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Me voy con la satisfacción de haber escrito cada columna con rigor y franqueza.

31 de octubre 2021 , 09:23 p. m.

Después de más dos años, esta será, espero que solo por ahora, mi última columna. En días pasados anuncié mi intención de lanzarme a la Cámara de Representantes por Bogotá. Considero ético con EL TIEMPO y con sus lectores separarme de este maravilloso oficio que exige una enorme responsabilidad y que debe estar alejado de cualquier sombra de interés particular.

Quiero agradecerle al periódico por haberme permitido expresar mis ideas y dejar sentadas mis posiciones todos los domingos. Fue un honor y un privilegio. EL TIEMPO ha sido, y sigue siendo, una institución fundamental para la democracia, el debate público y para la sociedad en su conjunto. La historia del siglo XX de Colombia se ha narrado a través de sus portadas, y su influencia en la opinión pública es innegable. Este medio, que tuvo que soportar las embestidas de la censura oficial durante la época de Rojas Pinilla y fue víctima de las amenazas de la violencia del narcotráfico, nunca perdió de vista su trascendental rol en la construcción de una democracia plural y participativa.

En estas páginas he podido plasmar las más duras críticas contra el actual gobierno y su bancada parlamentaria sin que nunca se me haya vetado. Mi férreo convencimiento de que la paz es el único camino para la construcción de un futuro próspero en Colombia me ha llevado a cuestionar los tímidos esfuerzos de la administración Duque en materia de implementación de los acuerdos de La Habana, así como el insuficiente cuidado que ha tenido con el incremento de la violencia y de la inseguridad. No he escatimado objeciones frente a la equivocada política de drogas o a la necesidad de poner en marcha estrategias reales y efectivas para la protección del medioambiente. He insistido en la urgencia de una reforma de la Policía y de la justicia, así como en la imperiosa tarea de combatir frontalmente la corrupción. Lamenté y sigo lamentando la incapacidad del Gobierno de responderles a los habitantes de San Andrés y Providencia que aún hoy, en miles, siguen viviendo en carpas sin tener una solución real a la tragedia ocurrida en noviembre de 2020.

Me voy con la satisfacción de haber escrito cada columna con rigor y franqueza. Sin abandonar las licencias de quien opina, busqué siempre imprimirles una dosis de objetividad a mis posiciones. No creo que la democracia se nutra aplanando las diferencias; por el contrario, considero que se alimenta con la posibilidad de discutir ideas diferentes en el marco del respeto y la tolerancia. Ser vehemente no equivale a ser excluyente; pensar distinto promueve el diálogo y la búsqueda colectiva de consensos más enriquecidos y profundos. Y es justamente eso lo que más valoro de esta inolvidable experiencia como columnista de EL TIEMPO. Mis posiciones pocas veces coincidieron con las de mis colegas dominicales y, sin embargo, ahí estaban; contrastando puntos de vista muchas veces sobre un mismo tema.

Es un privilegio sentarse cada semana para tomarse el tiempo de pensar en el país, en los problemas y en sus salidas. Ahora espero que a partir del 2022 esa misma tarea la pueda llevar a cabo desde el Congreso de la República. Creo que, si bien son oficios totalmente distintos, en ambos nos debe convocar el genuino compromiso con el futuro de nuestro país. Tanto la política como el periodismo coinciden en ese mismo llamado a ser parte de una fuerza transformadora que nos permita madurar como sociedad y abandonar los múltiples vicios que hemos heredado durante décadas.

Creo en la paz y en la sacralidad de la vida. Ese ha sido el hilo conductor de todas mis columnas y es la única consigna vital en la que verdaderamente creo. Como joven, no veo otro futuro posible para Colombia que no tenga que ver con el real y sincero compromiso por la reconciliación nacional. Es hora de cerrar el largo capítulo de la violencia y abrazar un mañana sin desigualdades, sin violencia, sin corrupción y sin desesperanza. Eso es lo que me motiva a dar este salto.

Los colombianos han ido perdiendo la confianza en el Estado y sus instituciones. Y tienen toda la razón. Hemos sido testigos de una profunda degradación política y social que en gran medida le debe ser facturada a una clase política irresponsable, clientelista y que opera generalmente para favorecer sus propios intereses. Esa misma clase política ha carecido de la sensibilidad social que se necesita en un país altamente inequitativo y con una enorme deuda con las poblaciones más vulnerables.

Le agradezco a EL TIEMPO porque ese llamado cívico que me impulsa a entrar en la arena política se lo debo en parte a la enorme carga reflexiva que exige escribir cada columna. Es un ejercicio de razón pública que se lleva a cabo con los lectores y que imperceptiblemente —ha sido mi caso— nos interpela e invita a convertirnos en agentes del cambio. ¡Gracias!

Ñapa: Indelicadas, por decir lo menos, las declaraciones del registrador nacional. Decir que quien advierte no tener garantías no debería participar en los comicios electorales es antidemocrático y contrario a la función que le otorga la Constitución.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

(Lea todas las columnas de Gabriel Cifuentes Ghidini en EL TIEMPO aquí).

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