Cómo desperdiciar 200 años...

Cómo desperdiciar 200 años...

Conmemorar los hitos con la trascendencia debida es un procedimiento para construir identidad.

10 de marzo 2019 , 11:55 p.m.

En mi prehistoria de columnista de este diario escribí sobre la celebración del bicentenario de la independencia de Colombia. Decía, hace ya más de dos décadas, que las efemérides de los doscientos años de la liberación definitiva del yugo de la Corona de España podrían convertirse en el foco de un trabajo de reflexión de largo plazo para construir un propósito común, un acuerdo contemporáneo sobre lo fundamental, una plataforma para lanzar la hoja de ruta para los siguientes cien o doscientos años de vida republicana.

El origen de esa propuesta no era otro que haber conocido la fuerza catalizadora que tuvieron celebraciones similares realizadas por otros países. En 1976, en el bicentenario de la independencia de Estados Unidos, las actividades realizadas tuvieron al mismo tiempo un carácter celebratorio, al más alto nivel, pero lo sustantivo fue una reflexión desde la base, a lo largo y ancho del país, sobre la unidad nacional, las bondades y falencias del sistema institucional.

Y no todo fue patrioterismo y congratulaciones. El debate fue real. Por ejemplo, el magistrado de la Corte Suprema de Justicia Thurgood Marshall puso el dedo en la llaga cuando dijo, con motivo del bicentenario gringo, que “los fundadores, al contrario de lo que se cree, diseñaron un gobierno que desde el inicio era defectuoso...”.

Quizás aún más telúrica fue la celebración de los doscientos años de la Revolución francesa, en 1989. Como los franceses son franceses, además de las conmemoraciones festivas, el país galo tuvo un proceso de inmersión en sí mismo, de debate sobre el alcance contemporáneo de los derechos del hombre y los principios de la revolución, “Liberté, Egalité, Fraternité”.

En contraste, en Colombia la conmemoración del bicentenario de la independencia se anuncia bastante pobre, en recursos y en iniciativa, además de teñida por la remoción de la cúpula de las principales entidades culturales de la Nación, encargadas institucionalmente de esta celebración. La estructura formal para manejar el bicentenario es escasamente nominativa y los responsables políticos muestran una protuberante indiferencia y un inimaginable desdén. Ya anuncia la Ministra de Cultura, a escasos cinco meses de la fecha, que, tranquilos, por cuanto la celebración va hasta el 2023...

No siempre fuimos así. En el primer centenario del grito de independencia, en 1910, a pesar de estar el país sin recursos fiscales, traumatizado por la reciente guerra de los Mil Días y los acontecimientos políticos, la nación, la gente, se dio maña para hacer de esa ocasión un punto de inflexión. En palabras del historiador Eduardo Posada Carbó, en un ensayo sobre la celebración del primer centenario dice: “Los valores centrales que quisieron resaltarse en los festejos conmemorativos fueron: los ideales de libertad e igualdad que representó la independencia, los anhelos de progreso y bienestar, y la urgente necesidad de consolidar la paz”. (‘Revista de Indias’, 2013, n.° 258)

Las celebraciones históricas, el conmemorar los hitos con la trascendencia debida, son un procedimiento irremplazable para construir identidad y, sobre todo, ciudadanía. Para cuestionarse qué significa libertad, la independencia; encontrar las bondades y las falencias de una nación. Qué lejos estamos de esa actitud en la celebración del bicentenario de la independencia. Se perdió ya la oportunidad de hacer de esta fecha la ocasión para unir el país, cimentar un nuevo propósito colectivo de prosperidad y de paz. A cambio, con seguridad, el Gobierno nos va a regalar un fastuoso desfile militar.

‘Dictum’. Parece que nos gobierna el rey Midas. El presidente Duque está convencido de que con su mera llegada a la Casa de Nariño todo se convirtió en oro. Olvida que en economía siempre hay un lapso entre la acción y el resultado.

GABRIEL SILVA LUJÁN

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