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Signos ambulantes

Signos ambulantes

Comparado con el de cualquier animal, el cuerpo humano es extraordinario en su capacidad expresiva.

11 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Los seres humanos andamos por el mundo diciendo a gritos quiénes somos o, por lo menos, lo que queremos ser, aunque no siempre seamos conscientes de la cantidad de historias que narramos con el solo hecho de estar por ahí frente a otros.

(Lea además: Las buenas maneras)

Los científicos que estudian el comportamiento animal han descifrado los muchos mensajes que diversas especies transmiten con su postura corporal y de los cuales depende su supervivencia, su posición en el grupo o su oportunidad de reproducción. Complejísimas danzas de apareamiento en las aves, jerarquías definidas entre leones, sistemas de caza en manadas de lobos... todo depende de posturas, movimientos y sonidos. La selección natural ha contribuido a dotarlos de plumajes, melenas, manchas o habilidades.

Comparado con el de cualquier animal, el cuerpo humano es extraordinario en su capacidad expresiva. De una parte es enorme la cantidad de matices que pueden tener sus gestos: es posible, por ejemplo, distinguir muchos tipos de risas y sonrisas (que no es lo mismo), que van desde la que surge en la apacible contemplación de un ocaso a la convulsión histérica que precede un ataque de ira, pasando por la burla, la alegría, el buen humor o el sarcasmo. Y otro tanto pasa con las miradas, inclinaciones de cabeza, posturas, señales de miedo, de amenaza, de atracción. Todo sin necesidad de una sola palabra.

Además del asombroso sistema de huesos, músculos y nervios que dan expresión precisa al movimiento, los seres humanos han desarrollado una gran habilidad para modificar su apariencia física mediante artilugios que van desde el aprovechamiento de sus áreas capilares hasta procedimientos quirúrgicos de alta complejidad.

Las relaciones con el mundo, con los otros y con nuestro propio yo pasan por lo que físicamente somos y proyectamos.

Hay profesiones dedicadas exclusivamente al pelo: químicos investigadores de tinturas, cremas, jabones, alisadores, encrespadores, peluqueros, médicos, depiladores... Otras se especializan en uñas, maquillajes, implantes, reducciones, reconstrucciones, arreglo de sonrisa y todo el extenso campo que cubre la estética corporal. Los clientes de tantas ofertas pueden decidir si quieren barbas de rey medieval, cortes de pelo estilo vikingo, uñas como de bruja, maquillaje estilo Cleopatra, cuerpo infantil o cara delicada e inocente. Basta ir al salón de belleza para iniciar una exploración de lo que queremos comunicar. Allá nos harán conservadores o alternativos, tímidos o arriesgados, viejos o jóvenes.

Luego viene otra capa de signos que cada día elegimos para salir a contar nuestra historia por la calle: ropas, accesorios, modas, aparatos. Cada quien escoge un código de arreglo personal que legitimado culturalmente puede ser leído por los demás. Al encontrarse con otro lo primero que se percibe es su aspecto: hay quienes parecen amables, agresivos, petulantes, peligrosos o dominantes... y ese primer golpe de vista puede ser más importante que todo lo que piensen, crean o hagan. No cabe duda de la importancia de la apariencia, del gesto y de la expresión corporal en la oportunidad de tener amigos o conseguir determinado tipo de empleos.

También hay rituales para que todos se conviertan repentinamente en lo que no son haciendo evidente la importancia de la apariencia: fiestas de disfraces.

Un trabajo fundamental desde su infancia es descubrir y forjar la identidad. Una vida emocionalmente sana y productiva se construye desde lo corporal porque las relaciones con el mundo, con los otros y con nuestro propio yo pasan por lo que físicamente somos y proyectamos. Por eso la educación es antes que nada una educación del cuerpo, un encuentro simbólico con nuestros poderes y nuestras limitaciones, un intercambio de palabras silenciosas llenas de significados.

Por todo esto hay que celebrar el regreso a los colegios, pues restringir por un largo período el encuentro de los niños y los maestros fue infligir un daño tremendo y continuado que nunca debería suceder de nuevo.

FRANCISCO CAJIAO

(Lea todas las columnas de Francisco Cajiao en EL TIEMPO, aquí)

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