Discontinuidades demográficas

Discontinuidades demográficas

El papel de la demografía en la anticipación del futuro ha vuelto a ser altamente relevante.

13 de mayo 2019 , 12:50 a.m.

Sé que el título escogido para la columna de hoy me va a costar muchos lectores. No es para menos. La demografía pasó de moda hace rato. Esa disciplina –que estudia la situación, estructura, distribución y dinámica de la población humana– fue esencial para el desarrollo de las ciencias sociales, en particular la economía.

A pesar de todo, el papel de la demografía en la explicación de la historia y, más importante aún, en la anticipación del futuro ha vuelto a ser altamente relevante. Han surgido teorías refrescantes que cambian hoy la percepción de la utilidad de esa metodología. Por ejemplo, se ha vuelto fundamental en la discusión económica y política el análisis de las discontinuidades demográficas.

Aparentes cambios menores en una política, en una ideología, en un virus, en una tecnología, en un comportamiento humano, en una situación política... pueden desencadenar una discontinuidad en las tendencias observadas y esperadas en el comportamiento demográfico de una comunidad. Esas discontinuidades –hoy en día, mucho más aceleradas que las que han caracterizado en el pasado a la humanidad– ya, hoy, han transformado y continúan transformando nuestro futuro (‘The Human Tide’, Paul Morland, 2019).

Los datos del censo del 2018 sorprendieron a los colombianos. Son una discontinuidad. Somos 45,5 millones de personas. Todos creíamos que éramos un país del orden de 50 millones de almas. Esa diferencia –que es altamente significativa– sugiere un impacto muy grande de la educación de las niñas sobre la tasa de fertilidad, de la incorporación masiva de la mujer a la fuerza de trabajo y del acceso generalizado a la anticoncepción. Las políticas de secularización y universalidad en el sistema educativo cambiaron las tendencias poblacionales.

La ignorancia y los perjuicios también crean disrupciones severas. La actual tendencia contra la vacunación, de la cual Colombia no está inmune, está cultivando silenciosamente una nueva disrupción. La reaparición de enfermedades consideradas extintas o controladas está cambiando el perfil epidemiológico de las sociedades y los patrones de morbilidad con posibles efectos devastadores en el futuro.

Incluso, cosas tan aparentemente desligadas de las tendencias demográficas conllevan consecuencias inimaginables. La universalización de los celulares y su alto costo –es decir, su ‘deseabilidad’ social– han cambiado la dinámica demográfica de la criminalidad y las muertes violentas. De igual manera, el proceso de paz ha tenido un efecto sensiblemente positivo sobre las tasas de homicidios y mortalidad, en particular en el sector rural.

La adopción masiva de las motos como medio de transporte por excelencia, para el grupo de edad entre los 18 y 45 años, ha traído consecuencias funestas. La mortalidad asociada a la accidentalidad en motocicletas está disparada, siendo la primera causa de decesos asociados a la movilidad y una de las principales causas de fallecimiento para los jóvenes en el país. Evidentemente, la tecnología tiene impredecibles consecuencias sobre el comportamiento demográfico.

A nadie escapa que la disrupción demográfica más grande que ha vivido Colombia es la inmigración masiva de personas de origen venezolano. Algunos estudios sugieren que en la última década, ese grupo puede sumar dos millones de personas; es decir, el 4,4 por ciento de la población. Independientemente del tan cacareado impacto sobre las finanzas públicas y la seguridad, pocos análisis se han dedicado a tratar de dilucidar desde una perspectiva macrosocial qué conlleva esta disrupción. Es hora de empezar porque, en asuntos de población, mañana es tarde.

‘Dictum’. El embajador Ordóñez tenía como propósito ver si el populismo xenofóbico –a la Trump– le sirve electoralmente al uribismo. Obtuvo su respuesta.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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