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Feudalismo criollo

Feudalismo criollo

Creer que se pueda heredar gratuitamente una presidencia choca contra los principios democráticos.

Colombia ha sido desde sus albores una república profundamente presidencialista. La figura del jefe de Estado es central tanto en lo político como en lo administrativo. Muchos de los ocupantes del solio de Nariño han merecido un lugar especial en la historia, otros han pasado desapercibidos. Sin embargo, todos los presidentes de los últimos 100 años, a excepción quizás de Iván Duque, llegaron a tal dignidad después de una trayectoria política significativa.

Aún después de padecer el amargo costo que significó elegir a una persona cuyo principal mérito fue ser el ungido por el expresidente Uribe, estamos a punto de cometer el mismo error en 2022. De manera soterrada y calculada se ha venido ambientando la posibilidad de que Tomás Uribe pueda ser el remplazo de Duque. Poco a poco, esta débil democracia presidencialista arriesga con hacer tránsito a una versión distópica de un anacrónico feudalismo, donde el poder y el destino de los colombianos se heredan entre la clase política tradicional.

Tomás, además de ser un joven empresario, se ha caracterizado por ser muy vocal en ciertos temas de la agenda nacional. Sería injusto decir que su fortuna se debe exclusivamente a las ventajas que se derivan de ser hijo del expresidente más poderoso que ha tenido nuestro país en las últimas décadas. Así mismo, sería igualmente injusto que su juventud e inexperiencia política fueran razón suficiente para negarle el derecho de aspirar a un cargo de elección popular.

Pero no por ser hábil y afortunado en los negocios y portar el apellido de su padre automáticamente lo convierte en una opción para dirigir un país tan atribulado. Varias son las cosas que preocupan de cara a su eventual candidatura. Lo primero y más evidente es esa creencia casi obsesiva del expresidente Uribe de que puede reciclar el poder una y otra vez endosando su capital político como si se tratara de un título de propiedad. Esa visión de lo público, por lo demás enquistada en muchas regiones de nuestro país, es nefasta para la democracia. Convierte desafortunadamente al electorado en un bien transable y heredable.

Lo segundo que inquieta es que la candidatura de su primogénito, además de pretender entronizar una desgastada visión de país, busca garantizar el control de todas las ramas del poder público, sin solución de continuidad. Otros cuatro años de una presidencia en cuerpo ajeno significarían contar con las mayorías en la Corte Constitucional, la Fiscalía y tener una incidencia enorme en la elección del Contralor, Procurador, Defensor del Pueblo y directivos del Banco de la República. Algo muy conveniente si se piensa que actualmente Álvaro Uribe está siendo objeto de múltiples investigaciones por graves delitos. A eso se le suma un Congreso que al parecer ha demostrado ser susceptible a la dulce mermelada; esa misma que se ha repartido generosamente durante el gobierno que ayudó a elegir.

Finalmente, independiente de que pueda tener escasas posibilidades de éxito su candidatura, debería prender todas las alarmas la falta de experiencia de Tomás en los asuntos de Estado. Más allá de algunos eufemismos y de escuetas propuestas que publica en redes sociales, carece de las capacidades que se necesitan para conducir a Colombia. Solo por poner un ejemplo, sugirió recientemente en una entrevista que los testimonios de los excombatientes en el marco de la jurisdicción de paz deberían tramitarse vía formularios por correo electrónico. Eso no solo demuestra un profundo desconocimiento de cómo opera la justicia, sino que da cuenta de la poca importancia que le daría a un tema tan central como el reconocimiento del derecho a la verdad para los más de nueve millones de víctimas. Lo anterior sumado a otras propuestas de corte populista y sin fundamento técnico como la de reducir el presupuesto de la JEP para alimentar a más de quinientos mil niños.

Colombia no se reduce a las tablas de Excel a las que está acostumbrado Tomás. No es tampoco una finca que se hereda y que se administra a conveniencia de los intereses económicos, políticos y judiciales de una familia. Ni Colombia es un feudo ni sus ciudadanos, sus vasallos. Somos un país que atraviesa enormes retos y que requiere responsabilidad, compromiso y experiencia para solventarlos. Jugar a hacer política no solo es muestra de un enorme desprecio por la democracia, sino un acto de profunda mezquindad frente a la ciudadanía.

Creer que alguien pueda heredar gratuitamente una presidencia choca contra todos los principios de la democracia. Más aún cuando, a pesar de ello, quien pretende percibir el poder no cuenta con la experiencia, el conocimiento y la trayectoria necesaria para hacerlo. Así esta candidatura haga soñar a algunos que a toda costa quieren seguir controlando lo que para ellos es un feudo escriturado a sus intereses, solo plantearla ya revela la equivocada e indigna suposición de quienes la proponen. Para ellos, los ciudadanos somos vasallos del caudillo y lo que él diga será. Si prospera el proyecto político de Tomás, en nuestro país se impondrá una suerte de feudalismo criollo, puro y duro. Me niego a aceptar esa pesadilla.

Ñapa: Curiosa una austeridad radical que no menciona ni la reforma tributaria ni la compra de aviones por más 4.500 millones de dólares.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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