El as bajo la manga

El as bajo la manga

Mientras más acorralada esté una dictadura con sanciones económicas, más autoritaria se vuelve.

13 de enero 2019 , 11:34 p.m.

La tragedia del pueblo venezolano ha conmovido al mundo y en particular a América Latina. Muchos lamentos justificados por la tragedia humanitaria del bravo pueblo circulan en las redes. Aún así, hasta los más cerreros enemigos del actual gobierno ilegítimo de Maduro afirman que –a pesar de las horribles circunstancias actuales– no parecería existir una hoja de ruta diplomática y política clara que promueva, exitosamente, una transición hacia la democracia. Hay muchos más gestos que acciones eficaces.

La gran paradoja es que, en el esfuerzo de presionar a la dictadura chavista, la mayoría de la región y las organizaciones multilaterales regionales –como la OEA y Mercosur– se han colocado en una posición que impide una interlocución mínima con Maduro para explorar alternativas. La fiera está herida y arrinconada. Será aún más feroz y autoritaria, si no se construye una salida que atienda los intereses esenciales de los líderes chavistas dentro de una verdadera, creíble, digna y real transición. Soy de los que creen que Maduro sabe que está en las últimas y que preferiría no terminar como Sansón, sepultado entre las ruinas del Palacio de Miraflores, dejando como herencia del chavismo un país desbaratado.

La historia contemporánea ha demostrado que las sanciones no son suficientes para demoler un régimen dictatorial. Mientras más acorralada esté una dictadura con sanciones económicas, financieras y comerciales, más extremista y autoritaria se vuelve. Casos hay en el vecindario y en los cinco continentes. El impacto de esas sanciones es residual si el dictador mantiene el control de los factores de poder, como son los alimentos, el ejército, la inteligencia, las milicias y los servicios secretos. Ese control no parecería haberse debilitado en el caso de Maduro.

Pasarán muchos años antes de que por la vía de las sanciones se logre una rectificación definitiva del régimen chavista. ¿Están la región y el mundo dispuestos a esperar simplemente contemplando la tragedia? No deberían, y solo quedan dos caminos: la guerra o la negociación. Y de las dos, la única viable es la negociación. El asunto es quién y cómo.

La OEA está descartada por su ausencia de sindéresis institucional en la materia. Mercosur sufre del mismo problema. El Grupo de Lima tiene un manejo que parece una versión tropical de la estrategia de Trump. La ONU no se quiere meter. Solo queda la opción del puñado de los que Maduro escucha.

El analista venezolano Pedro Palma dice, en entrevista de Marisol Gómez en este diario, que “López Obrador se podría convertir en un factor de comunicación... No hay que descartar que pueda jugar un papel interesante de mediador”. El mismo argumento se lo oí a Sandra Borda y a Rodrigo Pardo en ‘Hora 20’. El Grupo de Lima debería pedirle a México, sin vergüenza, que fuera proactivo en ese frente. Claro, hay que ver si Bolsonaro lo permite.

Hay otro camino alternativo. Quizás complementario. Para nadie es un secreto que el aliado más cercano de Maduro no es ni China ni Rusia. Es Cuba. El cambio de régimen vía negociación pasa, inexorablemente, por La Habana. Naturalmente, los cubanos no van a entregar a un aliado estratégico como el régimen chavista, así no más.

Castro no va a mover un dedo si la ecuación costo-beneficio económico de catalizar una transición venezolana no lo favorece. Esa fue parte importante de la agenda de Obama cuando emprendió la normalización de las relaciones con Cuba. Normalizar las relaciones económicas con los gringos es el sueño de los cubanos. El anterior Gobierno estadounidense se jugó esa carta. Es hora de que América Latina herede esa mano y ponga a Cuba, el único as que queda, sobre la mesa.

‘Dictum’. Tintín, que cumple noventa años, es el mejor intérprete de los conflictos, los estereotipos y la cultura occidental del siglo XX.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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