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Con ojos de turista

Con ojos de turista

No se trata de idealizar lo que se ha logrado en Europa, pero nos separan abismos de educación.

25 de octubre 2021 , 08:00 p. m.

Después del largo encierro psicológico causado por la pandemia, es interesante enfrentar de nuevo la experiencia de ser turista, pues se recuperan otras perspectivas sobre el acontecer del mundo y, desde luego, del país.

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Recorrer los parajes de La Mancha siguiendo las huellas de don Quijote y constatar que se puede habitar el mundo de forma amable en ciudades limpias y seguras, viajar horas por carreteras secundarias perfectamente pavimentadas y señalizadas en medio de campos interminables de viñedos y olivares cuidadosamente trabajados, suscita la esperanza de alcanzar algún día formas de civilidad que hagan posible progresar de esta forma, y también la gran pregunta de cómo lo lograron después del agotamiento y la destrucción que dejaron la guerra civil y la Segunda Guerra Mundial.

Algo tuvieron que hacer estos países para superar las profundas heridas que dejaron los regímenes de Franco, Mussolini o Hitler, con sus respectivos contradictores y víctimas, que se contaron por millones. Algo tuvo que ser más fuerte que el odio colectivo, y se tuvieron que encontrar opciones razonables que hicieran posible dar pasos importantes hacia el bien común.

Ningún país es el paraíso terrenal. También los noticieros dan cuenta de duros debates políticos, aparecen casos de corrupción, conflictos entre vecinos o situaciones de intolerancia, pero ocupa mucho más tiempo la preocupación colectiva por el volcán de La Palma, que lleva más de un mes escupiendo lava. Nosotros, en cambio, no cesamos de vomitar los más bochornosos escándalos por cuenta de ministros, senadores, representantes y funcionarios judiciales, por no hablar de expresidentes. Unos roban, otros dejan robar, los de más allá sobornan, los de más acá se escabullen y los asuntos que nos deberían unir para pensar en un mejor futuro no encuentran tiempo ni lugar.

No se trata de idealizar lo que se ha logrado en Europa y satanizar lo nuestro, pero nos separan abismos de educación, de cultura y de civilidad. Es posible que la clave más evidente de comprensión de las diferencias sea la educación. Los datos estadísticos muestran el enorme progreso en todos los niveles a lo largo de los últimos 30 años y eso se siente desde el nivel más básico de la producción agrícola, pasando por todas las modalidades del turismo, hasta las enormes empresas de tecnología.

Unos roban, otros dejan robar, los de más allá sobornan, los de más acá se escabullen y los asuntos que nos deberían unir para pensar en un mejor futuro no encuentran tiempo ni lugar.

Esto contrasta dolorosamente con los datos entregados hace poco por el Dane, que señalan que de la población ocupada en Colombia solamente el 19 % tiene formación técnica, tecnológica o universitaria, mientras el 46 % de los desempleados apenas terminó la educación media. Es claro que no tenemos la gente suficientemente educada para tener una industria pujante, ni los dirigentes para generarla ni los gobernantes capaces de entender que haber tenido diez millones de niños sin estudiar por año y medio se traducirá en más pobreza los próximos decenios.

También vale resaltar que del total de ocupados sin ningún nivel educativo logrado, la mayor proporción correspondió a trabajadores por cuenta propia con 61,3 %. El 46,7 % de los ocupados que completaron la educación universitaria y/o postgrado reportó ser obrero o empleado particular, mientras que el 29 % manifestó trabajar como cuenta propia.

Esto significa que no basta tener educación media, técnica o superior si ella es de mala calidad y el aparato productivo no está en capacidad de generar empleo formal. El país está lleno de bachilleres y profesionales en el rebusque (eso significa trabajador por cuenta propia). Naturalmente no se puede esperar mucho de la civilidad para resolver conflictos o de la calidad de quienes ocupan los cargos públicos.

En esta época preelectoral es bueno recordar que el alimento más eficaz para que proliferen los populismos, la corrupción y la pobreza es la ignorancia.

FRANCISCO CAJIAO

(Lea todas las columnas de Francisco Cajiao en EL TIEMPO, aquí)

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