El día después

El día después

La solidaridad, la responsabilidad y el respeto deben ser las reglas de convivencia y supervivencia.

23 de marzo 2020 , 12:32 a.m.

Podrá ser dentro de un mes o varios, pero si algo es seguro, es que la crisis por la que estamos atravesando como consecuencia de la pandemia del coronavirus pasará. Ya sea porque se encuentre una vacuna o porque las medidas de contención adoptadas globalmente resulten efectivas. Aun así, el éxito de las políticas que se están implementando, desafortunadamente, se mide en número de muertos. Una métrica macabra, quizás, pero que invita a reflexionar sobre la gravedad de la realidad que enfrentamos.

Tampoco cabe duda, por más de que algunos economistas digan lo contrario, que el mundo entrará en recesión. Si es cierto que esta pandemia acaba de empezar y que su crecimiento es algebraicamente exponencial, seguirán los cierres de fronteras y de establecimientos comerciales y el congelamiento de la actividad productiva.

Nuestra ya magullada economía, que solo sabe exportar petróleo, se verá golpeada por unos precios del crudo históricamente bajos. El turismo, que parecía ser una de las pocas esperanzas, tardará en recuperarse; incluso el día después de superada la pandemia, difícilmente veremos el mismo flujo de viajeros. Ni qué decir de la economía informal, dueña y señora del 48 por ciento de nuestro mercado. Ellos, los trabajadores informales, están a la deriva. Son los que más sufren por cualquier alteración del orden transaccional; no están asegurados ni por un contrato, ni por una pensión ni por ningún tipo de cesantías; no en vano, su fortaleza y su tragedia es ser náufragos a perpetuidad.

Finalmente, será difícil predecir qué pasará con el dólar. Encarecemos a diario nuestra deuda ante la pávida mirada de la banca central, y esa promesa exportadora que se han venido peloteando los gobiernos durante décadas, parece ser un cuento de hadas; nuevamente perdimos la oportunidad de sacarle provecho a un dólar exorbitado.

El día después, sin embargo, deberá ser objeto no solo de celebración por la superación de la peor crisis sanitaria desde la gripa española en 1918. Más allá de juzgar como suficientes o insuficientes las medidas adoptadas por el Gobierno; o el contraste en el liderazgo, tono y determinación entre Claudia López y Duque, tendremos que reflexionar sobre un punto más trascendental aún: cómo nos hemos comportado como ciudadanos durante estos tiempos turbulentos. La ciudadanía, no entendida como ese agregado de individuos, sino como el conjunto de valores seculares realmente compartidos que determinan la personalidad de una nación, también está siendo puesta a prueba.

No se equivocan el presidente ni la alcaldesa en advertir que cualquier medida que se tome será insuficiente si los colombianos no actuamos de manera responsable. Podrán adoptar las soluciones de aislamiento social, el cierre de fronteras, el fomento del teletrabajo y todas las ayudas, subsidios y alivios económicos que se les ocurra (siempre dentro de nuestro estrecho margen fiscal), pero la solución más próxima está en las manos y en el comportamiento de cada uno de nosotros.

Habrá quienes se opongan a las medidas por considerarlas exageradas, o porque resultan demasiado onerosas; otros, supeditados a patronos insensibles, simplemente estarán obligados a asumir diariamente el riesgo de convertirse en vectores y víctimas de la pandemia. Pero hoy, tal vez como nunca antes, Colombia nos necesita a todos. La solidaridad, la empatía, la responsabilidad y el respeto deben convertirse en reglas de convivencia y supervivencia.

El mundo está en crisis. Países más ricos y mejor dotados que el nuestro están padeciendo los estragos de una enfermedad que, dicho por el mismo presidente de Francia, Emmanuel Macron, no ha tenido empacho en declarar la guerra a la humanidad, o peor aún, a la civilidad. En estos momentos es cuando el destino impone pruebas para sacar y demostrar la casta de las naciones.

En Europa cantan desde los balcones, ondean sus banderas mientras entonan el himno de sus naciones al paso que acatan y respetan las restricciones impuestas por sus gobiernos. Acá todavía no es claro cuál será la reacción colectiva, máxime cuando no estemos hablando de 200 casos, como al cierre de esta columna, sino de 2.000, 20.000, 200.000…

Es inevitable en estos momentos abordar el tema del covid-19. Muchos lo han hecho desde lo económico, lo jurídico, lo médico e incluso desde lo político. Pero hoy se necesita mirar el problema comenzando por su componente humano y de moralidad pública. Colombia está llamada a responder no solo mediante sus instituciones, sino a través de su gente. ¿Estaremos preparados para este reto?

Ojalá que el día después del coronavirus y, a pesar de tener que llorar a nuestros muertos, recuperar la maltrecha economía y volver a una rutina que por la cuarentena parece ya ser esquiva, podamos sentirnos orgullosos de cómo pudimos reaccionar como pueblo, como sociedad y como nación. Esa será la verdadera forma de juzgar el balance del ‘día después’.

Ñapa: Lamentable la politización de algunos líderes de esta catástrofe sanitaria. Desde la barrera de las redes y pensando únicamente en réditos políticos no se cansan de disparar trinos sin fundamento. Ellos contrastan con los verdaderos héroes; debemos agradecerle con admiración y profundo respeto al personal médico y de atención hospitalaria de los diferentes países que día a día, desde la trinchera, le están poniendo el pecho a esta crisis.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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