El ‘hombre invisible’

El ‘hombre invisible’

Los detonantes que llevaron a los invisibles a decir ¡no más! y a manifestarse contundentemente.

14 de septiembre 2020 , 12:04 a. m.

A finales del siglo XIX, el genial H. G. Wells escribió la novela ‘El hombre invisible’. Este clásico de la literatura de horror trata de un científico que adquiere por accidente el poder de mantenerse oculto, traslúcido, a la vista de los seres humanos. Los demás no perciben su presencia y van por la vida sin que se detecten sus movimientos a menos que tropiece con una mesa o haga estropicios, que todos a su alrededor atribuyen a fuerzas malignas, a fantasmas, a monstruos etéreos.

Hasta ahí estamos compartiendo la trama de uno de los grandes libros de ficción científica de la historia. Sin embargo, ‘El hombre invisible’ es una parábola muy poderosa, una crítica agudísima de cómo el establecimiento, inmerso en su cotidianidad y en su comodidad, es incapaz de descubrir la presencia latente del desespero de quienes están a su lado, ahí, a las puertas de su propio hogar.

Cuando ocurre una ruptura, y el ‘hombre invisible’ hace añicos un jarrón chino o destruye un CAI, las señoras de sociedad, los políticos en sus curules y los amigos del club se desgañitan encontrando culpables. No ven nada porque no son capaces de deshacerse de los constreñimientos que les imponen las limitadas perspectivas de su convencionalidad. Eso es lo que estamos viviendo hoy en el frente social. En vez de reconocer, entender y escuchar a ese ‘hombre invisible’, que es más que un hombre, son miles, millones, de hombres, mujeres, jóvenes, niños... a lo largo y ancho del país, en campo y ciudades, se prefiere desconocer que existen; se escoge negar la razonabilidad de su clamor, la profundidad de sus heridas y la veracidad de los agravios.

Entonces, como ocurre en la novela de marras, cuando suceden los desastres, los políticos, los generales, los gobernantes no ven, o no quieren ver, y echan mano de las explicaciones más traídas de los cabellos. Para ellos, reconocer que existe el ‘hombre invisible’ es una amenaza, es un riesgo demasiado disruptivo, un reconocimiento de su insensibilidad e ignorancia. O, peor aún, es una confesión de su responsabilidad histórica ante la crisis.

La historia política de la humanidad está plagada de ejemplos en los que la incapacidad de reconocer la existencia de la masa de invisibles y la ausencia de voluntad para hacerlos palpables, reales, ponerlos sobre la mesa para tramitar su invisibilidad y superarla han llevado a que se desplomen imperios, repúblicas, dinastías y regímenes de todo tipo. En teoría, para eso es la democracia. Para que los invisibles puedan hacerse visibles. Si las instituciones liberales no cumplen con esa obligación, como está ocurriendo hoy en Colombia y durante este gobierno, perderían la legitimidad, que es el alma de la democracia.

Y cuando el sistema es incapaz de darles voz, representación y atención a estas necesidades y demandas, es cuando se rompe el jarrón. Ante la incapacidad de los políticos, los partidos, los gobernantes y las instituciones de visibilizarlos, el desespero lleva a que la gente recurra a la movilización social y a la protesta. La brutalidad de la Fuerza Pública, las violaciones de los derechos humanos, la ira, el hambre y la indiferencia fueron los detonantes que llevaron a los invisibles a decir ¡no más! y a manifestarse contundentemente.

Negar su existencia y las causas, atribuyéndoles las masacres a ajustes de cuentas, la brutalidad policial a manzanas podridas, la falta de justicia a la ausencia de pruebas, la ira de los jóvenes a la cuarentena, la destrucción de los CAI al Eln, es una actitud desafiante que no hará que desaparezca el ‘hombre invisible’. Garantiza que su presencia sea cada vez menos insoslayable.

‘Dictum’. La intervención del Gobierno en favor de Trump no sorprende. Duque cree que así evita la cuenta de cobro por la situación de derechos humanos. Craso error. Va a ser, precisamente, al revés.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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