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Acabar con el servicio militar obligatorio

Acabar con el servicio militar obligatorio

Hoy, más que soldados, necesitamos ciudadanos conscientes, comprometidos y solidarios.

24 de octubre 2021 , 10:11 p. m.

En Colombia ya no tiene sentido mantener el servicio militar obligatorio. Es preciso acabar con una práctica que desnuda las más profundas desigualdades de nuestra sociedad y que asume que el cuerpo, vida e integridad de los jóvenes le pertenecen al Estado. El país necesita transitar hacia un modelo en el que sea voluntario y que, de ser necesario algún servicio obligatorio, este sea de carácter social y comunitario.

A pesar de que la Corte declaró inconstitucionales las redadas y que en la actualidad se entienda la objeción de conciencia como un derecho fundamental que puede ser alegado ante el llamado a engrosar las filas de la Fuerza Pública, cada año miles de jóvenes son reclutados. Los reclutas son por lo general colombianos de escasos recursos. Los más privilegiados suelen pagar la libreta y arreglar así su situación militar.

Nadie cuestiona que el servicio militar sea para muchos una opción de vida o que haya jóvenes que por vocación desean prestarlo y continuar con una carrera castrense. Tampoco se pone en duda su inmenso aporte a la seguridad nacional. Sin embargo, es innegable que la forma como está estructurado el modelo es reflejo de enormes inequidades sociales; así como también de la inconveniente visión de un Estado constantemente en guerra donde los jóvenes están obligados a defenderlo.

Es por eso que no da espera una reforma de la ley 1861 de 2017. Incluso, bastaría con eliminar la palabra “obligatorio” del artículo 4, así como del título I, capítulo II, artículo 11 de dicha norma. En la actualidad, solo los jóvenes que estén incursos en una de las causales del artículo 12 de la mencionada ley están exonerados de prestar el servicio militar. Entre ellos, huérfanos, víctimas del conflicto armado, padres de familia o cónyuges, clérigos, personas con discapacidad, hijos únicos o hijos de familiares muertos en combate y objetores de conciencia.

Por su parte, el artículo 34 establece los criterios para su aplazamiento. Dentro de las múltiples causales hay una que prevé que todos aquellos que estén cursando o estén matriculados en alguna institución de educación superior podrán solicitar dicho aplazamiento. En otras palabras, quien acceda a la universidad –que en nuestro país es ya de por sí un privilegio–, en la práctica, no tendrá que prestar el servicio militar y resolverá su situación mediante el pago de la libreta.

Los defensores del servicio militar arguyen que si este no fuera obligatorio, se afectaría la seguridad nacional. En efecto, se cuentan por miles los colombianos reclutados que apoyan labores de custodia de infraestructura estratégica de la nación, incluso en zonas de alto riesgo. No deja de ser inquietante, sin embargo, que la seguridad no dependa exclusivamente de soldados y policías profesionales y que se necesiten bachilleres obligados para mantenerla.

Ahora, si se aceptara la hipótesis de que es inconveniente acabar con el servicio militar obligatorio, entonces debería también eliminarse cualquier tipo de causal de aplazamiento que dependa de la capacidad adquisitiva de los reclutas. Dado que la seguridad es un bien público que impacta a la sociedad en su conjunto, se tendría que aplicar un rasero de igualdad estricta para que tanto ricos como pobres cumplan con ese deber patriótico. De lo contrario, es latente el riesgo de que los más vulnerables sean quienes terminen exponiendo su pellejo por el bienestar del resto.

Más que un servicio militar obligatorio, se necesita un servicio social que contribuya a formar ciudadanos. Así como es imperioso garantizar la seguridad nacional, lo es también poner a los jóvenes en contacto con otras realidades apremiantes del país. La protección del medioambiente, la asistencia a la niñez y a los adultos mayores, la preservación de parques y ecosistemas, procesos de alfabetización, cuidado de los animales son algunos de los ejemplos de la miríada de proyectos en los que podrían participar jóvenes hombres y mujeres. Generar consciencia social mediante actividades comunitarias, adicionalmente, contribuiría en el largo plazo a romper las barreras que impone la desigualdad.

Más aún, justo en momentos cuando estamos transitando hacia la paz, resulta contraintuitivo que, en vez de promover una participación en los procesos de construcción social, a los jóvenes se les esté enseñando a empuñar un fusil. Hoy, más que soldados, necesitamos ciudadanos conscientes, comprometidos y solidarios.

Actualmente existen proyectos en curso como el del senador Antonio Sanguino o el de la representante Juanita Goebertus que buscan transformar el servicio militar. Sin embargo, estas iniciativas no han encontrado aún terreno fértil. Son muchos los intereses que se contraponen, pero quizás el obstáculo más poderoso es la incapacidad de abandonar los privilegios que se han edificado sobre los hombros de la población más vulnerable. En últimas, ¿quién, pudiendo pagar, mandaría a sus hijos a cuidar pozos petroleros?

Ñapa: y al final se saltarán la ley de garantías. A pupitrazo, de manera bochornosa, la aplanadora del Gobierno le abrió la puerta a ríos de mermelada. Lamentable

GABRIEL CIFUENTES GHIDINI
En Twitter: @gabocifuentes

(Lea todas las columnas de Gabriel Cifuentes Ghidini en EL TIEMPO, aquí).

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