Finales inconclusos

Finales inconclusos

Mientras sigamos amenazados por el contagio, las celebraciones de este mes no anunciarán nada nuevo.

07 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

Miles de jóvenes que están concluyendo su bachillerato o su carrera universitaria se han visto privados de las ceremonias de grado que esperaron con ilusión durante mucho tiempo. Tampoco han sido posibles funerales, matrimonios, primeras comuniones y festividades locales o nacionales. Viene ahora una temporada de Navidad y Año Nuevo en medio de restricciones para reducir las aglomeraciones y el contacto humano.

Todo esto va despojando de sentido aspectos muy profundos de la vida humana como la hemos conocido desde la prehistoria. Los ritos y las festividades son manifestaciones colectivas que permiten comprender los acontecimientos importantes de nuestro paso por el mundo y darnos la seguridad de pertenecer a una comunidad que nos reconoce y nos contiene. Es también una forma de trascender los antagonismos y recordar que somos parte de un destino común.

Todos sabemos lo importantes que son los ritos de paso, como se denominan esas ceremonias que operan en nuestra mente cambios indelebles. Un adolescente que culmina sus estudios después de once o doce años de escolaridad, con grandes esfuerzos de su familia, superando muchas dificultades, espera con ansiedad la ceremonia de graduación en la cual le hacen solemne entrega de su diploma: solo en ese momento –un instante–, ha pasado de ser un estudiante a ser un egresado. Este efecto no lo consigue la prueba del Icfes ni la admisión en la universidad: el final, el paso necesario es la ceremonia pública bajo una tradición propia de su colegio que se repite cada año como los ritmos de la vida. Solo así habrá celebraciones, fiestas, regalos, orgullo familiar, fotos para la posteridad.

Sabemos también que muchos se casan en la Iglesia no por ser practicantes asiduos, sino porque el rito, con su puesta en escena –trajes, música, regalos, celebración–, legitima ante la comunidad el deseo de constituir una familia. El rito cambia el estado civil: se pasa de soltero a casado.

Pero no solo estos ceremoniales más o menos universales, de extraordinaria riqueza cultural, han dejado de hacerse en estos tiempos, sino muchísimos que hacen parte de la vida de las empresas y las familias. La celebración de cumpleaños, éxitos corporativos, aniversarios y demás ocasiones repetidas como algo natural y espontáneo han quedado en suspenso dejando la sensación de una vida en la que muchos procesos parecen no culminar del todo.

No es extraño que muchas personas sientan que todos los días son iguales. Ya no se distinguen los días festivos de todos los demás. El tiempo y el espacio han perdido su identidad y no se distingue el lugar de trabajo del lugar de descanso o de estudio: cines, restaurantes, playas desaparecieron. No hay horas precisas que marquen el inicio y el final de las jornadas. La monotonía destruye el sentido porque todo parece lo mismo.

Los ritos y las celebraciones han sido para la humanidad la manera de dividir el tiempo en trozos pequeños: el día se puede manejar dividido en horas; el año, en meses; la vida, en años. Y para ser conscientes de eso, cada cultura ha creado pequeños ritos para recordarnos que se aproxima un final y también un nuevo comienzo. La vida se hace más llevadera en cortos tramos. Lo que vivimos ahora es tan horrible como la eternidad.

Este final de año no parece el fin de nada, porque mientras sigamos marcados por la amenaza del contagio, las celebraciones de diciembre no anunciarán algo nuevo. Por el contrario, los mensajes que nos llegan conducen a pensar que nada especial marcará el año próximo, excepto la todavía dudosa vacuna, que aún no parece una salvación, excepto para el mercado de valores.

Lo grave es que al final terminemos por pensar que esta caricatura del mundo y de lo humano que nos llega a través de los computadores está bien. Ojalá esto no se instale como uno de los efectos permanentes de esta gran tragedia.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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