Biopolítica y la muerte de la libertad

Biopolítica y la muerte de la libertad

Lo que está en juego cuando se renuncia al modelo liberal, es en últimas, la libertad del individuo.

08 de junio 2020 , 12:23 a.m.

Byung-Chul Han, filósofo destacado por sus importantes interpretaciones de Foucault y Marx, en los últimos meses ha ilustrado a sus seguidores con una lectura algo pesimista de lo que vendrá para la humanidad después de la enfermedad. Su principal conclusión es que seremos testigos de un viraje político y cultural hacia China y, peor aún, a los modelos autocráticos de gobierno.

La tesis del coreano se compone fundamentalmente de 9 puntos; sin embargo, dos de ellos llaman poderosamente la atención. El primero se refiere a algo que ya había sido desarrollado ampliamente por Foucault y recientemente retomado por Noval Harari y que tiene que ver con el auge de la biopolítica, a propósito de la extensa e intensa utilización de la información personal, así como la sistematización y manipulación de las preferencias de los ciudadanos con fines políticos. Byung-Chul Han explica de qué manera los individuos, convencidos de sus derechos, cuyo ejercicio, según él, es uno de los engaños más grandes del capitalismo neoliberal, han cedido a cualquier atisbo de libertad. El autor sostiene que hoy en día las personas, sin darse cuenta, están más sometidas al Estado que nunca. Se trata, agrego desde acá, de una simple escala de sujeción, pues el Estado a su turno responde a poderes e intereses superiores que lo determinan e instrumentalizan.

El segundo punto dentro de las importantes reflexiones del filósofo es que la pandemia está demostrando un inevitable cambio de era. El virus no solo ha puesto en crisis aquellos países con altos grados de desigualdad y pobres niveles de inversión social. En efecto, los países ricos también sufren los estragos del covid-19. Piénsese no más en Estados Unidos.

Sin embargo, lo que resulta verdaderamente preocupante es que ha quedado en evidencia la crisis del sistema democrático en su conjunto. China ha logrado salir adelante relativamente bien de la pandemia, porque en el cálculo de sus políticas no debe factorizar y garantizar los derechos fundamentales de los ciudadanos, como, por ejemplo, sus datos personales, su movilidad o incluso su libertad. Los presupuestos occidentales del Estado de derecho simplemente se esfuman ante un gobierno que de manera rápida y ágil ha sido capaz de resolver la crisis.

Entonces, lo que está en juego cuando se renuncia al modelo liberal, y con él a la democracia, es en últimas, la libertad del individuo. Nos acercamos al abismo del totalitarismo. Un camino que se venía trasegando desde hace años. La pandemia únicamente aceleró el ocaso de las democracias occidentales. Esto debido a los constantes traspiés de un modelo que se tergiversó en el tiempo y terminó sumido en el canibalismo económico y las inequidades sociales. A eso se le suman, como en un venenoso coctel, el auge y los avances digitales en la recolección, sistematización y la utilización de los datos personales. Allí, entonces, las autocracias encuentran una ventaja competitiva que será la espada de Damocles para el liberalismo occidental o lo que queda de este.

Así, el sistema liberal agoniza y la humanidad se dirige a una era del control total y avasallante por parte de estructuras de poder que no se han edificado sobre el respeto de los derechos fundamentales de los individuos, sino alrededor de una visión de eficiencia colectiva y de utilitarismo a ultranza. A la postre, la vida, las preferencias y libertades de las personas mutan en simples variables de un modelo matemático que evoluciona de la mano con la inteligencia artificial. De consolidarse esta tendencia –en la que China se destaca, pero no es el único sistema político que lo hace–, será el Estado el que determine el rumbo de nuestras vidas, lo que hacemos o lo que dejamos de hacer.

Por supuesto, el Estado o la estatalidad, como se quiera denominar el fenómeno, asimismo como variable de poder, estará subordinada a estatalidades superiores en fuerza y a los designios de los poderes del mercado mundial bajo sus más variadas expresiones corporativas. En ese escenario, ¿cuánto pesa el Estado colombiano? ¿Cuánto sus ciudadanos? Si ya la soberanía estatal doméstica resulta miniaturizada y sobrepasada por otros Estados y poderes económicos externos, qué puede esperar un ciudadano colombiano en este mundo sediento por expropiar sus libertades y derechos. De hecho, ya se comienza a metabolizar el imperativo “nos das tus datos o puedes perecer”: a ese dilema puede quedar reducida tu libertad. Baste ver lo que han tratado de hacer en Bogotá y Medellín con las aplicaciones digitales para medir los movimientos y actividades de las personas.

Ante este sombrío panorama, no queda sino reconocer los riesgos que apareja la combinación de las nuevas tecnologías, los gobiernos autocráticos y, por qué no, factores exógenos como lo ha sido el C-19. Nunca antes el modelo liberal, y con él la democracia y el Estado de derecho, habían sido puestos a prueba de esta manera. Es así que, de paso, ignorar el peligro que significa reducir los derechos y libertades más básicas de los individuos equivale a renunciar, de a poquitos, a nuestra misma humanidad, hasta quedar reducidos a un rebaño, sueño de la biopolítica.

Ñapa: Alarmantes las aún constantes demostraciones de racismo en Estados Unidos. No olvidemos, empero, que también en Colombia las vivimos a diario.

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

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