Atrapados sin salida

Atrapados sin salida

Terminar la educación secundaria es el umbral mínimo para poder escapar de las garras de la pobreza.

02 de diciembre 2018 , 11:30 p.m.

A un aspirante a marino lo primero que le preguntan es si sabe nadar. A un aspirante a bombero se le pregunta si le tiene miedo al fuego. A un aspirante a conductor se le verifica que no sea daltónico. Un aspirante a paramédico no puede desmayarse cuando ve sangre... Es decir, para lograr un trabajo se necesitan ciertas condiciones mínimas de preparación y de actitud que le garanticen al empleador que esa persona puede cumplir con su oficio. Esas son las competencias básicas, la clave para la empleabilidad y para escapar de la pobreza.

No sorprende la tenacidad de los estudiantes y profesores al protestar por el evidente deterioro de la calidad, de la pertinencia y de la infraestructura de las universidades. Tienen razón. Desafortunadamente, en medio de ese ‘maelström’ que se ha vuelto la discusión sobre la educación superior, la cenicienta de dicho diálogo es la educación para el trabajo. A los 2’300.000 desempleados jóvenes, la mayoría por carecer de competencias básicas, nadie los representa.

A la sociedad le explotó en la cara la revolución demográfica. Los menores de 0 a 14 años eran en 1963 prácticamente la mitad de la población (47 %) y para el 2018, ese grupo de edad disminuyó a menos de una quinta parte de la población total (19 %). Un Estado que hasta ahora privilegió la expansión de la educación primaria y secundaria está descubriendo a las malas que hay que cambiar de paradigma.

La Cepal tiene detectado que terminar la educación secundaria es el umbral mínimo para poder escapar de las garras de la pobreza. Según Niñez Ya, en el 2016, la deserción escolar significó que más de 280.000 niños dejaron de estudiar, la mayoría abandonando en sexto grado. Es decir, existe un ejército de jóvenes que no clasifican para la educación formal, creando una masa de hombres y mujeres cuya capacidad productiva está en un limbo del cual difícilmente pueden escapar. Un contingente de varios millones de compatriotas que, además, ahora les toca pelearse en los buses, las esquinas y las calles con un millón de venezolanos para defender su participación en las actividades informales de donde extraen lo mínimo para sobrevivir.

Esto desemboca en una situación estructural de bajísima ‘empleabilidad’ formal. Ese ciclo perverso de educación básica incompleta y deficiente, que cierra el acceso a otros estadios de calificación laboral y, por lo tanto, a un trabajo formal o por lo menos permanente, sí se puede romper. Pero para eso se necesita audacia.

El Sena se está agotando como instrumento para avanzar en la educación para el trabajo. Es una entidad pública en la que cuesta 4 veces más capacitar a un trabajador de lo que gastan otras entidades privadas de capacitación. La capacidad del Sena para adaptar su oferta de estudios es prácticamente inexistente. Además, el Sena en un dispensador de favores políticos. Su impacto en la empleabilidad de los jóvenes más pobres y en la construcción de competencias básicas mínimas entre la juventud desempleada es hoy en día bastante marginal.

La alternativa es darle al sector privado y filantrópico un papel protagónico en la formación de esos muchachos “atrapados sin salida”. Para que eso sea posible, se necesita la creación de un fondo de financiación de estudiantes y de apoyo a esas entidades privadas que sí poseen las antenas y la flexibilidad para encauzar a los muchachos por una ruta viable en su formalización laboral. Según Lyndon B. Johnson, “No es suficiente con abrir las puertas de la oportunidad. Todos nuestros ciudadanos deben contar con las competencias necesarias para poder cruzarlas”.

‘Dictum’. Duque tendrá que nominar el sucesor de Néstor Humberto Martínez. Ojalá confirme –con el fiscal ‘ad hoc’– que en esos asuntos está guiado por el interés nacional y no por otras consideraciones.

GABRIEL SILVA LUJÁN

Columnistas

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