Una deuda de gratitud

Una deuda de gratitud

Martha Bonilla tenía una mirada clara sobre la formación de chicos con conciencia política.

04 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

El lunes pasado, en la noche, me enteré del fallecimiento de Martha Bonilla, fundadora del Liceo Juan Ramón Jiménez. De inmediato recordé mi primer encuentro con ella, en 1970, en un almuerzo arreglado por un compañero que era su pariente cercano. Fue una de aquellas ocasiones en que un hecho trivial define el curso de toda la vida.

Yo era un estudiante de filosofía con muchas preguntas sobre la educación, la política y mi propio futuro. Después de un rato de charla me invitó a trabajar en el colegio dictando algunas horas a la semana, y eso me permitió descubrir un universo en la pedagogía, a la cual me dediqué enteramente.

Ella, junto con Manuel Vinent, otro gran educador catalán, había iniciado su proyecto unos ocho años antes, y se habían consagrado a formar un grupo de maestros en los principios de la escuela activa, dedicando su tiempo y esfuerzo al desarrollo de esa utopía que suponía desafiar todas las normas oficiales de metodología –estaba de moda la tecnología educativa–, currículo, normas de disciplina y demás formalidades. Quienes veníamos de otros ambientes y otras tradiciones solo teníamos dos opciones: comprábamos el cuento completo o salíamos corriendo, porque la propuesta no admitía términos medios.

Recuerdo la graduación de la primera promoción de bachilleres; los proyectos integrados, en los que todo el colegio participaba en un solo tema que permitía el diálogo y la discusión de niños de diversas edades, los conciertos de cámara a cargo de los chicos. En fin... podría hacer una lista de acontecimientos que al comienzo me parecían insólitos hasta que, poco a poco, fui entendiendo que aquello debía ser lo normal en cualquier lugar donde las capacidades de los niños fueran respetadas.

Detrás siempre estaban Martha y Manuel, a quienes nos referíamos como si se tratara de una unidad indivisible. Tiempo después me invitaron a asumir la coordinación académica, y entendí que cada uno de ellos jugaba un rol particular. Si Manuel era el pedagogo que estaba en las aulas enseñando matemática, física, música o títeres, Martha era quien tenía esa mirada clara sobre la formación de chicos con conciencia política, capacidad crítica, autonomía y responsabilidad social.

Ella era el eje del debate, de la presencia de intelectuales, artistas, protagonistas políticos de las más diversas tendencias y profesores que estaban por encima del promedio de los maestros escolares de la época. Y la casa de Martha era el lugar siempre abierto al que diariamente llegábamos a conversar sobre los temas más diversos. Hoy pienso que en ese tiempo no debió tener muchos días de intimidad en medio de la ocupación de todos los espacios de su residencia, en la que no solo estábamos para nuestras reuniones semanales, que solían prolongarse hasta entrada la noche, sino los compañeros de sus hijas y las amistades que de vez en cuando se pasaban por allá para hablar de lo que ocurría en el país y el mundo.

En lo personal, siempre tuve una enorme gratitud con esta extraordinaria mujer y su socio en la aventura, porque me abrieron todas las puertas para sentar las primeras bases sólidas de lo que a lo largo de la vida he podido ir desarrollando. Pero, sobre todo, y lo más importante, porque quizá fueron las primeras personas que me entregaron su confianza con una generosidad sin restricciones, cuando apenas era un estudiante de universidad.

Hay gente que tiene la capacidad de cambiar la vida de otros a base de pasión, convicción y dedicación. Estoy seguro de que Martha Bonilla logró eso con muchas personas: no solo con los miles de niños y jóvenes que han pasado en más de cincuenta años por el Liceo, sino con quienes aprendimos allá nuevas formas de ser maestros y con centenares de padres y madres que han sido parte fundamental de esa comunidad que se atrevió a desafiar un sistema cada vez más competitivo, tecnocrático e inculto.

fcajiao11@gmail.com

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