Colombia, potencia mundial

Colombia, potencia mundial

Nuestra ventaja competitiva no está en el petróleo o el carbón. Está en nuestros bosques.

26 de julio 2020 , 02:00 a.m.

Los efectos que ha tenido la pandemia sobre la economía mundial son considerables. Quizás han resultado aún más devastadores en los países en vías de desarrollo como el nuestro. Se estima que América Latina será la región más afectada por el covid-19 bajo todo punto de vista.

En efecto, Latinoamérica le aporta actualmente el segundo mayor número de muertes diarias al planeta como consecuencia de la pandemia. Como si eso no bastara, el Fondo Monetario Internacional calcula que la economía regional se podrá contraer hasta en un 9,4 %, cifra muy superior al promedio del 3 % que se prevé para los países emergentes alrededor del mundo. Son numerosas las razones por las cuales la crisis económica ha golpeado más fuerte a los países de América Latina y el Caribe. Sin lugar a dudas, la debilidad del Estado, la corrupción asfixiante, la baja tributación efectiva, la escasa diversidad del espectro productivo, la anémica creatividad y pobre investigación científica, la distancia sideral respecto al dominio de tecnologías modernas, entre otros factores. Así mismo, las brechas sociales, amplificadas de manera incalculable por las altas tasas de informalidad, han desnudado las profundas fallas estructurales de nuestro modelo político y económico.

Sin embargo, un factor determinante que tiene incidencia en todos los demás es la nociva dependencia de nuestra economía de la extracción de hidrocarburos y minerales. Somos un país que, lejos de cumplir el sueño de la diversificación y sofisticación industrial, se acostumbró a vivir de unas regalías que en gran medida terminan satisfaciendo el insaciable apetito de las estructuras políticas. No se quiere con esto satanizar, ni mucho menos, un sector que le ha aportado al país importantes recursos. Pero esa dependencia, que el Centro de Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard calcula en un 48 % de nuestra economía, nos ha atado de manos e impedido pensar en una apuesta mucho más ambiciosa. Hemos perdido de vista nuestra verdadera vocación.

Colombia puede llegar a ser una potencia mundial. Nuestro país está en condiciones de dar un verdadero salto al siglo XXI, dejar ese complejo de sumisión colonial y transformarse en la primera nación verde del planeta. Somos el segundo país más biodiverso del mundo y contamos con una de las mayores reservas de agua dulce del hemisferio. Ese bien precioso será más apetecido que el petróleo en 2050. Más que una economía naranja o una economía negra, necesitamos impulsar una economía y una cultura verdes. Una que se construya sobre la base de la sostenibilidad social y ambiental, y el respeto por nuestros recursos naturales.

Muchos son los escépticos frente a esta clase de discursos. Los tildan de ambientalistas extremos y los terminan ideologizando. Nada más alejado de la realidad y del sentido

común. El Foro Económico Mundial publicó recientemente un informe en el que se señalan las enormes ventajas en términos de crecimiento económico y generación de empleo derivados de los proyectos sostenibles. Se estima, por ejemplo, que, a nivel global, la agricultura responsable y la infraestructura ecológica puedan llegar a crear más de 395 millones de trabajos nuevos y fomentar oportunidades de negocios de hasta 3,3 trillones de dólares.

Nuestro país está en mora de entender que nuestra ventaja competitiva no está en el petróleo o el carbón. Está en nuestros bosques, páramos, selvas, mares, ríos y costas y, por encima de todo, en las mentes preparadas y educadas de una población que sepa valorarlos. Una economía verde, hacia adentro y hacia afuera, no solo es una salvaguarda para la vida de las futuras generaciones, sino un negocio y un quehacer humano con enormes oportunidades de crecimiento. El mundo pospandemia seguramente será portador de un cambio de eje gravitacional. Energías limpias, alta tecnología y economía sostenible. Colombia, aquí y ahora, tiene la única oportunidad de liberarse de su mediocridad y aspirar, por primera vez, a formar parte de las grandes ligas a nivel mundial. Este camino verde, constitucionalmente ya lo iniciaron los colombianos en 1991 al adoptar la Constitución más verde del planeta. El punto ahora es aplicarla. Hasta la propiedad en Colombia tiene una función ecológica. Incluso, por mandato constitucional expreso, la economía, o es ambientalmente sostenible, o es inconstitucional. ¿Qué nos falta para dar ese paso?

Si algo nos ha enseñado esta pandemia, es la posibilidad y la necesidad imperiosa de adoptar grandes cambios en tiempos breves. Por eso, más que recuperar la economía, nos la tenemos que reinventar. Soñar con una Colombia que sea potencia mundial, ejemplo para otras naciones y punta de lanza del siguiente paso de la evolución humana ya no es una aspiración imposible.

Ñapa: Apoyé y apoyo firmemente el proceso de paz. Pero ese sacrificio que tuvo que pagar la sociedad viene con una clara y única contraprestación. Decir la verdad, responder ante la justicia y reparar a las víctimas. Rechazo las declaraciones de la senadora Sandra Ramírez al señalar que la guerrilla no reclutó menores ni incurrió en delitos sexuales. La reconciliación parte por honrar la verdad.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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