Un plan de desarrollo sin horizonte

Un plan de desarrollo sin horizonte

Sin una reflexión curricular, no hay brújula para la organización escolar.

18 de febrero 2019 , 06:00 p.m.

He leído con cuidado el capítulo de educación del Plan 2018-2022 y debo decir que lo encuentro pobre en su visión de futuro. Trataré de enunciar algunas razones de mi escepticismo.

Si al terminar el siglo XX ya había la convicción de que la escuela tradicional había perdido su eficacia y era necesario cambiar los paradigmas pedagógicos, organizativos y de calidad, hoy hay motivos mayores de tipo psicológico, social y económico para plantear transformaciones profundas.

Los sistemas educativos nacionales son aparatos inmensamente complejos en el mundo contemporáneo, pues está demostrado que de ellos depende en alto grado el desarrollo de los países en el contexto mundial. Sin una educación universal de muy alta calidad, una nación está en alto riesgo político, económico y cultural, pues la capacidad productiva y de estabilidad institucional depende de la formación intelectual y emocional de los ciudadanos. Esto lo entendieron países como Estados Unidos en los años 80, declarando la prioridad educativa como un tema de seguridad nacional.

El informe presentado en 1983 al Congreso norteamericano abre con la frase “Nuestra nación corre riesgo”. Señala que las bases educacionales del país están siendo socavadas por una “creciente marea de mediocridad” que amenaza el futuro de la nación y su pueblo. Con respecto a la vida económica del país, señala que los conocimientos, la información y las experticias se han convertido en las materias primas del comercio internacional y sin una inversión “ineludible” en educación el país quedaría atrás en la competencia internacional en la “era de la información”. Dice también que un alto nivel compartido de educación es esencial para una sociedad libre y democrática.

Cuando esto ocurría y los países del sureste asiático ya abordaban ambiciosas y radicales reformas educativas, nosotros todavía estábamos tratando de superar las enormes brechas de cobertura en la educación básica, para no hablar del total vacío en el preescolar. Hasta 1991 solo se garantizaba la educación primaria a la mayoría de ciudadanos.

El Plan resalta la importancia de la educación, pero cuando se lee el diagnóstico no hay ni siquiera hipótesis tentativas sobre las causas de la baja cobertura en los diversos niveles, sean de carácter demográfico, sociológico o económico. Hay procesos crecientes de deserción escolar y la demanda por educación superior está descendiendo. No se dedica ni un párrafo a la necesidad urgente de una profunda reforma curricular, entendiendo que el currículo, como lo define la Unesco, es un amplio acuerdo político sobre lo que aspira ser la nación en un horizonte de tiempo que va más allá de cuatro años.

Sin una reflexión curricular –muy recomendada por una de las misiones de la Ocde–, no hay brújula para la organización escolar, la producción de textos, la formación de maestros, la evaluación o la jornada única para mencionar unas pocas cosas. Menos todavía se harán los cambios requeridos para que el emprendimiento, la productividad, la informatización o la economía naranja tengan el capital humano necesario.

Por esa razón, la Ley 115 de 1994 estableció la necesidad de planes decenales de educación, cuya última versión tiene un año y no se menciona ni a pie de página. Espero que no sea porque se hizo en otro gobierno.

En el documento se mencionan asuntos muy importantes como la articulación de los muchos subsistemas en que se fracciona la atención a diversos grupos de edad, la necesidad de fortalecer la descentralización o la urgencia de mejorar la gestión, pero no se ven con claridad las herramientas que puedan tocar estructuras que ya se saben inútiles. Como se dice en lógica, todo lo que se propone es necesario, pero no suficiente para que podamos imaginar un país más educado, democrático y productivo en quince años.

fcajiao11@gmail.com

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