La caja de Pandora

La caja de Pandora

¿Qué diablos es la paz política? Un estadio muy diferente de la simple ausencia de guerra.

17 de marzo 2019 , 11:46 p.m.

Este país lleva doscientos años tratando de construirse como una república unida, democrática, pluralista, en paz y libertad. Hemos intentado de todo para lograr que el sistema político sea el escenario para tramitar los conflictos, aspiraciones, miedos e iniciativas de los ciudadanos. Desafortunadamente –fuera de algunos periodos en los cuales, por agotamiento de los rivales o sabiduría de los estadistas, ha reinado la concordia–, ahora, en pleno siglo XXI, seguimos más o menos en lo mismo.

No es fácil explicar esa recurrencia del fracaso de los esfuerzos por construir un país civilizado y en paz política. No hay que confundir la paz política con la ausencia de crimen, con la inexistencia de asesinatos y robo de celulares. La paz política es otra cosa. Obviamente, esta no es sostenible a largo plazo en un contexto de violencia. Pero, aun así, a lo largo de nuestra existencia como país es una condición que ha ocurrido y se ha mantenido, incluso, en periodos de conflicto armado.

¿Qué diablos es la paz política? Es un estatus, un estadio muy diferente de la simple ausencia de guerra. Es un estado de ánimo institucional y social. No es un ‘nirvana’ en el que se supriman las diferencias ineludibles entre sectores, aspiraciones y personas. No se trata de hacerse el loco, o esconder o eludir las contradicciones y las luchas de poder o de clases. Se trata, más bien, de cómo se abordan esas circunstancias, inherentes a cualquier grupo humano organizado.

Se trata de un talante, un ‘animus’ colectivo en el que el espíritu que insufla las interacciones entre grupos o individuos miembros de una estructura social es más proclive a la construcción de soluciones que a la búsqueda de imposiciones unilaterales. Es ese conjunto de protocolos sociales y pautas no escritas en el que se privilegia, esencialmente, la tolerancia hacia el contrario. Hay rivales, no enemigos. No basta con que los códigos y las instituciones formales contengan los procedimientos y las normas que supuestamente promueven esos comportamientos convergentes con el bien común. Se necesitan el ejemplo y la disciplina activa de los líderes.

Si se observan los ciclos históricos, salta a la vista una realidad recurrente. La paz política se desvanece y se transforma en polarización, sectarismo y, eventualmente, en violencia cuando surge un proyecto político, fuertemente ideológico, con aspiraciones hegemónicas y totalitarias. Así fue desde el comienzo de la República, así sigue siendo hoy.

Algunos sí nos creímos el cuento de que Duque pretendía construir una serie de convocatorias y pactos nacionales que cerraran el actual ciclo de polarización. Craso error. Con sus decisiones sobre la JEP, todos quedamos notificados de que es un rehén más del proyecto hegemónico del uribismo y de la extrema derecha.

A quienes piensen que es una exageración tildar de totalitario ese proyecto hegemónico, los invito a que observen los patrones de comportamiento de sus líderes y voceros, a que miren con cuidado sus propuestas y sus insultos, a que lean los comentarios de sus fanáticos en las redes...

Duque desató, desafortunadamente, una nueva fase del proceso de conflicto político. Y, como ocurre en la guerra, a los que no queremos vivir bajo el yugo de una hegemonía uribista nos tocará organizar –otra vez– la resistencia. Es un conflicto entre guerra y paz, entre diversidad y homogeneidad, entre el confesionalismo y el libre pensamiento, entre el caudillismo y la democracia. La caja de Pandora está abierta.

‘Dictum’. Duele la pérdida de Carlos Ossa y de Gabriel de Vega. Dos generaciones distintas, dos profesiones diferentes, igual firmeza en su compromiso con la democracia, la legalidad y la paz. Un privilegio de vida haber sido amigo y colega de estos compatriotas excepcionales.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Sal de la rutina

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