El fantasma de la inutilidad

El fantasma de la inutilidad

En los más pobres se trata de subsistencia, pero también de dignidad, de identidad, de autoestima.

16 de septiembre 2019 , 07:00 p.m.

Entre los fenómenos que afectan la sociedad actual, hay uno que no parece abordarse con la frecuencia y profundidad con que se debiera, a pesar de su gravedad. Se trata de esa horrible sensación que sobreviene cuando se pierde el trabajo o cuando, una y otra vez, se fracasa en la búsqueda de uno nuevo.

Miles de jóvenes que terminan sus estudios de secundaria o de universidad –incluso posgrados– sienten que su esfuerzo fue inútil, pues a la hora de buscar empleo perciben que sus méritos no representan nada para los empleadores. De otra parte, quienes por años han trabajado con dedicación en una empresa o institución gubernamental viven la zozobra constante de las reestructuraciones, las pensiones anticipadas o el despido, cuando no el arrinconamiento en el último lugar de la organización. Y, claro, están los adultos, que ven en sus patronos la urgente expectativa de que se les cumpla pronto su tiempo de retiro.

La población de todas las edades y de todos los niveles sociales está abocada a lidiar con el fantasma de la inutilidad: muebles viejos, como decía Alfonso López de quienes, como él, habían ocupado la Presidencia. Después de haber ostentado poder, honores y privilegios, no es fácil pasar a una condición de ciudadanos del común. Eso requiere un equilibrio mental de esos que identificamos con la sabiduría. Es claro que hay pocos expresidentes sabios, como muestra su incapacidad para pasar a otras ocupaciones que la jugosa pensión y beneficios que pagamos con nuestros impuestos les permitirían.

Pero el problema es terrible para quienes no consiguen ni siquiera el mínimo de reconocimiento social que les asegure un trabajo y un ingreso estables. El desempleo, analizado desde la mirada de la economía, no alcanza a describir el drama de quienes cada día se levantan a buscar una manera de sobrevivir, con la presión de su familia o de su propia imagen en el espejo, que les hace sentir que son buenos para nada.

En los más pobres se trata de subsistencia, pero también de dignidad, de identidad, de autoestima. En quienes se han esforzado por prepararse y se han formado una idea de todo lo que podrían hacer en la vida, el sentido de frustración es enorme. Peor aún cuando la idea de no ser bueno en algo o de no tener reconocimiento individual comienza, a veces, desde la escuela primaria. Miles de niños y adolescentes van diariamente al colegio sin que nadie reconozca en ellos algún valor especial, marginados de los equipos deportivos, de los grupos artísticos, de los intercambios escolares. Oleadas de niños y adolescentes invisibles que muchas veces piensan, sin que a nadie le importe, que morirse es una opción.

No es posible pensar que un país como el nuestro será mejor mientras tengamos cifras de desempleo de dos dígitos, complementadas con más del 40 por ciento de informalidad, que es el rebusque de quienes todavía no se han decidido por la delincuencia. Por ahí van los problemas de inseguridad, y no por falta de policía.
Para hacer más angustioso el panorama, el modelo de capitalismo en que cabalgamos desplaza cada vez más empleo, y los empresarios se empeñan en la automatización para mantenerse competitivos, mientras que las entidades estatales intentan reducirse al máximo para conseguir mayor eficiencia.

Estos son los verdaderos retos que debe enfrentar hoy el sistema educativo en todos sus niveles. ¿Qué clase de formación requieren hoy nuestros niños y jóvenes para vivir y trabajar en este mundo, cuyos atractivos tecnológicos son al mismo tiempo trampas mortales para quienes no hayan sido preparados para adaptarse? ¿Es raro que muchos no quieran ir a la universidad? Vale la pena leer con cuidado La cultura del nuevo capitalismo, de Richard Sennett, para preguntarnos si hemos entendido bien lo que está ocurriendo.

fcajiao11@gmail.com

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