¡Ni ‘chinitas’ ni a la venta!

¡Ni ‘chinitas’ ni a la venta!

La violencia contra la mujer, en todas sus formas, es una de las deudas más grandes de la humanidad.

31 de mayo 2020 , 01:07 a.m.

Repugnante espectáculo protagonizó el supuesto comediante Fabio Zuleta hace unos días al entrevistar a un palabrero wayú. Cobijado bajo esa sátira que raya en lo delictivo, preguntó en cuánto podía comprar a una ‘chinita’ de la Alta Guajira; si era cierto que tenían vello púbico y si se quedaban quietas mientras practicaban sexo. Concluyó de manera aún más indignante al insinuar que si la candidata fuera para él, la preferiría joven y la encerraría en su casa para que nadie se la robara. No es posible imaginar otra forma más gráfica en que la mujer pueda ser cosificada. Tras risas y ‘bromas’, se pone en evidencia que, para muchos hombres, la mujer sigue siendo un objeto fungible e intercambiable.

Esta clase de expresiones nada tienen que ver con la cultura. Tal y como lo señala la profesora de la Universidad de Nueva York Sally Engle Merry, con facilidad se le achacan a la cultura serias violaciones a los derechos humanos. Así, no solo se desconoce que su naturaleza es compleja y dinámica, sino que se escudan los argumentos de quienes pretenden justificar prácticas inaceptables. El problema es grave y sigue irresuelto. La violencia contra la mujer, en todas sus formas, sigue siendo una de las deudas más grandes de la humanidad. Esta se manifiesta a través de los abusos físicos, sexuales, psicológicos, económicos, verbales y patrimoniales, entre muchos otros.

Según las mismas cifras de ONU, el 35 por ciento de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia física o sexual. Solo en 2017 fueron asesinadas en el mundo, y según registros que están muy por debajo de la realidad, unas 87.000. Eso equivale a 137 al día. Como si fuera poco, se estima que actualmente más de 200 millones de jóvenes han sufrido de mutilación genital en 30 países y unos 15 millones de niñas han sido obligadas a tener relaciones sexuales no consensuadas. Es decir que han sido violadas. En los colegios, se calcula que 1 de cada 3 menores ha sido víctima de algún tipo de acoso.

Para no ir más lejos, en nuestro país, el drama que viven las mujeres a causa de la violencia sexual es innombrable. Medicina Legal ha reportado que al año, aproximadamente, se realizan 28.000 exámenes para determinar delitos relacionados con este comportamiento. De esos, el 37 por ciento se aplica a niñas y adolescentes. De igual forma, se señala que las denuncias de violencia sexual, de las cuales el 86 por ciento corresponde a mujeres, han aumentado de un año a otro —último registro del 2018— en un 10 por ciento. Es una cifra en extremo preocupante. Solo en Bogotá, según la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA) y la fundación Equipo Humanitario, se presentaron en el último año más de 10.000 casos, de los cuales 8 de cada 10 corresponden a niñas y adolescentes. Lo más preocupante, sin embargo, es que la mayoría quedan en la más grotesca impunidad judicial.

Si algo queda claro de la lamentable entrevista de Fabio Zuleta, la cual ha merecido el rechazo unánime de la opinión pública, es que en nuestro país aún se vive una realidad a la que pocas veces se le presta la necesaria atención. Inmersos en el machismo y en esa delgada línea entre lo comúnmente aceptado y lo absolutamente reprochable, se deja de lado que millones de mujeres en nuestro país siguen siendo diariamente víctimas de una violencia innombrable. Muchas de ellas sujetas a la inoperancia de las autoridades, otras tantas revictimizadas porque es en el seno de su propia familia donde ocurren estos hechos atroces. No logran salir de una pesadilla que cada día se cobra la vida, honra y dignidad de nuestras mujeres.

Urgen entonces no solo las voces de indignación. Se necesitan políticas públicas serias. Fortalecer la información, por ejemplo, permite, además de diagnosticar de manera más acertada esta tragedia, promover un modelo de comunicación que invite a denunciar a los abusadores y violentos. Para ello, también resulta indispensable fortalecer las capacidades de investigación judicial y mejorar los indicadores de efectividad en la sanción de esta clase de delitos. Finalmente, no se puede dejar de lado la importancia de la educación y la consolidación de valores ciudadanos que impidan cualquier manifestación de violencia y abuso contra las mujeres.

Entender el problema al que nos enfrentamos como sociedad va más allá de lo anecdótico. Implica reconocer que no todo lo que se catalogue como cultura es aceptable. Una cultura basada en la violencia, el abuso y la cosificación de la mujer no tiene cabida en el siglo XXI. Pero el tema no solo está en los palabreros wayús. La mayoría de las denuncias no se refieren a las prácticas de determinadas comunidades; atienden justamente el comportamiento social y aceptado del cual somos cómplices todos los días con nuestro lenguaje, costumbres y tradiciones.

Reducir y resolver el asunto con el justo linchamiento mediático de Fabio Zuleta solo muestra que aún no hemos sido capaces de dimensionar ese monstruo que victimiza a millones de mujeres.

Ñapa: ¿No sería mejor que el ministro Holmes Trujillo le invirtiera el mismo tiempo que le dedica a ver cómo modificar los acuerdos de paz a la protección de los líderes sociales y excombatientes?

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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