El error y la dificultad

El error y la dificultad

No se entiende por qué la educación tradicional de niños y jóvenes es tan intolerante con el error.

08 de junio 2020 , 09:25 p.m.

La equivocación es la manera como los seres humanos aprendemos las cosas importantes: las que nos ofrecen herramientas para resolver problemas y nos ayudan a desarrollar las destrezas prácticas con las cuales nos ganamos la vida. Sabemos que nadie nace aprendido y que un gran éxito está cimentado en montañas de fracasos.

No hay mejor momento para reflexionar sobre esta realidad, pues en todos los países sometidos a los rigores de la epidemia ha sido necesario adaptarse a condiciones de vida que no se conocían –el aprendizaje es la herramienta de la adaptación–. Cuando se examinan los pronunciamientos iniciales se constata que la regla general fue el error: grandes expertos dijeron que no era nada peor que un brote de influenza, varios gobiernos se negaron durante semanas a tomar medidas de cuarentena, los sistemas de salud colapsaron, colegios y universidades comenzaron dictando clases por medios virtuales como si nada cambiara... y se podrían mencionar medidas equivocadas sobre medicamentos, transporte o economía.

Pero lo de una semana resulta corregido en la semana siguiente, los procedimientos iniciales en movilidad, atención médica, gobierno virtual o educación se modifican poco a poco porque se hace evidente que al aprender se debe corregir. Así se ha logrado que los errores iniciales de algunos países hayan beneficiado a otros que optaron por no repetirlos. Ya no pensamos muchas cosas del modo como las pensábamos el año anterior, mientras hacemos muchas otras que solo eran parte de una futurología posible pero todavía no escenificada.

Si todo esto es tan próximo a la experiencia personal y colectiva, no se entiende por qué la educación tradicional de niños y jóvenes es tan intolerante con el error. Cualquiera que quiera interpretar con maestría un instrumento musical debe dedicar, durante años, muchas horas al día a equivocarse, repitiendo tercamente las mismas escalas hasta el cansancio. Esto es lo que significa aprender y, por tanto, a ningún músico se le ocurre hablar del ‘aprendizaje significativo’ del violín o la batería. Otro tanto deben hacer deportistas de alto rendimiento, artesanos, cirujanos y operarios de maquinarias complejas. A nadie se le ocurre que tenga sentido que un escritor que batalla con ideas y palabras en la composición de una novela repita el año. Pero antes de obtener un éxito habrá tenido que aprender a sobreponerse al error, la dificultad y el fracaso.

No se puede esperar que una sociedad produzca grandes científicos, emprendedores y artistas si desde la primera infancia se somete a los niños a un régimen de éxito inmediato o descalificación automática. Si lo que se espera es que siempre acierten, preferirán lo fácil y crearán todas las defensas posibles contra lo que requiere esfuerzo y persistencia –por eso son pocos los que estudian ciencias o ingenierías–.

El problema es que una sociedad, para progresar, requiere gente capaz de entregarse con pasión a lo difícil, ciudadanos que no teman fracasar una y otra vez para hallar soluciones de los problemas que afectan no solo nuestra vida presente, sino el futuro de la humanidad y del planeta.

Nada de esto podrá lograrse si el sistema educativo persiste en llenar a niños y adolescentes de información inconexa, irrelevante casi siempre y ajena por completo a sus propias preguntas e interrogantes. Por eso, los procesos educativos que siguen centrándose en una multiplicidad de asignaturas, en vez de centrarse en comprender la compleja realidad física y social en la que se vive, tienen que valerse de esa amenaza perpetua que es la calificación, mientras se habla de aprendizajes significativos sin saber bien qué es eso. La formación de generaciones capaces de comprometerse con retos complejos tiene que centrarse en el ejercicio de la pasión, tiene que fomentar la autoestima y debe comprender que el error y la repetición son el camino para entender la naturaleza del mundo.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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