Negación

Negación

Las naciones que se dicen mentiras a sí mismas sobre lo que son o no son terminan pagando por ello.

14 de abril 2019 , 11:59 p.m.

Dicen los psiquiatras que uno de los comportamientos más graves –raíz de muchos desórdenes mentales– es la negación. No reconocer lo que se es, no aceptarse en su verdadera esencia, impide actuar con eficacia y lograr el bienestar. Ese síndrome que aflige a los individuos también puede llegar a afectar los países. Aquellas naciones que se dicen mentiras sobre lo que son o no son terminan pagando por ello.

En ese frente, a Colombia no le ha ido tan mal, hasta ahora. Por lo general hemos sido un país más bien consciente y aterrizado en cuanto a sus posibilidades. De una manera pragmática hemos sabido aprovechar nuestras ventajas comparativas con mesura, y nos hemos apalancado en ellas para superar las crisis y mantener una senda de crecimiento sin grandes sobresaltos.

Sin embargo, el realismo, que nos ha servido tanto, parecería estar dando paso a una negación perniciosa. Los hechos son tozudos. Somos un país que vive de la exportación de hidrocarburos y la minería. Las exportaciones de crudo, refinados, carbón, níquel, piedras preciosas, oro, hierro y sus derivados, etc., representan aproximadamente el 65 por ciento del total de exportaciones de bienes. Es decir, desde el punto de vista productivo, la economía sigue siendo altamente concentrada en cuanto a la proveniencia sectorial de los ingresos externos. La verdad, Colombia siempre ha sido así.

Parecería que sufrimos de una negación generalizada sobre nuestra altísima dependencia de los sectores petrolero y minero. La ideología y el bucolismo han demonizado esa realidad para perjuicio de todos los colombianos. En varios estudios de opinión, las industrias extractivas, la minería legal y la producción de hidrocarburos son consideradas indeseables por una inmensa mayoría de los ciudadanos. Un ejemplo reciente son las actitudes de rechazo al uso de las tecnologías del ‘fracking’, precisamente aquellas que hicieron de EE. UU. el primer productor de hidrocarburos del mundo.

Preferimos mirar para el otro lado y añoramos esas épocas ya remotas cuando dependíamos del café, el tabaco, el añil, la quina, el caucho –todas ellas actividades primarias y extractivas, quizás aún más devastadoras para el medioambiente–. No olvidemos que “el hacha que mis mayores me dejaron por herencia” figura prominentemente en buena parte de los himnos locales de la región Andina.

Colombia bordea peligrosamente un déficit externo que se acerca al 4 por ciento del PIB. Llevamos seis años seguidos con déficit comercial. Nuestro porcentaje de participación en las exportaciones mundiales ha bajado a cerca de la mitad en el último quinquenio. Las finanzas públicas –por ende, los programas sociales– dependen significativamente de los ingresos provenientes de la actividad minera y petrolera, razón por la cual o producimos más petróleo o hacemos más reformas tributarias, como señaló Guillermo Perry.

De allí que haya que dejar la negación y aceptarnos como un país altamente dependiente del sector primario. Los mercados lo saben: la tasa de cambio está fuertemente determinada por las perspectivas de precio del crudo. En vez de rechazar algo tan evidente, deberíamos disfrutarlo.

No hay otro camino en el inmediato futuro para superar las dificultades que hoy nos aquejan diferente de aprovechar las inmensas riquezas que se esconden en el subsuelo. Muchos países lo han logrado: Australia, EE. UU., Canadá, Noruega, Rusia, Sudáfrica, China, Chile, Perú... sin sacrificar su bienestar o su crecimiento. De hecho, conviven allí, muy felizmente, sectores productivos de alta elaboración con actividades más básicas, sin que nadie ande haciendo algarabías o rasgándose las vestiduras.

‘Dictum’. Todos, sin excepción, somos ciudadanos. Pertenecer a una etnia indígena no exime de cumplir la ley. La jurisprudencia excesivamente proteccionista de la diversidad cultural puede llegar a ser nociva.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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