Federalismo por conveniencia

Federalismo por conveniencia

Ante desafío de la pandemia, Gobierno ha pasado decisiones más difíciles a alcaldes y gobernadores.

26 de julio 2020 , 11:17 p.m.

La caracterización del encuadre institucional de la República de Colombia es compleja. Quizás podría definirse como un régimen presidencialista y descentralizado. Sin embargo, no dejan de existir bastante ambigüedad y confusión al respecto. Formalmente, el primer mandatario es el representante del Estado y cabeza del Ejecutivo, y la autoridad superior en tiempos de emergencia. Sin excluir que necesariamente tiene que apoyarse en las autoridades locales, en un régimen presidencialista como el nuestro es al Gobierno Nacional el que le corresponde definir con precisión las acciones y asumir las consecuencias de sus decisiones.

La ambigüedad de nuestro sistema político, en cuanto a quién le corresponde qué en momentos de crisis, le ha permitido al gobierno Duque manejar la relación con los municipios y los departamentos de acuerdo con su conveniencia política. Aunque la Constitución dispone que el Presidente es el responsable de formular e implementar las políticas públicas cuando el país se declara en emergencia, ante el desafío de la pandemia el Gobierno central se ha aprovechado de dicha ambigüedad para escurrir el bulto, pasándoles las cargas más pesadas a los alcaldes y gobernadores.

Al iniciarse la pandemia, la actitud de Duque fue la del reyezuelo. ‘Aquí mando yo’ fue su declaración, a la Trump, cuando la alcaldesa de Bogotá tomó la iniciativa de actuar ante la exasperante parsimonia del Gobierno central. El Gobierno intuyó que se había ganado la lotería con la crisis, por cuanto la lucha contra el coronavirus le abrió la posibilidad de tener una agenda concreta y, por fin, poder mostrar decisión, proactividad y capacidad ejecutiva, algo de lo que ha carecido en sus dos años de mandato. La pandemia le daba al Gobierno algo que hacer, distinto a andar poniéndole talanqueras al proceso de paz e inaugurando obras heredadas del pasado.

En la medida en que fueron descubriendo que la cosa no era tan fácil, abandonaron sus pretensiones absolutistas y se convirtieron por conveniencia al ‘federalismo’. Una lectura de los decretos expedidos bajo los poderes de emergencia revela cómo, con el paso de los días, las decisiones más difíciles se fueron trasladando cada vez más a manos de los alcaldes y gobernadores. Esta delegación a la brava del poder central acarrea la consecuencia de que a los mandatarios locales les ha tocado asumir el costo político más grave de la pandemia. Sin embargo, la laxitud asociada a esa delegación de responsabilidades ha servido para que muchos de los mandatarios locales y regionales se luzcan.

En la medida en que el costo social, económico y de empleo se volvió un pasivo político inmenso, el Gobierno central, ahí sí, intenta retomar su autoridad y hace lo que es políticamente más rentable pero menos aconsejable para la salud pública: abrir improvisadamente sectores y sectores, de manera unilateral e inconsulta con los alcaldes. Federalismo para evitar los costos, centralismo para apropiarse de los beneficios. El caos que perciben hoy los ciudadanos surge precisamente de ese manejo.

Aquello con lo que no contaba el Ejecutivo es el profundo impacto político de que ha tenido que abdicar a su responsabilidad de manejar los aspectos desafiantes e impopulares de la pandemia. Gracias al vacío que creó esa ausencia, el país ha descubierto liderazgos locales y regionales que, por su efectividad y carácter, han demostrado tener gran potencial electoral y talante de estadistas. No hay mal que por bien no venga. El coronavirus puede dejarnos algo muy importante: el surgimiento de una nueva dirigencia política proveniente de las localidades y regiones, templada en la despiadada fragua de la pandemia.

‘Dictum’. La convención del Partido Liberal se reúne en agosto. Esa es su última oportunidad. Ojalá se aproveche.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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