La confianza como bien público

La confianza como bien público

La tragedia es que desde las más altas dignidades se ha minado la confianza en las instituciones.

14 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

En los últimos años, el país viene mostrando síntomas preocupantes de descomposición de su tejido social, expresados en múltiples formas de polarización y confrontación: participación del paramilitarismo en la política, rechazo virulento al proceso de paz con las Farc, uso indebido de los mecanismos de inteligencia para afectar campañas políticas y espiar opositores, venalidad de jueces y magistrados y escándalos administrativos y operacionales en Ejército y Policía.

También hay una reiterada percepción de debilidad del actual gobierno y su falta de liderazgo en muchos sectores. No ayudan los homicidios de líderes sociales, las masacres de jóvenes ni la proximidad del Presidente con las nuevas directivas de los órganos de control.

El año pasado el malestar social llegó a las calles con manifestaciones de estudiantes, trabajadores y gente del común. Luego, las restricciones impuestas por la pandemia dieron la impresión de que había retornado la tranquilidad, gracias al miedo azuzado con las noticias de países donde colapsaron los sistemas de salud.
Por unas semanas pareció que el Gobierno recobraba el control con ayuda de científicos, funcionarios de salud y alcaldes de muchas ciudades, pero pronto se comenzaron a sentir los efectos de la pobreza y la informalidad, el desespero del encierro, la insuficiencia de las ayudas gubernamentales y el frenazo de todo el aparato productivo. Ahora vivimos en una caldera cuya presión sale por todas las rendijas.

El asunto de fondo es que las sociedades solo pueden funcionar bien cuando existe verdadera confianza en las autoridades, en la justicia, en las fuerzas del orden, en los educadores y en los demás ciudadanos. La clave de la civilidad es la construcción de confianza, pues resulta imposible pensar en millones de seres humanos que actúen siempre con información objetiva y datos científicos. Se sigue a los gobernantes cuando se cree en ellos: no basta que ganen elecciones. Se hace lo que los médicos recomiendan cuando se cree que son buenos profesionales, y se envían los niños al colegio porque se tiene fe en que serán bien tratados y educados por sus maestros. De igual forma se acude a la justicia si se cree en los jueces, y se respeta a los policías si representan seguridad y no peligro.

La tragedia es que desde las más altas dignidades se ha minado la confianza en las instituciones. Personas que han ocupado las más altas posiciones en el Gobierno, el Legislativo y la justicia manifiestan que no creen los unos en los otros. Se espían, se recusan, se resisten a acatar las decisiones que la Constitución les otorga.

Las fuerzas del orden incurren en delitos enormes no solo de corrupción, sino de criminalidad y abuso de la fuerza: ‘falsos positivos’, acciones policiales desmedidas, espionaje e irrupción en la privacidad de los ciudadanos.

Ahora se añade a esta lista de problemas la reiteración de que quienes serán maestros muestran los peores resultados de todos los profesionales del país en las pruebas que miden el desempeño académico al culminar una carrera de educación superior. A ellos les corresponderá formar a las nuevas generaciones no solo en matemática, lectura o ciencias, sino en los valores fundamentales de ejercicio de la ciudadanía: esos mismos que no funcionan en gobernantes, políticos oportunistas, jueces corruptos o policías abusivos. No hay duda de que este es un enorme fracaso de las facultades de educación que requiere una profunda reflexión, pues de los maestros que tengamos hoy dependerá en alto grado la construcción de la confianza pública en el largo plazo.

En lo inmediato, el Gobierno debe hacer hasta lo imposible para conseguir reconstruir algo de confianza y convocar a todos los sectores a trabajar en aquello que pueda unir a la ciudadanía en vez de persistir en lo que sigue enfrentándonos.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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