Infierno

Tuvimos que ver las llamas en Tasajera para que se activara el sentido de responsabilidad pública.

12 de julio 2020 , 01:27 a. m.

Después de varios minutos aún se oían los agonizantes gritos de quienes quedaron atrapados por las llamas de un camión cisterna. Buscaban extraer desesperadamente unas cuantas pimpinas. Un par de ellas les podrían representar lo suficiente para alimentar a sus familias por una semana. De muchos solo quedó el rastro de irreconocibles cuerpos calcinados. Una escena dantesca; la representación gráfica del infierno. Y no solo por el incesante fuego, sino por las condiciones de vida indignas de un pueblo olvidado.

No es la primera vez que los habitantes de Tasajera saquean un vehículo siniestrado. Se ha convertido en una práctica conocida en la troncal del Caribe, una de las más importantes del país. Quizás esto haya motivado a que miles de personas reaccionaran en redes reprochando el hurto antes que compadecerse por la pérdida de vidas humanas.

Tal vez, para los que vilmente han calificado el hecho como el resultado de la acción criminal de unos “ladrones” que, presa del “facilismo” y la “indisciplina social”, recibieron “su merecido”, les cabe un recordatorio. Tasajera es un corregimiento del municipio de Puebloviejo. Quienes han recorrido la vía que conduce de Santa Marta a Barranquilla sabrán que aquel lugar es donde se alzan palafitos sobre la basura; a la vista de todos, niños, mujeres y hombres habitan en medio de sus propios desechos. Y esto no lo dicen unos cuantos ‘mamertos’ adeptos a los conceptos de la justicia social como un mantra del castrochavismo. Lo dicen las mismas cifras oficiales.

Según el Departamento Nacional de Planeación, Puebloviejo tiene las tasas más bajas de cobertura escolar del Magdalena; una informalidad laboral del 97 %; una nula, es decir, igual a cero, penetración de banda ancha; la cobertura del alcantarillado es de apenas el 1,8 % y un ingreso per cápita inferior a la mitad del promedio nacional. Dicho municipio vive casi que exclusivamente de los exiguos recursos de la nación, de la pesca y del cultivo de palma. Como si fuera poco, presenta el peor índice de gestión fiscal del Magdalena; a la falta de capacidad administrativa, se le suma el riesgo de corrupción de funcionarios que por migajas se venden cada cuatro años.

Los habitantes de ese caserío, que ni siquiera cuenta con el acceso a servicios públicos, literalmente se mueren de hambre. El rubro de alimentación escolar es el 1 % del ya escaso presupuesto de Puebloviejo. Tres de cada 10 personas no tienen vivienda, y aunque el 60 % del presupuesto se destina a la salud, no tienen hospital o centro de salud. ¡Ah! Y para los que tildan a sus habitantes de criminales y facinerosos, es necesario precisar que Puebloviejo cuenta con una de las tasas de homicidios, hurtos y violencia intrafamiliar más bajas del departamento. Ergo, no es un poblado lleno de viles y pérfidos delincuentes. Es una ciudadanía olvidada y desesperada por sobrevivir.

Lo que pasó en Tasajera es una tragedia social, pero también una catástrofe ecológica. Además de la indiferencia pública, Puebloviejo ha sido víctima de un ecocidio que marcó el declive de sus finanzas y la esperanza de prosperidad. En los años setenta se llegaron a exportar más de 20.000 toneladas de pescado. Arraigados en métodos de pesca tradicionales, los humildes habitantes acariciaban el sueño de una digna subsistencia. Con la construcción de la troncal del Caribe, la cual atravesó la ciénaga y acabó con el ecosistema de manglares, la producción piscícola cayó en más de un 90 %. De lo que fuera un santuario ecológico y cultural, hoy solo quedan algunos vestigios de la rica fauna y flora regional.

En situaciones como esta quedan en evidencia esas dos Colombias: una de ellas siempre de espaldas a la otra y presta para descalificarla de manera simplista, descargando en un lenguaje enfermo y violento toda su insensibilidad e ignorancia. Se ha perdido cualquier rezago de empatía social, llegando al punto de confundir víctimas con victimarios.

De nada vale que senadores y encumbrados políticos salgan ahora a vociferar y a denunciar. Se tuvo que esperar a que fuéramos testigos del infierno que se vivió en medio de las llamas de Tasajera para que se activara su sentido de responsabilidad pública. Lamentable que después de haber gozado años en cómodas curules, solo hasta ahora recuerden ese pueblo, que, además, los sentó en el Capitolio. Pero también amerita repudio la violencia de la palabra de una sociedad enferma que no reconoce en el otro la miseria y la necesidad. Ese infierno de vida no se resuelve, como pregonaba Jorge Zalamea en ‘El sueño de las escalinatas’, “desatando un gran incendio”, pues ya lo es, sino apagándolo. Y lo que sigue creciendo ante esta vasta audiencia de sujetos vulnerables es una agenda de justicia social de verdad efectiva y cada día más impostergable.

Ñapa: La desobediencia civil y la resistencia civil no son sino dos caras de la misma moneda, así como sus protagonistas. Ellos han mostrado su verdadero talante. Le confirman a Colombia cada día los temores que despiertan. Y todo por ser tendencia.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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