Colombia: el otro epicentro

Colombia: el otro epicentro

Acá no solo se albergó el coronavirus. Vienen haciendo metástasis la violencia y la corrupción.

30 de marzo 2020 , 07:56 p.m.

Estados Unidos ya es el nuevo epicentro del coronavirus. Sus casos superan los de Europa, con consecuencias aún inciertas en términos de vidas. En el mundo y en Colombia no se habla de otra cosa que no sea del coronavirus. La agenda global se ha paralizado y, por un momento, se han relegado al olvido todos los demás problemas. Mientras eso pasa, en nuestro país no cesa el asesinato de líderes sociales. Tampoco se avanza en las investigaciones por las escandalosas denuncias de fraude electoral que, en una coyuntura distinta, podrían haber provocado el colapso del sistema democrático.

La covid-19 es una amenaza sin precedentes. Eso nadie lo puede negar. Ha llegado para quedarse y para cambiar las costumbres sociales de una manera que aún no se logra dimensionar. También representa un quiebre definitivo que nos debe obligar a reflexionar sobre la crisis de los modelos económicos de los países en desarrollo, basados principalmente en la informalidad y la dependencia en las materias primas. Igualmente se ha puesto en evidencia la ausencia de liderazgos fuertes y preparados para gestionar crisis como la que se vive hoy en día. Amaneceremos en un mundo quizás más consciente de la huella ambiental que estamos dejando, de los avances de la tecnología y del inevitable comienzo de la era del control digital, como acertadamente lo señala Yuval Noah Harari en su más reciente ensayo.

Pero como colombianos, olvidamos que nuestro país es epicentro de otra serie de males. Somos víctimas de una violencia sin nombre, de la ineficiencia absoluta del sistema de justicia y de una corrupción rampante que se alimenta de las economías ilegales. El pasado 23 de marzo, el periódico 'The Guardian' publicó una noticia que pasó desapercibida. Desde que se decretaron las medidas de aislamiento preventivo han asesinado a tres líderes defensores de derechos humanos. Marco Rivadeneira, en Putumayo; Ángel Quintero, en Antioquia, e Ivo Bracamonte en la frontera con Venezuela. Es una tenebrosa cacería que no ha cesado.

La Defensoría del Pueblo, en los últimos años, ha emitido más de 160 alertas tempranas advirtiendo los riesgos que corren las comunidades afectadas por la violencia heredada de las disidencias guerrilleras y de los grupos paramilitares. En ese mismo sentido, la Procuraduría señala que en más del 89 % de las investigaciones por el homicidio de líderes sociales no hay avances concretos. En otras palabras, estamos llegando a niveles casi absolutos de impunidad frente a dichos delitos. Según las cifras de los órganos de control, entre la firma de los acuerdos de paz en 2016 y febrero del 2020 han sido asesinados 588 líderes. La misma Defensoría indica que esta tendencia criminal se ha mantenido durante los últimos años. No han sido eficaces las medidas de prevención y protección adelantadas por el Gobierno. Incluso, el pico más alto de homicidios registrados se reportó durante la segunda vuelta presidencial del 2018, lo cual confirmaría que detrás de la masacre diaria de dichos ciudadanos no solo hay intereses económicos sino también políticos.

Lo que se vive en la ruralidad colombiana y en muchos municipios olvidados de nuestro país es sintomático de una violencia que no ha cesado y de la desidia del Gobierno por atender el llamado humanitario a que se detenga este derramamiento de sangre; pero también de la incapacidad del sistema de justicia para investigar y castigar estos hechos.

Pero la justicia no solo es ineficiente investigando los homicidios sistemáticos de los defensores de derechos humanos. Nada se ha vuelto a saber sobre las escalofriantes grabaciones que desataron la ‘Ñeñepolítica’ o el paradero de ‘Cayita’ Daza, otro miembro del selecto grupo de los “buenos muchachos”. Mientras más tiempo pase y mientras más se distraiga a la opinión pública de los otros, y también importantes problemas en Colombia, más fácil será sepultar dichos procesos y dejar sin ningún tipo de responsabilidad política y jurídica a sus protagonistas.

Puede que no seamos el epicentro de la covid-19, pero lo somos de muchos otros males. Acá no solo se albergó el coronavirus. Vienen haciendo metástasis la violencia y la corrupción. Ojalá que ese llamado a la unión que claman diariamente nuestros líderes para superar la crisis sanitaria también lo hicieran para frenar las masacres y la corrupción. Ojalá que esa invitación a escandalizarnos por la falta de solidaridad de la cual muchos ciudadanos hacen gala cuando incumplen la cuarentena, se elevara también cada vez que una familia debe enterrar a sus seres queridos, muchos de ellos acallados por las balas criminales de las disidencias y de los grupos paramilitares. Ojalá que la pandemia del coronavirus no nos haga olvidar que, en Colombia, la violencia, la corrupción y la ineficiencia de la justicia generan más muertes que el mismo virus que tiene consternado al mundo entero.

Ñapa: Celebro la instalación virtual de las sesiones del Congreso. Hubiera sido muy mala señal suspender sus actividades en el momento más crítico que atraviesa el país. Ojalá que el coronavirus no infecte la capacidad de hacer debates de control político, debatir y legislar en tiempos de crisis.

Gabriel Cifuentes Ghidini

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