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Política, mentiras y videos

Política, mentiras y videos

Bien harían muchos oportunistas en retirar sus candidaturas de chiste.

13 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Los preámbulos de la campaña presidencial, que llevan varios meses, simulan cada vez más un reality show, estilo Protagonistas de novela. Cualquiera puede participar sin consideración alguna por sus condiciones personales o intelectuales, con lo cual es aún más sencillo que ingresar a la Casa Estudio.

Gracias a esta apertura, hoy contamos con algo más de cuarenta ciudadanos que escuchan con claridad el llamado del pueblo, de Dios, de sus familiares cercanos o de sus acreedores para redimir el país de todos sus males y tragedias. Entre ellos hay gente muy valiosa, con experiencia en la gestión pública, trayectoria profesional e ideas claras sobre los grandes problemas del país. Los dedos de una mano alcanzan y sobran para contar a quienes con estas condiciones tienen opción de gobernar el país con dignidad, eficacia y decencia.

De ahí en adelante hay los que llevan tres años criticando al actual Presidente por incapaz, improvisado y soberbio, pero siendo similares y aún peores no asumen su propia condición: no en balde se dicen que si Duque pudo, cualquiera puede intentarlo. Luego están los que cada día protagonizan un escándalo, insultan a otro, traicionan sus pactos, se pelean en público o dicen barrabasadas para escandalizar a un público ansioso de emociones fuertes esperando con ansiedad ser filmados, tuiteados, reproducidos con miles de likes para salir de sus tristes anonimatos... como en la Casa Estudio.

Como si fuera poco, salen a escena los patriarcas, los que ya pasaron por este circo en tiempos pasados y consiguieron el papel protagónico de la primera magistratura de este pobre país que por largos períodos ha sido visto con preocupación, cuando no con desprecio o con lástima, por el resto del mundo. Y se esmeran en dar ejemplo a los que hoy compiten. Es una vergüenza ver a los expresidentes peleándose en su espectáculo de la tercera edad, diciendo cada vez más tonterías, desmentidos por sus antiguos patrocinadores, vetados por sus propios partidos, mendigando popularidad entre youtubers del peor gusto, desconociendo las instituciones democráticas que un día juraron defender, burlándose de la justicia, mintiendo, calumniando, vociferando, insultando...

Mientras tanto, el país debe recuperarse de una crisis económica y social que se ahondó con la pandemia. Desempleo, pobreza, educación son problemas que deben afrontarse y resolverse con premura y sensatez. Para eso es la política: para encontrar soluciones, para agrupar a los ciudadanos alrededor de grandes propósitos, para encontrar caminos en el marco de un debate civilizado y honesto. Esto solo es posible cuando el ejercicio de la política se dignifica exponiendo ideas, convocando la convivencia pacífica, defendiendo la soberanía por encima de las rencillas personales y de las manipulaciones tramposas.

Los dedos de una mano alcanzan y sobran para contar a quienes con estas condiciones tienen opción de gobernar el país con dignidad, eficacia y decencia.

Las protestas sociales de este año mostraron que hay grandes sectores de la sociedad que no se sienten representados por nadie en sus intereses y necesidades más profundas. A estos sectores se puede llegar con mentiras, provocaciones, promesas incumplibles, implementos para confrontar a la Fuerza Pública, amenazas o descalificaciones, pero ninguno de esos caminos es honesto ni apunta a resolver sus grandes necesidades materiales y humanas.

Bien harían muchos oportunistas en retirar sus candidaturas de chiste. Ahorrarían confusiones a los ciudadanos y, sobre todo, permitirían que se inicie un debate serio entre quienes realmente pueden representar ideas y propuestas con algún grado de coherencia. Dignificar la política es una necesidad imperiosa para motivar a muchos jóvenes a trabajar en función del interés común y luchar por nuevos ideales que nos permitan vivir en paz, sin sacrificar las diferencias. Merecemos el respeto de las demás naciones del mundo, pero eso no es posible si nuestros propios políticos no respetan a los ciudadanos.

FRANCISCO CAJIAO

(Lea todas las columnas de Francisco Cajiao en EL TIEMPO, aquí)

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