Violencia en la palabra

Violencia en la palabra

¿Por qué cuesta tanto trabajo una reunión entre distintos? Sería un mensaje de reconciliación. 

21 de febrero 2021 , 12:19 a. m.

Sorprende que, después de 200 años de vida republicana, seamos aún incapaces de reconciliarnos. Es como si desde la revuelta septembrina de 1825 y la definitiva fractura entre Bolívar y Santander, hayamos estado siempre condenados a dividirnos en bandos. La violencia, de acto y de palabra, se ha normalizado desde entonces.

Padecimos nueve guerras civiles después de una sangrienta y larga lucha por la independencia. Los ajustes políticos y sociales llevaron a confrontaciones continuas, convirtiendo al recién nacido país en un campo de batalla donde el diálogo fue remplazado por los fusiles. Tras el breve interludio de relativa paz en los albores del siglo XX siguieron décadas de violencia armada entre liberales y conservadores. El color de un trapo era razón suficiente para matar. Mientras tanto, los líderes de dichos partidos azuzaban a las masas campesinas asumiendo que la muerte era su moneda de cambio.

El periodo de la Violencia acabaría con el Frente Nacional. Años después, esa misma incapacidad de diálogo y la torpeza para entender las heridas heredadas por décadas de enfrentamientos abrirían un nuevo capítulo de nuestra historia. Surgían así ya no hordas de campesinos sino grupos guerrilleros y después paramilitares. Casi 60 años de una guerra intestina que dejó millones de víctimas. Acabar con ese lastre, o por lo menos con parte del mismo, mediante la suscripción de los acuerdos de paz de La Habana, lejos de unir al país, paradójicamente lo dividió. No han sido suficientes dos siglos de historia escrita en sangre para entender que la violencia se recicla. Anida en el lenguaje, en las palabras y decisiones de los líderes políticos. Es rentable porque es un idioma que conocemos y porque es más barato incendiar a las masas que ofrecerles verdaderas oportunidades de desarrollo. Gobernar bajo el efecto hipnótico de la violencia física y verbal se ha convertido en histórica costumbre.

Y hablar de historia en estos momentos es relevante más allá de la simple coyuntura. Las reacciones de sectores políticos y de opinión frente al intercambio epistolar entre el expresidente Santos y Rodrigo Londoño demuestran la incapacidad de sanar como sociedad. Toda una paradoja; un gesto de paz se convierte en objeto de ataques. Tender la mano se traduce en un acto hostil y violento. La suspicacia de algunos los lleva incluso a sugerir que, lejos de ser un acto genuino, es el resultado de una estratagema maquiavélicamente calculada.

Londoño le manifestó al expresidente su preocupación por la implementación de los acuerdos y el miedo que invade a muchos excombatientes. Miedo que es legítimo si se miran las cifras de homicidios. O basta con revisar nuestra historia y recordar que hace tres décadas más de 3.000 miembros de la Unión Patriótica fueron masacrados.

La respuesta de Santos fue reconocer que hay un riesgo latente y que, en parte, a su juicio, se debe a la lenta materialización de los acuerdos de paz, dentro de los cuales se prevén no solo importantes medidas de protección, sino también soluciones sociales de fondo para erradicar la violencia de los territorios. Cierra la misiva poniéndose a disposición del presidente Duque e invitando a que se celebre una reunión entre las partes: garantes, negociadores y los que hoy están a cargo de su ejecución.

No demoraron desde el mismo gobierno a salir y descalificar la propuesta, tildarla de polarizadora y, con el usual retrovisor que está de moda, señalar que es más lo que se ha hecho en la administración de Duque que en la de Santos. Como caja de resonancia brotaron líderes políticos y de opinión que acusaron de mezquina la propuesta. Empero, desconocen que censurable es justamente la reacción del Gobierno. ¿Qué tiene de malo sentarse a dialogar? Se confunde la grandeza de aceptar que entre distintos es posible llegar a acuerdos, con la debilidad que creen que proyecta una foto de Duque sentado con Santos y Londoño. Se renuncia a la posibilidad de bajarle el tono a la polarización y avanzar en un propósito común, justo ahora que tanto se necesita, y, por el contrario, se aceptan las consecuencias de seguir empuñando la violencia en la palabra.

El Frente Nacional no fue una solución perfecta. Todo lo contrario, muchos de los vicios de la política actual tienen origen allí. Pero fue un acuerdo entre diferentes, en un momento de polarización extrema. Fue una muestra de que hay situaciones tan críticas en la historia que obligan a poner de lado las mezquindades. Si Alberto Lleras y Laureano Gómez fueron capaces de firmar el pacto de Benidorm, ¿por qué cuesta tanto trabajo una reunión entre distintos? No será la solución para acabar con una larga historia de violencia, pero sería un gesto en la dirección correcta y un mensaje poderoso de reconciliación nacional.

Si el propósito de cimentar la paz es el común denominador tanto de quien entregó las armas como del expresidente que forjó el acuerdo y del actual jefe de Estado que tiene el deber de implementarlo integralmente, no se entiende cómo no sea justamente este último quien convoque esa reunión. En sus manos está abandonar la violencia en la palabra.

Ñapa: Se inició la vacunación. Buena noticia a pesar de que algunos miembros del partido de gobierno ya estén tratando de hacer política con ella.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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