Pagando los platos rotos

Pagando los platos rotos

Estamos, indirectamente, pagando los platos rotos del populismo dictatorial afianzado en Brasil.

18 de mayo 2020 , 05:44 p.m.

La situación en el Amazonas es crítica. Leticia ya se convirtió en la quinta ciudad con mayor número de infectados en el país. Con una tasa de contagiados que supera con creces la de Bogotá, se calcula que, en los próximos meses, como lo confiesa el propio ministro de Salud, 1 de cada 2 leticianos se enfermen de coronavirus. Pronto, esta olvidada capital llegará a los 1.100 casos y al medio centenar de muertos. Cifra notable si se tiene en cuenta que la población total en Leticia es de aproximadamente 30.000 habitantes.

Otros agravantes se suman a la ya crítica situación expuesta. No existe la capacidad hospitalaria necesaria para atender la pandemia. De hecho, aparte de las históricas deudas y escándalos de corrupción del único hospital de Leticia, el E.S.E. San Rafael no cuenta con camas de cuidados intensivos. Es decir, a causa de la falta de una infraestructura sanitaria mínimamente dotada, el riesgo de enfermarse y de morir en el Amazonas es mucho más elevado comparado con el promedio nacional.

Adicionalmente, tal y como lo clamaba el diputado Camilo Suárez, fallecido a causa del C-19 el pasado 8 de mayo, el peligro de que el virus ponga en riesgo la vida e integridad de las comunidades indígenas es latente. A la fecha, han sido pobres los esfuerzos por implementar modelos diferenciados de atención y prevención de la enfermedad para ellas. Como si lo anterior no fuera poco, la capital del departamento del Amazonas colinda con la ciudad de Tabatinga, de donde se estima provino el virus. No sería un problema si no fuera porque en Brasil, quien está tomando las decisiones es el ejemplo del populismo irresponsable que parece estar de moda por estos días.

El presidente Jair Bolsonaro ha manejado de manera deplorable la crisis del coronavirus. Su postura frente a la pandemia solo se compara con la adoptada por los mandatarios de Bielorrusia, Turkmenistán y Nicaragua, todos Estados de corte dictatorial. No han valido los llamados de los presidentes de Paraguay, Mario Abdo, y de Argentina, Alberto Fernández, para que se adopten medidas fronterizas más estrictas y así evitar la proliferación del mortal virus. Según ellos, Bolsonaro representa una gran amenaza regional. Y es que Brasil es de lejos el epicentro del virus en Latinoamérica. Con más de 11.500 muertes y 168.000 infectados, ha demostrado ser incapaz de atajar una enfermedad que posiciona al titán del sur en el sexto país más afectado a nivel global por el covid-19.

Mientras el irresponsable y fanático presidente de Brasil califica la pandemia como una “gripita” que hay que vencer “como hombres y no como niños”, en su país la forma como ha manejado esta crisis le está costando el apoyo del pueblo. La propia Janaina Paschoal, una importante líder política de São Pablo y quien fuera una de sus más afiebradas seguidoras, lo ha acusado de cometer delitos contra la salud pública. La popularidad de Bolsonaro, que ha llegado a un mínimo del 33 %, contrasta con la de su exministro de salud Luiz Henrique Mandetta, que bordea el 80 %, y quien ha rechazado el manejo que su propio presidente le ha dado a la crisis. Valga recordar que, en menos de un mes, la cartera de salud ha cambiado de mano tres veces. Ha sido tan desafiante la actitud del “mesiánico” megalómano que ha invitado a la gente a que se salude con abrazos y que retomen actividades sociales, como ir a sus templos de oración. Ante los llamados y advertencias de Mandetta, Bolsonaro le ha respondido que sus criticas solo reflejan una “falta de humanidad” y la ausencia de compromiso con la reactivación económica. Cosa que parece ser su única preocupación. Mientras eso pasa, en Brasil el virus ha cobrado, proporcionalmente más vidas que enfermedades como el cáncer de mama o el VIH.

Al pésimo manejo de la crisis desatada por el coronavirus, y como si esto no bastara, a Bolsonaro le vienen estallando otra serie de problemas. Su ministro de justicia, Sergio Moro, renunció después de que se supiera que los hijos del Presidente estarían detrás de estrategias digitales para desestabilizar el Estado. Eso, agregado al soterrado apoyo que el mandatario les ha venido dando a los grupos de ultraderecha que abogan por el cierre del Congreso y de la Corte Suprema.

Brasil está pasando por momentos verdaderamente turbulentos. A la crisis política que se venía cocinando hace meses se le añadió la catástrofe sanitaria del covid-19. Pero al margen de lo que ocurre en el país vecino, lo que no se puede dejar pasar por alto es que su irresponsabilidad y el desprecio por las soluciones científicas a la pandemia ya están pasando factura de cobro en Colombia. Estamos, indirectamente, pagando los platos rotos del populismo dictatorial afianzado en Brasil. Lo que pasa en Leticia es, en gran medida, también consecuencia del desdén de Bolsonaro hacia cualquier medida responsable para el manejo del virus. La política internacional de Colombia debe reaccionar frente al Gobierno de Brasil. Las conductas omisivas de los Estados pueden causar algo, nada distinto, del etnocidio de los pueblos indígenas de esa zona del país.

Ñapa: Mientras en Colombia siguen matando líderes sociales, amenazando a figuras políticas y perfilando a periodistas el Fiscal General ha pasado de agache.

Gabriel Cifuentes Ghidini
@gabocifuentes

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