Una huella indeleble

Una huella indeleble

Estamos pavimentando la historia del país sobre una pila de cadáveres que cada día crece más.

14 de junio 2020 , 12:16 a.m.

En Colombia sigue retumbando el sonido de la muerte. Cientos de compatriotas han perdido su vida bajo la impávida mirada de todos nosotros. Como si hubiéramos desarrollado un mecanismo de defensa arropado en la indiferencia, el ser testigos de un derramamiento sistemático de sangre no ha logrado elevar nuestra consciencia colectiva para exigir que no sigan asesinando a los líderes sociales.

Estamos pavimentando la historia del país sobre una pila de cadáveres que cada día crece más. El peligro de olvidar y, peor, el de oponerse a recordar es que la historia se reducirá a ese fragmento conveniente del que se alimentan los violentos y aquellos que han amasado su poder y su fortuna a partir del homicidio y la expoliación.

Es por eso que junto con un grupo de columnistas hemos acordado rendir homenaje a esos ciudadanos olvidados que han perecido bajo el fuego acallador de los que se alimentan de la muerte. Resulta incomprensible cómo, según las mismas cifras del relator especial de las Naciones Unidas, Michel Forst, entre el 2016 y el 2019, hayan sido asesinados 339 líderes sociales. Y de acuerdo con la Defensoría, de enero a abril del 2020 otros 56. Es decir, en lo que va corrido de este año, en promedio hemos perdido un líder social cada 3 días.

Resulta tan indignante como la muerte, empero, el silencio y la indiferencia. En esta columna le dedicaré un pequeño espacio a la memoria de algunos de esos líderes que han sido víctimas de la violencia.

Éric Esnoraldo Viera Paz era un joven de 23 años. El 3 de febrero de 2019, pocos minutos después de salir de la casa de su madre, fue interceptado por un individuo. Bastaron dos disparos para segar la vida de Éric. Ya había muerto cuando llegó al hospital de Caloto, Cauca. En su corta existencia había sido miembro de la Junta de Acción Comunitaria de la vereda El Palo y miembro de la Asociación de Trabajadores a favor de la Constitución de Zonas de Reserva Campesina de Caloto. Asimismo, se había ocupado hasta pocos días antes de su asesinato de apoyar la tarea de desminado adelantada por la fundación The Halo Trust. Éric deja una pequeña hija y un legado de lucha comunitaria.

Caucasia ha sufrido, y sigue padeciendo, los estragos de la violencia. En los últimos años han sido asesinados ocho líderes sociales de la Mesa LGBTI de dicho municipio. Atentados que podrían catalogarse como un intento de exterminio sistemático de la población LGBTI en la región. Su última víctima se llama Liliana Holguín. A sus cuarenta años se desempeñaba como mototaxista, una de las pocas actividades legales que se pueden desarrollar en un municipio que en silencio sigue bajo el yugo de las fuerzas criminales de diferentes grupos armados. El 26 de febrero de este año, Liliana se desplazaba con su sobrino en la moto. Los sicarios abrieron fuego contra ambos. A pesar de no haber recibido amenazas, según Wilson Castañeda, director de Caribe Afirmativo, su muerte se suma a la de otros activistas que a diario se encuentran sometidos a constantes intimidaciones. Liliana, además de haber sido una valiosa vocera de su comunidad, apoyaba actividades de formación, acompañaba y lideraba acciones para evitar el desplazamiento forzado y creía en la educación de las nuevas generaciones como el único camino para el desarrollo de los que a diario se convierten en presa fácil de la ilegalidad.

Luis Cuarto Barrios se estaba formando en la Escuela Superior de Administración Pública (Esap). Su sueño era aspirar a la alcaldía del municipio Palmar de Varela, Atlántico. Luis era reconocido en su comunidad por el trabajo que desempeñaba como presidente de la Asociación Municipal de Juntas Comunales, así como por su incansable actividad como veedor de control ciudadano en Palmar de Varela. Quienes lo conocieron recuerdan sus valientes denuncias contra el microtráfico, la corrupción y las carencias de los servicios de salud. El 7 de marzo de 2018, Luis Cuarto pagó con su vida el haber asumido la vocería de su comunidad. Un hombre armado entró a su casa y le disparó en repetidas ocasiones al frente de su familia. Sus hijos y los vecinos, como espectadores impotentes, no se resignan a aceptar la acción criminal impune que apagó para siempre la voz de su comunidad.

Esnoraldo, Liliana y Luis Cuarto tienen en común tres datos biográficos. Fueron agentes activos de la acción transformadora y pacífica en sus comunidades y, por ello, los portadores de intereses que se nutren del crimen, el abuso y la ausencia de cohesión social decretaron su muerte. El tercer rasgo en común nos interpela a todos como un grito que no cesa ni debe dejar de hacerlo: la sociedad, después de su muerte, permanece en el silencio inercial que ha devenido costumbre y, por su parte, el Estado no ha sido capaz de ejercer justicia y, por consiguiente, ha tolerado la existencia de una instancia privada que aplica la pena capital y evade todo control. ¿Hasta cuándo?

Ñapa: #LaHuellaDeLosLíderes no es sino la ínfima expresión de un grito sordo en contra de la violencia, de la impunidad y de la indolencia.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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