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Tormenta perfecta

Tormenta perfecta

Estamos a punto de ser testigos de una cascada de tragedias como resultado del paro.

12 de junio 2021 , 11:56 p. m.

Millones de colombianos hemos apoyado las causas sociales que han motivado a muchos de los manifestantes a salir a la calle. Pero estamos a punto de ser testigos de una cascada de tragedias como resultado de un paro que, en un momento crucial, luego de cosechar éxitos, innecesariamente se desliza en desaciertos de manejo. No solo por la incapacidad y la soberbia del Gobierno Nacional, que inocultablemente ha jugado a su desgaste y estigmatización, sino también por los errores del comité del paro, que, a juicio de muchos, no ha sabido interpretar acertadamente la coyuntura política y el contexto sanitario.

La primera gran tragedia tiene que ver con la salud de los manifestantes y de los colombianos. Bogotá, por ejemplo, a inicios de semana ya reportaba una ocupación de las plazas de cuidados intensivos de más del 98 por ciento. Si no fuera por la mínima rotación de camas y por el cupo de 123 unidades de la subred del Distrito, el sistema estaría virtualmente colapsado. Según el diario EL TIEMPO, clínicas como la Marly y San Rafael tienen una sobreocupación en urgencias del 331 y 400 por ciento, respectivamente. Y no solo es eso, ahora mueren jóvenes entre los 20 y los 40 años.

Es profundamente conmovedor lo que muchos jóvenes dicen en la calle. Arguyen que es más peligroso el desempleo, la falta de oportunidades, la inequidad y la violencia que genera el abandono del Estado que el mismo covid-19. Sin embargo, actualmente se están exponiendo no solo a esos riesgos —que para muchos son inherentes al hecho de haber nacido en condiciones de pobreza—, sino también a los que resultan del tercer pico de la pandemia. Con cifras de positividad que han llegado al 30 por ciento, un número disparado de contagios diarios y una de las tasas de mortalidad más altas del mundo, la exposición en las calles —por más de que se diga que en sitios abiertos baja el riesgo de contagio— es peligrosa y pone en riego tanto a los manifestantes como al resto de la ciudadanía.

Otra tragedia tiene que ver con el impacto político que están teniendo las marchas. Y el efecto político es nefasto porque persiste una confusión enorme en donde no es claro quién habla a nombre de quién, o quién esté a cargo de lo que sucede en las calles. Los jóvenes dicen no sentirse representados, ni siquiera por el comité del paro. Sin embargo, es el comité el que está actualmente intentando negociar con el Gobierno y el que invita a tomarse las principales ciudades. Por otro lado, y de forma parasitaria, grupos de vándalos —financiados, según las autoridades, por grupos criminales— han protagonizado actos de violencia, así como bloqueos a suministros médicos y bienes esenciales, desdibujando el concepto mismo de protestas pacíficas y llevando a que cada vez más gente les retire el apoyo a los jóvenes en las manifestaciones. No se debe confundir su causa con los actos criminales registrados durante la protesta, pero en el imaginario colectivo comienza a ser más difícil trazar esa diferencia, y esto es fatal e injusto.

La orfandad en la representación política de la juventud marchante no los hace por esa razón menos susceptibles de tener que cargar el costo y desgaste del paro. Todo lo contrario. Hoy están más lejos de lograr las justas reivindicaciones que reclaman en las plazas y calles, y más cerca de la estigmatización y resentimiento por parte de los sectores sociales y económicos que otrora simpatizaban con su causa, pero que se han visto afectados directamente tras semanas de bloqueos. He ahí un verdadero riesgo. Se vislumbra el inicio de la erosión paulatina de la legitimidad de la protesta y se alejan las posibilidades de lograr los cambios esperados.

Finalmente, otra de las tragedias que se avecinan tiene que ver con la huella que dejarán las marchas en las elecciones de 2022. Cada día de paro alimenta tanto al uribismo como a la polarización. Se está reviviendo y fortaleciendo el sector político que los manifestantes de manera casi unánime consideran como el culpable de la actual crisis social y económica. Paradójicamente, le están dando oxígeno a ese rancio discurso de mano dura que muchos deploran. Paralelamente, se atiza el fuego entre la izquierda y la derecha, copando así todo el espacio político, mientras se anulan propuestas sensatas y responsables. Poco a poco se esfuman las alternativas que convocan a convergencias en vez de capitalizar las dolorosas fracturas sociales.

Lo peor que podría pasar es que el sistema de salud colapse, se difuminen las reclamaciones de los jóvenes, se politicen en un sentido negativo las protestas y se anule cualquier alternativa de diálogo de los sectores que se encuentran por fuera de los extremos. Esa tormenta perfecta de tragedias, que redundaría en el mantenimiento del 'statu quo' y, por ende, del estado de cosas inconstitucional frente a los derechos de la juventud, desafortunadamente puede estar en camino. El mensaje de los jóvenes ha sido escuchado por la ciudadanía y ha notificado que entramos en una era de cambio que transformará la matriz de oportunidades reales para la población más vulnerable. Es hora de que la próxima cita no sea en la calle, por lo menos mientras persista el pico más alto del contagio, sino en las urnas.

Ñapa: La coalición, llena de esperanzas

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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