Sin querer queriendo

Sin querer queriendo

Hay poco interés por indagar qué sentido encuentran los jóvenes a sus vidas en un mundo como este.

19 de agosto 2019 , 10:21 p.m.

En el ejercicio de ofrecer esta columna a los lectores ocurren cosas que escapan totalmente a la intención con la cual se aborda uno u otro tema. No sé si otros columnistas también sienten de vez en cuando que no tienen nada importante que decir, más allá de sus propias y muy personales preocupaciones.

Algunas surgidas así han conseguido que me escriba alguien de quien no sabía hacía décadas, que un maestro me cuente que la columna le sirvió en su colegio para abordar un tema difícil, que una treintena de estudiantes me hayan mandado comentarios sobre algún texto como parte de sus tareas o que me inviten a participar en un congreso de pediatría.

Siento entonces que vivo despistado. Que lo que a mi parecer es muy importante en la temática educativa no siempre es lo que más les llega a los lectores o lo que puede suscitar una discusión entre colegas y amigos.

Hace poco se me ocurrió referirme al asunto de la felicidad, pues como educador me espanta la obsesión por ofrecerla como un producto específico para niños y adolescentes, en vez de ofrecer herramientas que les permitan buscar y construir su propio camino de vivir con satisfacción y ojalá con plenitud sus vidas. Venía de repasar lo que a este propósito dijeron Bertrand Russell y Aldous Huxley a comienzos de los años treinta sobre el momento en que la gente sería masificada y atontada a partir de fórmulas científicas de felicidad basadas en evitar las contrariedades y complementar con algunos suministros farmacéuticos.

Pero me hizo muy feliz la respuesta de Fernando Sánchez y de Moisés Wasserman, en sus respectivos espacios de opinión, pues enriquecen este tema al que yo no di mayor importancia en el primer momento, pues lo consideraba parte de mis fantasmas personales, esos que le dan vuelta a uno y le conversan cuando no está haciendo nada importante. Pero después de leer estos puntos de vista y otra serie de reacciones que llegaron a mi correo, he terminado por pensar que se trata de un asunto crucial.

No tengo idea de qué es la felicidad, pero sé lo que no es. Sé que el bienestar, entendido como la disponibilidad de medios de vida suficientes –salud, vivienda, educación, familia, alimentación, diversión, etc.– es muy importante, pero muchos de los niños y jóvenes que piensan en el suicidio, lo intentan o lo consiguen, disponen de todas estas condiciones y dicen no ser felices. Nuestra biología, de otro lado, apunta de manera persistente al placer, entendido como la satisfacción inmediata de necesidades que se relacionan con la supervivencia y adquieren los más variados matices y refinamientos simbólicos asociados con la alimentación y la reproducción, como lo desarrolló Tiger en su libro ‘En búsqueda del placer’. Pero el deseo, en esta sociedad donde toda respuesta es inmediata, parece no saciarse nunca dando origen a una perpetua insatisfacción y a la reiteración compulsiva de experiencias que aplaquen la angustia.

Hay una sociedad obsesionada con que los chicos tengan éxito, que dominen competencias científicas, matemáticas, lingüísticas –todas muy importantes– y estén en los más altos escalafones de que pueden dar cuenta los sistemas de medición. Pero no aparece el mismo interés por indagar qué sentido les encuentran a sus vidas en los contextos cambiantes de un mundo en el cual nadie sabe qué es o qué quiere ser porque las identidades se han difuminado y superpuesto, porque no hay consensos sobre lo que es correcto, porque es imposible establecer fronteras entre lo bonito y lo feo…

Me inclino a pensar que los problemas de calidad de la educación tienen poco que ver con los resultados de pruebas estandarizadas nacionales o internacionales y mucho con la cantidad de tiempo que la sociedad, en su conjunto, dedique a reflexionar sobre estos asuntos que parecen tan volátiles, pero que al final son los únicos que nos otorgan humanidad.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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