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Los últimos 211 años

Los últimos 211 años

En estos años se han repetido los mismos vicios que estaban presentes desde la independencia.

19 de julio 2021 , 12:40 a. m.

A pesar de que años antes se hubieran presentado algunos conatos revolucionarios, no es sino hasta el 20 de julio de 1810, con la instalación de la junta de gobierno de Santa Fe, que se proclamó nuestra independencia. La invasión de Napoleón a España y, en lo local, la debilidad del virrey Antonio Amar y Borbón facilitaron una increíble puesta en escena que sirvió como detonante para el estallido del grito independentista.

Con la excusa de la visita de Antonio Villavicencio, un grupo de criollos ilustrados envió a Luis de Rubio a la casa de José González Llorente para pedirle un florero que adornara la mesa del encumbrado invitado. Tras una respuesta hostil, algunos próceres enardecieron a las masas reunidas en el mercado que se montaba todos los viernes en la plaza principal de la capital. El acto llevaría ese día a la firma del acta de la revolución.

La insubordinación de Bogotá fue un hecho puramente simbólico. Sin embargo, la revuelta capitalina fue significativa, entre otras cosas, porque contaba con un importante antecedente: el memorial de agravios de Camilo Torres de 1809. Documento que describía el creciente descontento de la colonia y que serviría como combustible para que en breve tiempo muchas otras provincias siguieran el ejemplo de Bogotá.

Los cinco años siguientes al grito de independencia se conocerían como la mal llamada Patria Boba, puesto que esta fue época fértil en dar rienda suelta a la creatividad política y constitucional. Ninguna provincia, sin embargo, aceptaba la sumisión al gobierno de la capital del virreinato. Hubo un absurdo derramamiento de sangre entre las mismas comunidades emancipadas. Realistas contra patriotas, centralistas contra federalistas, cartageneros contra momposinos, santafereños contra pastusos. Un incomprensible devenir de conflictos producto de la inmadurez institucional y de las enormes fracturas entre las provincias. La conflagración civil, que se extendió hasta 1814, debilitó a las antiguas colonias ante la inminente reconquista del general Pablo Morillo en 1815.

Pero más allá de las anécdotas históricas que año tras año se recuerdan cuando se aproxima el 20 de julio, lo cierto es que en estos 211 años se repiten cíclicamente los mismos vicios que estaban presentes ya desde el momento de nuestra independencia. No mucho ha cambiado en lo estructural, únicamente en lo cosmético. Lo primero que hay que señalar es que el origen de la revolución, que sin lugar a dudas representa un quiebre en la historia patria, es el reflejo del interés de las élites por mantener sus privilegios y aumentar su participación en el poder. Los próceres de la independencia eran en su mayoría letrados criollos de familias adineradas. Pocas excepciones, como el general Páez, provenían de cuna humilde.

Mucho costó convencer a los afrocolombianos e indígenas del sueño independentista. El cambio no representaba ninguna transformación de fondo en las relaciones de poder, excepto la sucesión del amo en el vértice. Sí hubo una independencia de la corona española, pero siguieron manteniéndose estructuras sociales y económicas altamente inequitativas. Desigualdad, distancias y asimetrías extremas han sido el suelo y el subsuelo, desde nuestra infancia republicana. Eso explica bien lo que se construyó y las grietas del ‘edificio Colombia’.

Y es justamente frente a este último punto que vale subrayar un segundo dato. Desde hace 211 años vivimos una secuencia de conflictos y de violencia que radica en las múltiples y sobrepuestas maneras de segregación y exclusión. La guerra, con diferentes intensidades e intermitencias, se transforma, pero no cesa. Pasamos de las guerras de los Supremos, a la guerra con nuestros vecinos, a las guerras partidistas, campesinas, guerrilleras, paramilitares y mafiosas, rurales y urbanas. Pasamos de los encomenderos a los hacendados, presidentes de provincia, gamonales, ‘caciques’ y políticos tradicionales. Y mientras tanto, los que siempre se han visto perjudicados por el conflicto son esos mismos a quienes cada estructura, casta o grupo dominante ha mantenido apartados por enormes brechas sociales, políticas y económicas.

Ese dicho de que la guerra la pelean los pobres y los hijos de otros, más allá de un simple eufemismo, encierra una verdad innegable. En 211 años como nación no hemos logrado atender las verdaderas causas del malestar social y los muertos que se siguen poniendo son meros instrumentos del interés de unos cuantos dueños absolutos de la cancha.

Es así que cuando pensemos en una independencia, estamos obligados a pensar en una real emancipación, y no de alguien, sino de algo. De la inequidad, de la falta de acceso a la tierra y a las oportunidades, de la exclusión económica y política, de la falta de justicia social. La emancipación de las condiciones indignas de vida y de un sistema que año tras año, al conmemorarse el 20 de julio, nos recuerda que millones de colombianos siguen aún siendo esclavos, pero de otro tipo de cadenas. Desde hace 211 años, nadie nos supera en lanzar gritos de independencia y formular las más bellas y conmovedoras constituciones. Hay que pasar de la semántica a la pragmática. Las oraciones gramaticales constitucionales perfectas son una burla a la justicia que reclama el pueblo colombiano si no se avanza de manera sostenible y constante en su progresiva realización.

Ñapa: mucho precandidato presidencial buscando visibilidad y hacer campaña gratis al Senado.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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