Leer y escribir en el día del maestro

Leer y escribir en el día del maestro

La grandeza de la misión de los educadores radica casi exclusivamente en enseñar a leer y escribir.

11 de mayo 2020 , 07:28 p.m.

El día en que un niño –o un adulto– puede leer un texto y comprender lo que allí dice ha sucedido un milagro en el camino a la humanización, pues se ha abierto la ventana al universo inagotable del conocimiento. Y cuando puede convertir su pensamiento en palabras y ponerlas sobre un papel, su mundo podrá proyectarse más allá de su lugar y su tiempo. Ningún regalo puede ser más emocionante para un maestro que haber sido quien ayudó a tantos niños y niñas a adueñarse de semejante poder.

La grandeza de la misión de los educadores radica casi exclusivamente en enseñar a leer y escribir, pues allí está la clave para habitar un universo simbólico que requiere un continuo ejercicio de comprensión para poder sobrevivir, realizar un proyecto de vida y transformar la realidad de manera que podamos tener una sociedad mejor.

La ciencia, la política, la fantasía, la justicia, el dolor, la angustia, todo está lleno de signos que requieren ser descifrados. Cada día debemos leer miles de palabras, gráficos, mapas, fotografías, gestos corporales, fórmulas químicas, modelos matemáticos, señales de tránsito... la vida se nos va en leer.

La capacidad de leer, en este sentido amplio, va mucho más allá del desciframiento mecánico de signos fonéticos. Para que eso tenga sentido necesitamos estar en contacto con el entorno físico y social, con nuestro mundo interior y comprenderlos para poder adecuar nuestros comportamientos y superar las dificultades que cada día se presentan. Así aprendieron los navegantes a descifrar las estrellas, y los agricultores descubrieron los ciclos de la siembra y la cosecha. Las civilizaciones de la antigüedad supieron interpretar la naturaleza y dejar sus conocimientos a las siguientes generaciones.

Leyeron el mundo y lo que encontraron lo escribieron en jeroglíficos, ideogramas y códigos fonéticos. Para estar en contacto con la historia de la humanidad nosotros, los humanos de ahora, necesitamos conocer esos lenguajes que nos permiten hablar con los que vivieron hace siglos, saber lo que pensaban y casi escuchar sus voces desde la distancia. Pero también seguimos aprendiendo desde que nacemos, seguimos haciendo preguntas, seguimos tratando de descifrar los misterios de la naturaleza y necesitamos contarles a quienes vendrán después lo que hemos visto y vivido en nuestro tiempo.

Los maestros tienen el privilegio de entregar a las nuevas generaciones los códigos de acceso a la cultura, la ciencia, el arte, la historia de la humanidad, así como las herramientas para inventar mundos que aún no existen y que solamente están en el espacio del deseo y los sueños.

Estos últimos meses han sido difíciles y nunca como ahora nos ha correspondido tratar de comprender un fenómeno que tendrá profundas implicaciones en el futuro inmediato. Esta gran epidemia mundial dejará muchas heridas y dolor por las víctimas, pero también grandes interrogantes sobre el cuidado del planeta, la fragilidad de este absurdo sistema económico que se puede reventar en cuestión de semanas y la vanalidad de muchos líderes políticos. Pero, además, ha dejado dudas enormes sobre los servicios de salud o los sistemas educativos, mostrando que podrían ser totalmente diferentes a los que hemos tenido.

En medio del confinamiento se ha intentado mantener a los niños y jóvenes frente a las pantallas de los computadores –los pocos que disponen de ellas– “para que no se atrasen”. Pero no creo que nos hayamos ocupado lo suficiente de impulsarlos leer y escribir sobre este momento excepcional que les ha tocado vivir y que tendrán que comprender para seguir adelante.

Invito a los maestros en su día a tomar conciencia de que, por encima de todo, su misión primordial será enseñar a leer y escribir en todas las formas posibles.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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