Los tesoros de la Luis Ángel Arango

Los tesoros de la Luis Ángel Arango

A veces creo que antes de la crítica debería crearse el clima de la lectura mágica.

12 de noviembre 2018 , 11:49 p.m.

Desde niño siento que los libros tienen una magia especial, pues esas páginas empastadas, llenas de signos codificados a lo largo de siglos por cada cultura, contienen secretos que nunca acaban de salir a flote. Mucho se habla de la necesidad de promover en los niños y jóvenes la lectura crítica, pero a veces creo que antes de la crítica debería crearse el clima de la lectura mágica.

No quiero decir que se induzca a los escolares a comprar libros esotéricos –que son los más vendidos– ni que se difundan textos con fórmulas para transformar los deseos en oro o producir pociones que den inteligencia para pasar exámenes estúpidos y fuerza para soportar la sobreprotección de padres insoportables.

Más bien, me refiero a la magia que representa poderse comunicar con quienes vivieron en otras épocas y dejaron la huella de sus sensaciones y pensamientos plasmados en letras impresas. Pero no solo quedaron allí atrapadas ideas y visiones del mundo, sino las formas como se hablaba, las cosas que la sociedad pensaba acerca del amor, la belleza, la política o la comida. Esto se encuentra, por supuesto, en los tratados de ciencias, los textos escolares o las grandes obras de literatura, pero también en los cuentos infantiles, las revistas y manuales de caligrafía.

Enseñar a los niños a desentrañar misterios en los libros es pura magia. Este año tuve el privilegio de disfrutar este ejercicio con motivo de la exposición que abrió la Biblioteca Luis Ángel Arango a partir de julio y que estará hasta febrero, en la cual se exhiben muchos de los tesoros más antiguos de su colección. Para el catálogo, me pidieron hacer un artículo sobre los textos de educación. Y pude explorarlos, ver las dedicatorias y marcas de quienes fueron sus dueños, e imaginar lo que sentían mientras leían en silencio, tal vez a la luz de una vela.

Resulta sobrecogedor el encuentro directo con los libros que, desde el siglo XVIII, fueron transmitiendo esos contenidos de los cuales se irían alimentando nuestra incipiente nacionalidad, nuestro modo de ser humanos, nuestras ideas, nuestras creencias y, seguramente, muchos de nuestros defectos ancestrales. El lado mágico del descubrimiento fue palpar los libros, la calidad de la impresión, el color, el olor, la fragilidad ocasionada por el tiempo que va corroyendo el papel...

No es posible en esta columna narrar lo que encontré en los libros y devocionarios de los que se alimentó la mente de nuestras abuelas, haciéndolas no solo piadosas sino eternamente culpables de cuanto hicieran o dejaran de hacer; o en los textos escolares que explicaban los fenómenos del universo; o en los manuales de pedagogía heredados de Inglaterra; o en los cuadernos con apuntes de recetas de cocina...

Lo que pude evidenciar es que lo que somos y podemos llegar a ser como individuos, como comunidades y como naciones depende en alto grado del relato que seamos capaces de construir sobre nosotros mismos y sobre el mundo en que vivimos. Podríamos decir, coloquialmente, que no somos otra cosa que el fruto de nuestros propios cuentos.

Algunos vienen de hombres y mujeres sabios; y otros, de políticos hábiles y ambiciosos. Hay muchos que se atribuyen a divinidades. Pero hoy pululan los de empresarios y vendedores, de fanáticos que ofrecen sanaciones y vida eterna; de empresas farmacéuticas, de agencias publicitarias… creemos en miles de cosas y actuamos de acuerdo con esas creencias que nos invaden y acosan sin dar lugar a la duda.

Pero los libros han sido, durante mucho tiempo, el principal canal de transmisión y conservación de esas imágenes de la evolución de un ser humano que en medio de confusiones y búsquedas intenta saber cuál es su lugar en un mundo. La lectura, así como la entiendo, es tanto un ejercicio de crítica intelectual como una búsqueda interminable de nuestro destino histórico. Por eso, cada libro es un tesoro.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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