivocación. Una de las pocas ventajas que tiene una democracia para combatir una amenaza como la actual es que, si se permite el debate abierto y hay transparencia, la calidad de las políticas públicas y su efectividad mejoran significativamente.

A modo de ejemplo, el camino original que tomó Gran Bretaña frente al coronavirus fue el de una actitud pasiva asumiendo, como lo hizo Trump, que las cargas se arreglarían por el camino. Ante la evidencia inocultable y el miedo de la gente, las autoridades locales y regionales, de ambos países, se insurreccionaron frente al poder central y siguieron su propio camino. Trump y Johnson, a regañadientes, recularon. A Duque le pasó igual. La eficacia, severidad y popularidad de las medidas que tomó la alcaldesa de Bogotá demostraron que la falaz tesis que sostenía el Gobierno –que aquí todo ya estaba bajo control– no solo era peligrosa sino en contravía de lo que querían los ciudadanos.

Hay un aspecto político de las catástrofes, y en particular de las pandemias, del que las democracias se tienen que cuidar. Las crisis como esta, con enemigos invisibles que instilan profundos temores y colonizan el subconsciente de la gente, propician y facilitan los excesos autoritarios. Como con el terrorismo de origen político, la gente se refugia en el gran protector, en el que garantiza la seguridad o la cura de la enfermedad, y con demasiada facilidad acepta restricciones y abusos muchas veces innecesarios o que no tienen nada que ver con la amenaza que se enfrenta. Hay que entender que aun en la peor crisis no todo está permitido.

En el actual entorno de crisis se ha desatado, por razones de talante o por cálculos electoreros, una competencia entre líderes a ver quién es el más duro, el más aventado. Ese comportamiento ya se está viendo y puede conducir a excesos o a la adopción de medidas equivocadas porque suenan a firmeza, pero causan deterioro social innecesario o coartan libertades fundamentales. La vanidad o las ansias desmedidas de poder no son un buen consejero para superar calamidades públicas.

China y otros países con tradición autoritaria están promoviendo una versión de la historia del coronavirus que tiene un sesgo ideológico manifiesto. Están intentando hacernos creer que las democracias son incapaces de superar las crisis extremas. Que solo el autoritarismo es la solución. Eso es falso. Solo basta ver los casos de Rusia, Irán, Egipto y la propia China con el coronavirus. Además, cuando pase esta pesadilla, los rusos, los chinos y los iraníes, entre tantos otros, seguirán viviendo en la otra pesadilla, la de la dictadura. Por lo menos, a las democracias nos queda el consuelo de que al derrotarse la enfermedad, regresaremos al goce de la libertad. Claro, si no nos descuidamos.

‘Dictum’. “Uno a uno, todos somos mortales. Juntos somos eternos.” Apuleyo.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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