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Si no los puedes convencer, confúndelos

Si no los puedes convencer, confúndelos

Hoy nadie sabe qué piensa quién, porque cada cual tiene un discurso de ocasión.

31 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

El señor Álvaro Uribe cita a su finca a quien preside la Comisión de la Verdad para decirle que, aunque no le reconoce legitimidad, va a decir públicamente su verdad, pero a él y no a la Comisión. Más allá del montaje del show mediático para autoentrevistarse, utilizando como pretexto algo en lo que no cree, es interesante preguntarse quién decide sobre la legitimidad de las instituciones.

Es claro que él y su gente estuvieron en contra del acuerdo de paz con las Farc, lo cual es perfectamente legítimo, y que el plebiscito convocado por el presidente Santos fue ganado por el ‘No’, sin importar la estrategia de miedo que usó el partido del expresidente. También es verdad que hubo observaciones de diversos sectores y se introdujeron modificaciones en los acuerdos, aunque no todos los que quería el Centro Democrático. Ese nuevo texto fue al Congreso de la República, que lo aprobó, lo convirtió en ley y fue ratificado por la Corte Constitucional. Pregunto entonces: ¿cualquiera puede desconocer estas decisiones porque cree que las instituciones que declararon la legitimidad son inferiores a su propio juicio?

¿Hubiera sido legítimo desconocer la reelección del propio Uribe por todos los incidentes que viciaban el trámite de la reforma constitucional, incluyendo delitos por los cuales dos exministros terminaron en la cárcel, así como la directora del DAS, que dependía directamente del Presidente?

No pareciera que desconocer la legitimidad de instituciones reconocidas por las instancias previstas en el ordenamiento jurídico sea coherente con alguien que ha centrado su popularidad en la lucha contra la subversión. ¿No es acaso el desconocimiento de la legitimidad de las instituciones democráticas lo que hace que un grupo sea calificado como subversivo?

Pero pedir coherencia a un político en Colombia parece un exabrupto. Si sostuvieran sus ideas por lo menos cinco años, se podría afirmar que los congresistas del Centro Democrático han sido advertidos por su jefe y fundador y por el Presidente de que están “asaltando la legalidad y las garantías electorales” con su proyecto para eliminar la Ley de Garantías. En 2015, Uribe decía que “eliminar la Ley de Garantías es una trampa de los malos perdedores para poder asegurar victorias fraudulentas”. Y Duque en 2017 escribía: “Debemos unirnos para evitar este asalto a la legalidad y a las garantías electorales”, ante una propuesta similar.

¿Cualquiera puede desconocer estas decisiones porque cree que las instituciones que declararon la legitimidad son inferiores a su propio juicio?

También confunde la reiterada referencia del expresidente a su exótica reunión con el padre De Roux, para soltar el globo de la amnistía general –en la cual cabría su incómoda situación personal–, que en cuestión de días ha sido convertida en un borrador de reforma constitucional. Dice que fue el sacerdote quien lo increpó a hacer un esfuerzo por aclimatar la paz, pero en vez de entender que se trataba de un reclamo por haber sido un asiduo instigador de la polarización y la intransigencia, como enemigo irreductible de los acuerdos con las Farc, entendió que le estaban pidiendo ideas creativas como la de olvidarse de todos los delitos posibles de todo el mundo para volver a arrancar de ceros. Ya vamos en que la idea tiene muchos peros jurídicos, que no es para todos los delincuentes y que no es amnistía, pero, aun así, cada ocurrencia del jefe amerita cambiar la Constitución.

Es propio de una democracia vigorosa que haya ideologías diferentes, formas distintas de ver y entender el mundo, proyectos alternativos de construir sociedad y nación, pero eso no equivale a que casi todas las colectividades y sus jefes naden perpetuamente en la confusión y las contradicciones. Hoy nadie sabe qué piensa quién, porque cada cual tiene un discurso de ocasión, incapaz de convencer ni convocar a la construcción de algún nivel de sensatez colectiva. A veces se siente que el país va en La nave de los locos, evocada por el Bosco en el siglo XVI.

FRANCISCO CAJIAO

(Lea todas las columnas de Francisco Cajiao en EL TIEMPO, aquí)

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