Tapando goteras

Tapando goteras

La educación no es solo un derecho individual, sino el único camino para no hundirnos como sociedad.

15 de octubre 2018 , 11:29 p.m.

Por esta época, cuando arrecian las lluvias, muchas familias se ven obligadas a remendar los techos de sus casas para proteger los enseres de las goteras que se cuelan manchando paredes, arruinando muebles y generando un insalubre ambiente de humedad que contamina a personas y alimentos. Quienes hacen estas reparaciones de prisa, poniendo un remiendo aquí y otro allá, saben que apenas cese el invierno tendrán que reforzar la estructura de su cubierta porque, a lo mejor, en el próximo se viene abajo todo.

Algo así está pasando con la educación superior de este país, a la que ya no le caben más remedios de emergencia. Miles de estudiantes, profesores y directivos de universidades públicas y privadas salieron a las calles la semana pasada en todas las ciudades del país, para hacer entender al Gobierno que las instituciones de educación superior están haciendo agua.

Hubo dos hechos afortunados en esta manifestación ciudadana: el primero, la demostración de que no es necesario romper todo para conseguir algo y el segundo, que el Gobierno respondió rápidamente con un auxilio de emergencia.

El jueves estaba en Barranquilla y por un momento participé en la marcha, que se realizó como uno esperaría que fueran todas las expresiones ciudadanas más legítimas: sin violencia, sin encapuchados, sin policía de choque acechando y provocando en cada esquina. Y no por eso carecía de fuerza, porque marchas así, como creo que fueron las de todo el país, invitan a otros ciudadanos a sumarse en vez de generar rechazo, como ha ocurrido en demasiadas ocasiones con esos grupúsculos violentos que se han encargado de hacer que las universidades públicas sean vistas como fuentes de terror y no como centros imprescindibles de la cultura.

Afianzar esta forma de civilidad es indispensable, pues la rápida respuesta presupuestal del Gobierno apenas servirá para tapar una humedad y no para reparar el techo roto en mil partes. Así las cosas, es posible que se hagan necesarias muchas más manifestaciones, a las que asista más y más gente, ya que la educación no es solo un derecho individual, sino el único camino para no hundirnos como sociedad, tanto en materia económica como social y política.

La educación superior no es un lujo para países del primer mundo, y aumentar la cobertura forzando las estadísticas, como ocurre desde que la matrícula del Sena se sumó a la educación superior, no es poner el país en la condición de otros que avanzan más rápidamente en la preparación de su gente. Sin una educación superior de buena calidad –que no necesariamente equivale a acreditación burocrática– a la que puedan acceder los jóvenes de más bajos recursos, no es posible que haya equidad ni verdadera democracia. Pero tampoco se podrán generar riqueza ni empleo decente.

Por esto, el problema de la educación superior no se resuelve consiguiendo los recursos urgentes que requieren las instituciones públicas para que paguen nóminas atrasadas o reparen edificios que están amenazando ruina.

Es verdad que en los últimos quince años, la matrícula creció notablemente, pero no se hizo bien. Se multiplicó por tres y por cuatro el número de estudiantes que había en universidades públicas, pero no se invirtió en edificios, laboratorios y profesores. Se estimuló la creación de universidades privadas, pero luego se las estrangula para que no progresen. Se subió la matrícula del Sena a la estadística, pero no se lo trata como educación superior ni se refuerza su identidad.

El Presidente, que en su campaña solo incluyó sesenta palabras para describir lo que haría en educación superior, tendrá que esforzarse para entender que esta es la espina dorsal del desarrollo de las sociedades de hoy. No quedan muchas dudas sobre la urgencia de revisar la estructura de todo nuestro sistema educativo, desde la primera infancia hasta los niveles más avanzados.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

Columnistas

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