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La fuerza de los hábitos

La fuerza de los hábitos

La pandemia y el largo cierre nos han permitido volver los ojos hacia la importancia de la escuela.

02 de agosto 2021 , 08:30 p. m.

Aristóteles, en la Ética a Nicómaco, dice que “somos lo que hacemos repetidamente; la excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito”. Esta frase nos recuerda que una gran parte de nuestros comportamientos cotidianos responden a patrones repetitivos de los que apenas somos conscientes y que la excelencia no es un acto aislado de virtuosismo, sino el producto de la repetición: los atletas repiten durante años de entrenamiento el ejercicio que realizarán en unos minutos de competencia.

Cada persona, dependiendo del entorno físico y social en el que se mueva, va conformando patrones de comportamiento que le permiten adaptarse de la mejor forma posible y desempeñarse adecuadamente. Eso supone hacer aprendizajes que, en tanto resulten satisfactorios, tienden a repetirse de manera semiautomática. Esto explica, como lo demostró un estudio de la Universidad de North Western, que la gente tiende a hacer muy pocas variaciones a sus rutinas diarias y a sus movimientos a lo largo del tiempo.

Los hábitos permiten economizar energía, pues al ser relativamente automáticos no exigen un gran esfuerzo de deliberación y toma de decisiones: no hace falta decidir cada día a qué hora levantarnos, salir al trabajo, hacer el trayecto y cumplir con muchas exigencias rutinarias. Ese esfuerzo se reserva para resolver problemas complejos o desarrollar nuevos aprendizajes. Hay gente que se siente incapaz de soportar la monotonía de una vida basada en la repetición agotadora de un empleo burocrático y buscan experiencias siempre novedosas. Pero la realidad es que se trate de científicos, artistas, empresarios o guías turísticos, la mayor parte de la actividad humana tiende a ser repetitiva y esa repetición es obligatoria cuando se requiere experticia.

Mucho se podría hablar de los hábitos que adquirimos a lo largo de la vida. Algunos de ellos, como los de cuidado de la salud, son la garantía de nuestro bienestar general. Otros pueden ser autodestructivos, o impedirnos cambiar y conseguir nuevas oportunidades. Y es que una de las características del hábito es su resistencia al cambio, que se resume en el “más vale malo conocido que bueno por conocer”.

Modificar el modo de hacer las cosas al que nos hemos acostumbrado suele ser muy difícil, y si es imperioso hacerlo produce ansiedad y angustia, porque amenaza la seguridad personal.

La pandemia trastornó la rutina de millones de personas. De repente, los niños ya no se levantaron para ir al colegio. Sus padres no salieron al trabajo. Los maestros no se encontraron con sus estudiantes. Las reuniones desaparecieron. Nadie pudo hacer lo que siempre había hecho. Todo fue súbito y forzado, así que hubo que adaptarse a vivir de otro modo: enseñar por computador, asistir a clase sin salir de casa, trabajar por teléfono... Pero son tan persistentes los hábitos que algunos colegios les exigieron a los estudiantes el uniforme para conectarse. En dos o tres meses niños, jóvenes y adultos se adaptaron a las nuevas condiciones, creando nuevas zonas de confort.

Ahora lo difícil es volver a las rutinas de salir de casa, ir al colegio, compartir con los compañeros y empeñarse en ese otro esfuerzo que requieren aprendizajes más complejos y elaborados, capaces de conducir a la excelencia. Aprender a leer y crear hábitos de lectura, explorar el universo de las ciencias, analizar los acontecimientos políticos y sociales, perfeccionar habilidades artísticas y deportivas, desarrollar comportamientos solidarios o resolver conflictos son retos cotidianos que solo se consiguen con la persistencia de la repetición diaria en contacto con adultos y compañeros.

La pandemia y el larguísimo cierre de los colegios en Colombia nos han permitido volver los ojos hacia la importancia de la escuela, reconocer sus limitaciones y ponerla con optimismo frente a los desafíos del futuro inmediato.

FRANCISCO CAJIAO
fcajiao11@gmail.com

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